Yo iba a hablar de un libro: a propósito de ‘Un día perfecto’

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Hoy venía a hablaros de un libro infantil. Concretamente de ‘Un día perfecto’, escrito por Danny Parker, ilustrado por Freya Blackwood y publicado en España por Patio Editorial. Venía a hablaros de sus sencillas y evocadoras ilustraciones, que parecen sacadas de otro tiempo; y del breve y poético texto que las acompaña, describiendo en unas pocas palabras lo que las imágenes por sí solas ya transmiten; también de la mención de honor que este álbum ilustrado recibió el año pasado en los premios ‘The Children’s Book Council of Australia’. Hoy venía a hablaros de todas esas cosas, pero hay algo con los libros de esta editorial que hasta la fecha me ha impedido hacer sobre ellos una reseña al uso.

Ya me pasó en su día con ‘Espera’, un álbum infantil para nuestra reflexión como padres. Y me vuelve a suceder ahora con ‘Un día perfecto’, porque en su sencillez, este último, es un canto a aquellos lejanos días de verano, a la libertad que daba el jugar en la calle, al concepto de pueblo, a las personas, los aromas y los sabores que marcaron nuestra infancia, a la ausencia de preocupaciones y de prisas, a la naturaleza que nos encontrábamos quienes desde el asfalto de la ciudad volvíamos cada verano a los orígenes de nuestros padres para reunirnos con toda la familia, bajo el mismo techo, en un ritual inamovible que se prolongaba durante al menos 15 intensos días de cada mes de agosto.

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A diferencia del que ilustra Freya Blackwood, mi pueblo (el pueblo de mi madre) no tenía vistas al mar, sino que es uno de esos pequeños municipios de la sierra norte sevillana, rodeados de olivos y alcornoques, de casas blancas y calles empinadas y empedradas, en los que por la noche el cielo te regala a diario un manto de estrellas, en un espectáculo que para quienes hemos crecido en el lado industrializado del mundo resulta increíblemente bello y cautivador.

En aquel pueblo, Constantina, en casa de mi abuela, que solo tenía tres habitaciones y un baño, llegamos a convivir durante varios veranos más de 25 personas entre adultos y niños, durmiendo en colchones puestos por el suelo de cualquier manera, comiendo por turnos y duchándonos en la azotea con regaderas para descongestionar el baño. Recuerdo aquellos veranos con nostalgia y una sonrisa. Recuerdo a mi abuelo, que ya no está, leyendo el periódico; la fortaleza de mi abuela, subiendo la cuesta que llevaba a su casa cargando comida para todos; recuerdo el despertarme en una casa llena de vida, los 25 besos de buenos días, ese cotizado sofá de tres plazas de la entrada, días enteros con mis tíos y mis primos, jugando con ellos en la azotea a las cartas y al Monopoly para no sucumbir a la siesta y al calor del mediodía; recuerdo las compras enormes, los señores que venían a la puerta de casa a vender melones, sandías y helados, el congelador repleto de estos últimos, los cortes que preparábamos con ellos, el hacerlo todo a lo grande, para un regimiento familiar.

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Recuerdo jugar al fútbol en la calle. Y a las chapas, en campos de fútbol en miniatura que dibujábamos con tiza sobre el asfalto en aquellos tiempos en que aún había muchas más personas que coches y en Constantina ni siquiera existían los semáforos. Recuerdo intercambiar cromos con mis amigos de la calle. Y a mi hermana intercambiando folios de aquellos perfumados con las suyas. Recuerdo pasarnos los días enteros en la calle, el sabor inigualable de los montaditos de lomo y los pinchitos en los bares del pueblo, nuestras mesas familiares, que ocupaban terrazas de restaurantes enteras, los Trina de manzana que no encontraba en Valencia, tener que reinventarme para pedir un batido de chocolate y no un Choleck (como tenemos interiorizado los valencianos); y los desayunos y las meriendas con Colacao y tortas de polvorón, que cuando se acababan las vacaciones ya nunca me sabían igual.

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Recuerdo los días de feria, el bullicio en un pueblo rebosante de vida, subirme a las atracciones (los cacharritos que dicen allí), jugarme unos euros a los dardos para conseguir peluches que luego no tenían cabida en mi casa. Recuerdo ya más mayor las noches de feria en las casetas, con el grupo de amigos de mi primo, bebiendo, comiendo y bailando. Los botellones en el Rihuelo que morían en una discoteca (¿Era la Ja Ja?) que hoy ya no existe. También los churros con chocolate de primera hora de la mañana, antes de volver a casa y encontrarme ya a los primeros familiares despiertos, porque aquella casa, con tanta gente, parecía estar abierta 24 horas. Recuerdo haberme quedado algún verano los días posteriores a la feria, ver el pueblo vaciarse y apagarse a la vez que llegaba el frío, y sentir que después de la gran fiesta en aquel lugar ya solo quedaba un invierno que se prolongaba hasta el mes de agosto siguiente. Y recuerdo llorar en cada despedida de mis abuelos, verles hacerse mayores y temer no volver a verlos, observar desde la ventanilla del coche de mis padres, en aquellos viajes que en ausencia de aire acondicionado se hacían de madrugada, como se iban haciendo pequeños tal y como nos alejábamos, con su brazo en alto, en un adiós que terminaba cuando doblábamos a la izquierda al final de la calle y, por un pueblo desierto y todavía dormido, iniciábamos el regreso a nuestra realidad.

Recuerdo esas y muchas otras cosas. Y no me hacen falta fotos. Quizás porque como escribe Manuel Jabois “las fotos en general me producen una enorme perturbación. Viviríamos mejor en un mundo sin ellas. Seguro que hay algún estudio por ahí que dice que el cien por cien de las muertes se producen por aplastamiento de recuerdos”. Yo esos recuerdos los tengo grabados a fuego en mi memoria. Y de vez en cuando vuelven a mí para aplastarme. Como me sucedió tras leer a Mara ‘Un día perfecto’. Y de nuevo hoy, que venía a hablaros de él.

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9 respuestas

  1. María
    Responder
    4 julio 2017 at 12:19 pm

    ¡Qué reseña! Los recuerdos te pueden aplastar pero también… no sé, supongo que también sirven para… bueno, seguro que sí, ¿no?

  2. Lourdes
    Responder
    4 julio 2017 at 12:39 pm

    ¡Que bonita reflexión! Casi si cierro los ojos y traslado tu pueblo unos cuantos km al norte, hacia la Ribera del Duero veo mis veranos, mi infancia y mi adolescencia reflejada
    ¿Cómo me gustaria que mi hija de 7 meses pueda vivir algo parecido a todo aquello?
    Sólo me queda esperar que de aqui unos años el mundo no haya cambiado tanto y le pueda ofrecer la oportunidad de generar sus propios recuerdos.

    • Adrián Cordellat
      5 julio 2017 at 2:18 pm

      Seguros que ellos también van generando sus recuerdos. Diferentes, pero serán los suyos. Gracias mil por tu comentario, Lourdes!

  3. Enrique
    Responder
    4 julio 2017 at 10:27 pm

    Ni siquiera son los míos, y ya me has hecho llorar. Eso sí que eran campamentos (no)urbanos :_)

  4. Silvia
    Responder
    5 julio 2017 at 1:44 pm

    A mí también me has hecho llorar, al leer lo de la despedida de los abuelos…

    Qué bonito escribes, cada post es un regalo.

  5. Pilar
    Responder
    12 julio 2017 at 9:40 am

    Ufff, me he emocionado y mucho…..Mi pueblo, el de mis padres, es Cazalla de la Sierra, lo conoces? No? Al ladito de Constantina….Todo lo que has contado me remueve tanto y tanto…las casas llenas, la Feria, el bañarse en la azotea, los colchones en el suelo…..
    Me ha encantado cómo lo escribes…..Gracias

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