Andar

Diría que el paso del gateo a andar, ver a mis hijos pasar de desplazarse a cuatro patas a hacerlo solo con las dos piernas, es una de las evoluciones más fascinantes que he tenido la suerte de vivir como padre. Me imagino al primer homínido que hace millones de años rompió sus límites, se puso de pie y empezó a dar unos primeros pasos tímidos, tambaleantes, con el cuerpo todavía encorvado, buscando un equilibrio precario para mantener la verticalidad. Veo a los miembros de su tribu en mitad de un paraje aún virgen asombrados ante lo que ven sus ojos: el jolgorio, la admiración, el miedo, quizás, porque lo nuevo siempre da miedo. Sin saberlo (¿qué iban a saber?), estaban presenciando un avance que sería crucial en la evolución humana.

Hoy, millones de años después de aquella primera escena, esa evolución la tenemos asimilada pero, sin embargo, nos sigue causando el mismo asombro que, quiere creer mi imaginación, experimentaron aquellos homínidos cuando el primero de ellos pensó que igual todo era mejor y más sencillo andando erguidos. La sentí de primera mano con Mara. Y la he vuelto a experimentar recientemente con Leo. Quizás disfrutándola más si cabe por aquello de que es el segundo y uno es más consciente de las cosas, de lo efímero de estos momentos. Y tal vez porque Mara se arrancó a andar de la noche a la mañana el mismo día en que cumplió 11 meses, mientras que con Leo todo ha sido más pausado, una evolución más lenta que empezó con ocho meses (¿o fueron siete? ¿o tal vez nueve?), irguiéndose  y arrastrando sus pies mientras se sujetaba con las manos al sofá, y que ha concluído casi al cumplir los 15.

Y dentro de la magia de este proceso, de esta evolución que ha llevado a Leo del gateo al andar, el último mes ha sido sencillamente fascinante. Un día, gateador consumado con un cambio de ritmo que ya querrían para sí Messi o Cristiano Ronaldo, se puso de pie, soltó las manos y dio dos pasos antes de caer de culo con una sonrisa de oreja a oreja (esa sonrisa). Proceso descorchado. Visto que podía hacerlo, se probó una y otra vez, siempre sonriente, buscando nuestra complicidad, nuestros gritos de admiración y nuestros aplausos, nuestro reconocimiento a su esfuerzo, al fin y al cabo. Una semana después, viernes de cumple en el cole de Mara, el gateo seguía siendo su medio de transporte predilecto, pero ya era capaz de enlazar más pasos seguidos sin vencerse (tres, cuatro, cinco, seis, ¡diez!), con esa forma de utilizar los brazos en busca de una estabilidad que difícilmente pasaría un control de alcoholemia.

Al viernes siguiente, en otro cumpleaños, el gateo ya era secundario. Andaba todo el rato, tan menudo él entre el mar de piernas de los compañeros de clase de su hermana, trastabillando con uno, volcando al chocar con otro, siendo arrollado por la carrera de un tercero. Alguna lágrima hubo, también alguna marca de guerra en la frente. Nadie dijo que fuera fácil. También debió caer, llorar y lastimarse el primer homínido. Seguro.

Hoy el paso de Leo ya es más firme, lo que no le libra de algún culazo amortiguado por el pañal. Por la calle nos pide ir al suelo para andar de nuestra mano, para acabar de perfeccionar en apenas un mes un salto evolutivo que a nuestra especie le costó consolidar millones de años. Casi no gatea. Pronto olvidará cómo lo hacía y cuando vuelva a intentarlo su andar a cuatro patas ya no será tan ágil, parecerá impostado. La evolución tenía un precio.

Y Leo se arrancó a andar.

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3 respuestas

  1. Krika
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    13 febrero 2018 at 7:01 am

    Qué bonito escribes! Y que mayores se nos hacen! Valeria está justo ahí ahí, da dos pasitos animada por nosotros, pero en seguida vuelve a la seguridad del suelo, jeje. Un abrazo amigo.

  2. Roser
    Responder
    13 febrero 2018 at 11:42 am

    Dicen que los segundos aprenden más rápido, pero a mi pequeño le costó andar lo mismo que a Leo (mi Monstruo hizo como Mara, pero a los 13 mese), y no habla casi nada a los 26, cuando su hermano a los 2 lo que no hacía era callar (y aún no calla: quizás por eso a su hermano le cuesta más!) Eso sí, lo entiende todo todito!

  3. Alba
    Responder
    14 febrero 2018 at 11:35 am

    Me has emocionado! Y es tan verdad todo lo que has escrito… A disfrutar el momento tan intensamente como podamos, casi tanto como lo hacen los niños!

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