Libros para padres: ‘Apegos Feroces’, de Vivian Gornick

Como me decía Aroa Moreno, autora de La hija del comunistaen una entrevista que publicamos en el último número de Madresfera Magazine, “ya era hora de dar luz en la literatura al discurso interno de las madres”. Y de las hijas, añado yo. Y a ello se han puesto las editoriales en los últimos años, recuperando obras que o bien habían pasado desapercibidas en un mercado, el literario, profundamente machista, o bien ni siquiera se habían publicado en España. Ahí están No, mama, noLa piedra de moler La mujer helada, por poner sólo algunos ejemplos.

A este selecto grupo se unió en 2017 Vivian Gornick (Nueva York, 1935) con sus Apegos Feroces, una novela publicada originalmente en 1987 y que en 2017, tres décadas más tarde, se ha convertido en una de las revelaciones literarias en España tras su publicación por la editorial Sexto Piso (qué buen ojo el suyo). 30 años han pasado desde que Gornick publicara sus memorias, que en realidad son casi unas memorias de su relación con su madre y las mujeres que habitaron el bloque de viviendas del Bronx neoyorquino en el que creció. Y aunque muchas cosas han desaparecido (como esa relación entre vecinos, ese importante sostén convertido en familia extensa), los recuerdos del pasado a los que Gornick, ya rozando los 50 años, retorna mientras pasea con su madre por las calles de Manhattan nos resultan tremendamente cercanos, quizás porque a su manera hablan de un sentimiento universal: el amor. Un amor que quema, sí. Un amor que duele en su fiereza, también. Pero amor, al fin y al cabo, porque como coinciden tres mujeres que se han leído esta novela y a las que admiro (la mamá jefa, Paula de Yo mi me con libro, y Pilar Cámara), la de Gornick es una novela de AMOR. En mayúsculas.

Ahora les voy a dar voz a dos de ellas, que me han hecho el favor de escribirme unas líneas sobre el libro, sobre su visión de la novela. Se lo pedí porque a mí me fascinó Apegos Feroces y la escritura de la neoyorquina (Qué manera de escribir la de Gornick, de verdad), pero noté que no me emocionaba como emocionó a Diana, que se lo leyó antes que yo. O a ellas dos. Quizás porque como mujeres es más fácil empatizar con esa turbulenta relación madre-hija de la que Gornick nos hace cómplices con maestría. O vete a saber por qué. Os dejo con ellas no sin antes recomendaros encarecidamente Apegos Feroces. Aunque no hay mejor recomendación que los textos de Paula y Pi.

Apegos Feroces según Paula Martos

¿Qué es verdaderamente el amor? ¿Cómo es la experiencia del amor real? ¿Y cómo contrasta esa experiencia con las ideas y las expectativas que nos hemos trazado sobre el significado del amor? Todo esto parece preguntarse ViVian Gornick en este monumento a los afectos que es Apegos feroces. Y sobre el trasfondo de todos los afectos que vertebran nuestra vida, se proyecta uno de los vínculos más feroces y más primarios: el de una madre y una hija perdidas en la inmensidad del asfalto neoyorkino. La fuerza de esta relación es tan brutal que es imposible no sentirse apelada. Gornick habla de nuestras madres, de sus manías, de su incapacidad para entender lo que somos y lo que queremos. “¿No le hacía ilusión que pudiese decir algo que ella no comprendiese?”, se pregunta Gornick estupefacta cuando se da cuenta de que la claridad con la que es capaz de expresar sus propios pensamientos no encuentra acogida en su madre. “¿No se trataba de eso? Yo era la vanguardia. Iba a abrirle las puertas de un mundo nuevo. Lo único que tenía que hacer era adorar a la persona en la que me estaba convirtiendo y, en cambio, la rechazaba”.

Pero Gornick hace algo aún más difícil que identificar a nuestras madres: nos pone a nosotras mismas delante de un espejo. Y lo que vemos es monstruoso. Nuestra negligencia emocional, nuestra torpeza, nuestro egoísmo también forman parte de ese vínculo. Las hijas no somos mejores. No somos vanguardia. Estamos tan perdidas o más que ellas, y nos esforzamos y vacilamos tanto o más que ellas a la hora de favorecer un encuentro.

Hay rencor e incomprensión. Pero también hay risas, alegría y complicidad. El apego es volátil, bipolar, y pasa de cero a diez y de diez a cero en cuestión de segundos. Porque en el fondo el amor no es dulce, no es suave. No es un remanso. No tiene nada de romántico. Es un huracán que cubre las calles de Nueva York, sus luces y sus sombras.

*Paula Martos es Doctora en Historia y autora del blog Yo Mi Me Con Libro.

 

Apegos Feroces según Pilar Cámara

Me pregunto si la poeta Maite Dono habría leído Apegos feroces antes de escribir Circus girl, un libro al que regreso una y otra vez, por necesidad, también por placer, un gusto macabro. Encontrar entonces a Maite fue un cataclismo sólo comparable al de encontrar ahora a Vivian, en forma de regalo de cumpleaños. Bajo esa aparente frivolidad, abro las tapas y me doy de bruces con lo más hondo, con lo más salvaje. Sí, feroz es la palabra. Y la verdad, la más pura, sostiene un relato que me estalla entre las manos y me salpica como lo hicieron aquellos poemas alguna vez:

Hay libros que son mujeres y hay mujeres que, con sus palabras, nos devuelven el reflejo, a veces doloroso, a veces cruel, a veces irónico, de quienes somos. Maite, a la que siempre vuelvo, y Vivian, a la que volveré, cuando necesito rendir cuentas con mi infancia, con la adolescente que fui, con la mediocre en la que, al final, me convertí.

El amor mata o hiere de muerte, pero hay que ser muy honesta para atreverse a escupirlo, corregirlo, encuadernarlo, publicarlo, compartirlo y enseñárselo a tu madre. O peor, esperar a que, un día, sea tu hija quien te lo enseñe. Como dice la protagonista de la novela que hoy nos ocupa: «Me quedo sin palabras. No sólo callada, sino sin palabras».

Pilar Cámara es periodista, autora del poemario Rouge y cofundadora de Murray Magazine.

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