Aprender a relativizar

Al lado de casa tenemos un bar de aquellos que hacen barrio. Un poco como la taberna de Los Serrano, siempre con los mismos clientes en su puerta o en su interior (dependiendo de la estación), a modo de vigilantes que controlan el día a día de las calles, mientras comentan el fallecimiento de un vecino, critican las alineaciones del entrenador del Real Madrid de turno, arreglan el país con medidas políticas que Pablo Casado no tardaría en catalogar de “populistas” y ponen en jaque su salud, con la irreverencia del que ya no tiene nada que perder, a golpe de cervezas, vinos, refrescos y gintonics que toman las 24 horas del día. Porque siempre, pases cuando pases, están allí con un vaso en la mano.

El dueño del bar, al que en esta narración llamaremos J para preservar su intimidad, es un emigrante cordobés con cara y voz de buena persona, dentadura ya escasa, gafas de montura estrecha, de aquellas que obligan a mirar más por arriba que por las propias lentes, y una edad difícil de determinar. Además de camarero, es a su modo una sucursal de Correos, porque todos los pedidos de Amazon de la calle que no encuentran a sus destinatarios en casa acaban almacenados debajo de su barra a la espera de que el propietario vaya a recogerlos. Así conocí yo a J, aunque desde que llegamos al barrio lo saludara con educación cada día al pasar por delante del bar. Un día me trajeron un portátil que me había comprado online mientras yo estaba en el Hospital, con Leo ingresado, al poco de nacer, con una bronquiolitis. “Te lo dejó en el bar de J”, me dijo el repartidor. Fue la primera vez de muchas.

Pasado un tiempo, cuando ya se sintió con la suficiente confianza, en una de mis idas al bar a recoger unos libros enviados por una editorial, J me preguntó si teníamos cuenta de Amazon. “Es que yo no entiendo de eso”, se justificó. Cuando le dije que sí, me hizo un encargo. Luego le siguieron otros. Hace un par de semanas, sin embargo, me sorprendió pidiéndome unas braguitas para una niña de 15 meses. Y me sorprendió porque hasta donde yo sabía, en su vida, además de los clientes, solo estaban su mujer y los tres hijos veinteañeros de ésta, que muchas veces le ayudan a servir en las mesas de la terraza. “Son para mi nieta, que viene a quedarse un mes con nosotros”, me dijo ilusionado. “Es que está en acogimiento”, añadió para mi sorpresa, cambiando súbitamente su gesto alegre por otro que quería transmitir pesar. Incapaz de reaccionar, solo tuve el valor de tomar nota del pedido.

Unos días más tarde volví al bar, con Leo en brazos, para informarle de la fecha de entrega y devolverle 2€ que sobraban de lo que me dio por adelantado para formalizar el pedido. “Tomaté un café, anda”, me invitó. Se notaba que tenía ganas de hablar. De lo flojo que estaba el verano en el bar, de lo difícil que es ser autónomo y de sus nietas, cuya llegada cada vez más próxima le llenaba de felicidad, pero al mismo tiempo de amargura, por una despedida obligada y anunciada que tenía fecha fijada: finales de agosto.

Aproveché, porque vi que tenía ganas de desahogarse con alguien ajeno, alguien que no le va a juzgar, para preguntarle a J por sus nietas, de 15 meses y 5 años, y por la historia que se esconde tras unas vidas tan pequeñas y tan institucionalizadas. “Cabezas locas de juventud”, contestó con amargura. Se refería a su hija, intuyo que fruto de una relación anterior, posiblemente cuando aún vivía en Córdoba. 19 años cuando tuvo a la primera hija. 24 en la actualidad. No entramos en detalles, pero uno puede adivinar la gravedad de la situación al saber que no puede acercarse a las niñas, que tiene una orden de alejamiento, que su padre ha pedido poder disfrutar un mes de sus nietas y ni siquiera puede decírselo.

Las niñas llevan un año en una familia de acogida. “Dentro de un año se revisa el expediente y si la cosa no cambia el acogimiento será definitivo y ya no podré verlas”, me informó. Con total desconocimiento del funcionamiento de estos procesos administrativos que convierten la vida de niños en un montón de folios acumulados en carpetas, le pregunté si creía que su hija iba a cambiar de aquí a entonces. Negó con la cabeza, con la certeza del que conoce a su hija y sabe lo que va a pasar, mientras servía un café. Había resignación en su mirada. “Lo he intentado todo con ella. Hasta traérmela a Madrid, pero no hay manera”, añadió en forma de epitafio.

Supongo que, a modo de despedida, dije alguna vaguedad de aquellas que nos salen cuando escuchamos una historia tan dura que nos deja sin saber bien qué decir. Recuerdo, eso sí, que salí del bar abrazando y besando a Leo, como si fuese Viggo Mortensen protegiendo a su hijo en The Road, alejándolo de un mundo que más allá de las fronteras de sus brazos se vuelve terriblemente duro y desolador. Apocalíptico. Hostil.

Un día más tarde, mientras celebrábamos la fiesta sorpresa del 60 cumpleaños de mi padre y aún tenía muy presente la conversación con J, mi prima M me contó que está ejerciendo como trabajadora social en un municipio situado al sur de Valencia. “Desde que trabajo allí veo tantas cosas, tantos dramas cada día, que ya no me quejo de nada. No merezco quejarme de nada”, me dijo con sinceridad.

Y pensé que últimamente, inmerso en mi mundo que yo pinto a diario de gris, me quejo demasiado, cuando después de escuchar estas historias no tengo motivos objetivos para hacerlo. Somos unos afortunados, solo que con el emprendimiento, el estrés, la crianza intensiva y sin ayuda, y los pequeños dramas del primer mundo que nos someten a diario a veces no lo vemos.

Por eso, supongo, y aunque no lo habíamos planeado, próximamente nos iremos unos días de vacaciones, en busca de naturaleza, tranquilidad y aires menos viciados que los de Madrid. Uno de esos viajes que, como escribe Antonio J. Rodríguez en Vidas perfectas, “las clases medias se procuran para ordenar ideas, y también contemplar el drama del día a día desde una óptica un poco menos épica, más cabal”.

Que falta nos hace.

 

1 respuesta

  1. Carmen
    Responder
    27 julio 2018 at 2:04 pm

    Y qué bien los viene darnos esos golpes de realidad de vez en cuando para volver a ajustar el valor de lo que nos rodea y lo que somos.
    Un enorme disfrute leerte, cómo siempre.

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