#8M: Miedo

Es curioso el pasado. Cuando empiezas a hablar de él un recuerdo te lleva a otro como si un hilo invisible los fuese enlazando en tu memoria. La semana pasada, mientras escribía sobre los gimnasios y la adolescencia, me vino a la mente una situación que viví por aquel entonces y que me marcó profundamente.

Estaba una tarde en la estación de cercanías de mi pueblo esperando al tren para ir a Valencia. Había bastantes personas en el andén 2, así que debía ser una hora punta. Entre ellas se encontraba una adolescente rubia con rasgos del este, totalmente desconocida para mí, que era perseguida por un hombre algo mayor. Al principio pensé que era su padre, o su pareja, y que estaban enfadados. Cuando subí al tren me di cuenta de que no, de que simplemente él la estaba acosando descaradamente. Ella cambiaba de sitio visiblemente incómoda con la situación, seguramente asustada, haciendo aspavientos con las manos, y él la seguía sin descanso. Nadie decía nada, nadie veía nada. No fueron los smartphones los que nos dejaron ciegos.

A mí el corazón me empezó a latir a mil por hora y también me empezaron a sudar las manos. Visto con perspectiva me sentía un poco como Karl Ove Knausgård en una situación parecida que le ocurrió en el metro de Estocolmo y que narra en Un hombre enamorado, el segundo volumen de Mi lucha. La cabeza me pedía actuar, pero mi cuerpo se negaba a moverse, inseguro, torpe, precavido. Siempre he sido muy cobarde para estas cosas, la verdad. Me atenaza la certeza de tener mucho que perder y poco que ganar cuando uno se expone y toma la decisión de intervenir sin saber cómo pueden reaccionar las personas ante las que se toma partido. Sobre todo, creía, cuando servidor, precisamente, no iba a impresionar a nadie con su planta.

Les seguí por varios vagones durante el trayecto. Catarroja, Massanassa, Alfafar-Benetusser. Se me hicieron eternos los 15 minutos del viaje. Cuando llegamos a la Estación del Norte de Valencia y bajamos del tren, la chica aceleró el paso para despistar al acosador, pero éste era ágil y se movía rápido entre la gente, siguiéndola y tocándola reiteradamente. Cambié de ritmo yo también, ya decidido a actuar, temblando y con el corazón a punto de explotarme en las sienes, y me puse en paralelo a la chica. Entonces la cogí de la mano y le pedí que parara con un gesto. Ella me miró sorprendida. Aún recuerdo su mirada. También la del acosador, totalmente desconcertado. ¿Le conoces de algo?, le pregunté, la voz temblorosa. Contestó que no moviendo la cabeza y le indiqué que íbamos a ir a hablar con dos policías nacionales que había visto haciendo patrulla por el vestíbulo. Cuando me giré el hombre ya no estaba. Lo vi cómo huía corriendo de la estación. Gracias, me dijo ella. No sé siquiera si le contesté algo, nervioso como estaba, antes de que cada uno siguiera su camino.

Se repitió de forma recurrente la escena en mis sueños (y en mis pesadillas) durante las siguientes semanas. Especialmente en el primer sueño tras quedarme dormido. Mi mente inventó mil y un finales. Mejores y peores. Sobre todo peores. La imaginación no escatima en dramas. Siempre me despertaba con el corazón latiendo acelerado.

Aquel día fui por primera vez consciente de la injusta fragilidad de la mujer en un mundo en el que los hombres las acosan, se propasan y las creen suyas y a su disposición.

Haber sido testigo de una situación como esta en primera persona, una situación con las que muchas mujeres tienen que convivir a diario, me hace sumarme sin fisuras y con más energía si cabe a la reivindicación de las mujeres por el derecho a no vivir con miedo, a poder volver a casa sintiéndose libres, no valientes. También sorprenderme porque hoy, en pleno 2019, aún haya partidos políticos, algunos con aspiraciones de gobierno en España, que cuestionen con falacias realidades que no admiten discusión.

*La foto que acompaña a este post es de @mariarranzs.

3 respuestas

  1. Avatar
    Marta
    Responder
    5 marzo 2019 at 8:33 pm

    Gracias de mi parte también.

  2. Avatar
    Cecilia
    Responder
    8 marzo 2019 at 12:55 pm

    Me has hecho revivir momentos en los que pasé por situaciones similares en mi niñez y adolescencia y me he puesto a llorar.
    Me había acostumbrado u olvidado de ese sentimiento de miedo e impotencia y eso no puede pasar.

  3. Avatar
    Emma
    Responder
    9 marzo 2019 at 10:04 pm

    Pelos de punta Adrián.
    Yo también tuve un héroe anónimo en una situación muy comprometida cuando tenía 15 años.

    Una tarde volvía a casa por una calle solitaria, un hombre me perseguía a una distancia prudencial, un presentimiento me decía que aquello tenía mala pinta.

    Pasamos un cruce de caminos y en la calle perpendicular ví a otro hombre, un jardinero que trabajaba en un colegio cercano, me paré un momento y pensé gritar o pedirle ayuda al jardinero pero el miedo o la vergüenza me paralizó. Continué mi camino pensando que mi presentimiento era una tontería.

    Al alejarnos del cruce mi acosador me agarró por la espalda y pegó su cuerpo con el mío. Se me heló la sangre, no grité, no hice nada. Mi suerte quiso que el jardinero, al que no me atreví a pedir ayuda pensara como tú, bajó la calle corriendo y al ver la escena soltó un grito en la distancia. Mi acosador salió corriendo y no ocurrió nada más.

    El jardinero era un hombre muy pequeñito, pero su valor fue inmenso. Nos miramos unos minutos, no hablamos, no le di las gracias, me invadía un sentimiento de culpa. Él, supongo que por vergüenza o prudencia, tampoco me dijo nada.

    Cuando pude reaccionar me dí la vuelta y salí corriendo protegida por la mirada de aquel desconocido. Tardé en poder contarlo en casa. Tardé más en dejar de tener pesadillas y negarme a salir sola a la calle. Nunca lo denuncié y peor que el miedo fue el sentimiento de culpa, culpable de ser mujer. Estamos hablando de hace 25 años.

    Hoy lucho cada mañana por que mis hijas no hereden esa culpa que nos ha acompañado siempre a las mujeres, ayer pudimos ver la cantidad de gente que apoya este cambio de culpa a orgullo y eso es bueno para todos y para todas.

    Nunca pensé cómo le habría afectado al jardinero hasta que te he leído pero siempre le he estado agradecida, infinitamente agradecida. Nunca se lo pude decir así que si me lo permites te lo agradeceré a ti en su lugar por lo que hiciste con esa chica.

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