El tiempo no entiende de sentimentalismos

Hace unas semanas, a propósito de un post de este blog con el que se sintió muy identificada, una mamá me dejaba en la página de Facebook de Un papá en prácticas un comentario precioso que concluía: “A ver si va a ser cierto eso de que los libros (y los textos) te escogen”. Me gustó esa frase final porque yo, desde hace tiempo, vengo pensando precisamente lo mismo, que los libros y los textos que yo creo escoger, están realmente escogiéndome ellos a mí; que el proceso que te acerca a un libro es inverso a cualquier lógica. Solo eso explicaría algo que me sucede a menudo: estar dándole vueltas a un tema concreto para luego, en la novela de turno que me estoy leyendo, encontrarme con un fragmento sobre esa misma temática que me desarma.

Me pasó por última vez la semana pasada. El lunes, tras dejar a Mara en el cole, volvía a casa en autobús. Saqué de la mochila La hija del comunista (Editorial Caballo de Troya), una novela breve que os recomiendo encarecidamente. Al inicio del capítulo 18, Aroa Moreno, la autora, en boca de Katia, la protagonista de la historia, escribe: “Los días empezaron a sucederse sin altibajos. La vida se convirtió en un rodillo que giraba y aplastaba las semanas hasta convertirlas en sucesiones indistinguibles de mañanas. Nos despertábamos a las cinco y media y enseguida se ponía en marcha la maquinaria”.

La escena que dibuja esa reflexión me recordó de forma inevitable al inicio del quinto capítulo de Mira lo que has hecho, que en tono de comedia reflejaba a la perfección ese déjà vu, esa rueda imparable de los días, ese rodillo que aplasta las horas, los días, las semanas, hasta convertirlos, como decía Aroa, en una sucesión indistinguible de mañanas, de rutinas y repeticiones que solo de vez en cuando conseguimos romper; muchas de las veces gracias a la magia de nuestros hijos, que nos despiertan con su vitalidad del letargo en el que andamos sumidos, de nuestra condición de autómatas que se levantan antes del amanecer, corren para llevar a sus hijos al cole, trabajan, vuelven corriendo a recogerlos, hacen la compra, preparan la cena, duermen a los niños y, con suerte, ven un capítulo de una serie o leen 10 páginas de un libro antes de caer rendidos y esperar al pitido del despertador para volver a empezar. Otro día más.

Pero lo que me desconcierta sobre todo de esa sucesión indistinguible de mañanas es el paso de tiempo, que desde que soy padre, especialmente desde que soy bipadre, parece haber cogido velocidad de crucero y avanza imparable, ajeno a nuestra necesidad de detenerlo por momentos.

Es curioso: recuerdo la infancia como una línea de tiempo en pause, por la que avanzábamos muy despacio. Esa sensación se acrecentó en la adolescencia, cuando uno quería llegar a los 18 años para entrar en las discotecas, sacarse el carné de conducir y sentirse mayor. Ese día parecía no querer llegar nunca y yo me desesperaba con ese tiempo que se negaba a avanzar, a concederme la ansiada mayoría de edad. Cumplidos los 18 el tiempo cambió de ritmo. Al principio de forma imperceptible. Desde que soy padre, sin embargo, siento como si mi vida tuviese el botón de fast forward pulsado. Vuelan las semanas. Vuelan los meses. Ayer era Navidad. Hoy la primavera llama a la puertaY mañana será verano, que se cerrará antes de darme cuenta con un nuevo cumpleaños. 34.

Cuando somos adolescentes, en nuestras ganas por vivir y descubrir, ponemos una marcha más a nuestra rueda del tiempo. Entonces no lo sabemos, pero luego no hay forma de pararla, de volver a esa línea de tiempo en pause de nuestras infancias que tanto vamos a añorar luego, cuando nos convertimos en padres y sentimos que el tiempo se nos escapa entre las manos. Entonces fantaseamos con que ojalá las horas se extendiesen como manchas de aceite para poder disfrutar más de la infancia de nuestros hijos. Pero solo lo soñamos. Frenar el ritmo ya no es posible. El tiempo no entiende de sentimentalismos.

3 respuestas

  1. Melisa
    Responder
    21 marzo 2018 at 2:56 am

    Muy cierto! Últimamente así nos sentimos con mi esposo…corriendo… y las horas que pasan y por momentos no sabemos ni que tenemos que hacer después. Vemos como nuestro hijo cambia tan rápido y revisamos las fotos del celular para ver como estaba hace unos meses y nos parece increible que hace ya seis meses empezamos esta aventura.

    Gracias por esta reflexión!

  2. Roser
    Responder
    21 marzo 2018 at 7:03 am

    Con el Monstruo gocé de la sensación de paladear una crianza.
    Con el Pequeño… tengo la sensación de que el tiempo que casi no avanza para ellos lo esté pagando yo.

    Yo creo que es eso, en cierta manera: el tiempo es el tiempo y debe pasar. Si para los niños el tiempo no pasa es porque lo absorvemos los padres: para nosotros es doble.
    Por eso en la adolescencia pasa tan lento: tus padres saben lo que se avecina, el momento en que perderan el control de tu tiempo, y lo frenan para ti. A partir de la mayoría de edad, el tiempo sigue su curso y, al convertirte en padre pasas a absorver el tiempo de tus hijos. Servicio a la comunidad.

  3. amordesmadre
    Responder
    21 marzo 2018 at 8:55 am

    Que gusto da leerte! Mis disculpas por no presentarme en el Bloggers day aunque más de una vez nos cruzamos, ahora me tienes por aqui para no perderme na de na! Un abrazo.

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