Carta para el futuro: un año enredados a tu sonrisa

leo

Querido Leo:

Puntualmente, cuando me entra la nostalgia de mis años de locura por la salsa cubana, me pongo en Spotify una canción de Timbalive, de aquellas con las que tal y como empieza a sonar la clave se me van los pies. Se llama “Enredado en tu pelo”. Y a mí, aunque su letra romántica poco tenga que ver contigo, me recuerda inevitablemente a ti. Seguramente, pienso, porque a falta de pelo al que cogerse en tu cabeza, en casa, papá, mamá y tu hermana llevamos un año enredados a tu sonrisa.

No recuerdo cuándo sonreíste por primera vez. Tampoco importa, porque desde entonces, fuese cuando fuese, no has dejado de hacerlo nunca. Ni estando con fiebre. Ni cuando los mocos, que parecen haber anidado en ti desde el día uno, no te dejan respirar. Ni siquiera cuando en uno de tus múltiples actos kamikazes has acabado con la cabeza abollada. Incluso entonces, un segundo después, con la cara bañada en lágrimas, has sonreído de forma tranquilizadora como reacción a un gesto nuestro.

Nada hay tan importante en la vida, al menos de momento, como para borrarte una sonrisa que has ido perfeccionando con el paso de los meses, hasta desarrollar varias versiones de ella: la dulce y comestible, la de no sé si llorar o reír pero me río, la de hooligan salvaje que bien podría haber descrito Nick Hornby en ‘Fiebre en las gradas’; y la picarona, que seguramente es la que más me gusta de todas, quizás porque es cuando más me veo reflejado en ti. “Cara de pillo”, recuerdo que me llamaba un profesor, el entrañable Don Paco, cuando yo apenas era un mico de 8 o 9 años que, como tú, también había logrado perfeccionar su sonrisa traviesa.

Que sepas, que en todas sus versiones, nunca te agradeceremos lo suficiente cada una de esas sonrisas. Ha sido un año duro. Todo el mundo nos avisó de que 1+1 no eran dos. Pero tampoco nadie nos dijo que 1+1 fuesen 11, así que la falta de manos, el caos más absoluto, la demanda permanente de dos niños inquietos, imparables e inagotables (¿Todos los niños son iguales o es que nosotros no sabemos hacerlos de otra forma?) y el estrés emprendedor que ya traíamos de serie nos ha pillado por momentos en fuera de juego y nos ha dejado agotados como no recuerdo que lo hayamos estado nunca. Hemos tocado fondo. Y nos hemos levantado. Y hemos vuelto a meternos en un pozo para volver a salir a flote. Y así sucesivamente, en una rueda de hamster con destino a la locura.

Pero incluso cuando hemos tocado fondo, cuando hemos caído en las oscuras profundidades de un pozo, tu sonrisa ha estado ahí para iluminarnos y para recordarnos lo verdaderamente importante, marcándonos el camino como un sherpa en nuestro particular ascenso al Himalaya. Y enredados a tu sonrisa, nos hemos salvado.

Te quiere,

Papá.

*La foto que acompaña a este post es de Eva Gascón.

1 respuesta

  1. Paula
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    14 noviembre 2017 at 10:02 am

    ❤❤❤❤

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