Espera

Soy de los que piensan que sí, que la literatura, la música o el cine están para entretener y proporcionarnos momentos de evasión, pero que también deberían ser herramientas para hacernos pensar, para mostrarnos realidades y puntos de vista que nos pasan desapercibidos en el ajetreo diario, para hacernos parar en seco y obligarnos a reflexionar, a preguntarnos cosas, a buscar respuestas. Es más, siempre he mostrado predilección por este tipo de cine, literatura o música porque siempre ha agradecido precisamente eso: que mientras disfruto de algo que me apasiona me hagan también pensar, replantearme comportamientos y actitudes, masticar preguntas y certezas que escritores, músicos, guionistas y directores dejan suspendidas en el aire para todo aquel que esté dispuesto a escucharlas.

En la última semana he tenido dos encuentros muy inspiradores y necesarios con este tipo de cultura de la que hablo. Primero fue el corto ‘Alike’, de los españoles David Martínez y Rafa Cano, el que me dejó KO desde su aparente sencillez, desde la historia de ese niño creativo al que la sociedad del “esto se hace así” corta las alas y las ganas de soñar (El corto lo dejo aquí abajo. Si tenéis 8 minutos, no os lo perdáis). No obstante, de todo lo que muestra este prodigio cinematográfico me voy a quedar con un momento que quizás pase más desapercibido, porque tiene mucha relación con lo siguiente que voy a contar: hablo de unos segundos del metraje (entre el minuto y el minuto y medio aproximadamente) en el que el padre tira de su hijo cuando éste se para en mitad de la calle a escuchar a un músico callejero. Entonces le enseña la mochila del cole en un “vamos, que llegamos tarde y no hay tiempo para estas cosas” que no necesita de palabras.

Unos días más tarde nos llegaba a casa ‘Espera’, el álbum ilustrado de Antoinette Portis publicado por Editorial Patio. Un cuento sin apenas texto de aquellos que uno no sabe si están más dirigidos a los padres o a los niños, porque a pesar de su estética infantil el álbum parece una especie de mensaje directo a los padres. O, al menos, así lo interpreté yo. Llamadme susceptible. El libro narra el camino de una madre y su hijo pequeño entre casa y el tren. Una historia que podría ser la nuestra, la que vivimos cada mañana cuando vamos a llevar a nuestros hijos al colegio. El niño tira permanentemente de su madre (“¡Espera!”) para pararse con todo aquello que llama su atención (un perro, una obra, unas palomas o el agua de la lluvia), mientras ésta, mirando el reloj y el móvil, ajena a todo aquello que fascina a su hijo, con las prisas del día a día, tira de él con fuerza y le dice “¡Rápido!”. Que llegamos tarde. Al final, un “¡Espera!” del hijo hace que pierdan el tren, pero a cambio acaban siendo privilegiados espectadores de un precioso arcoiris. “Si. Espera”, le dice entonces la madre al pequeño, embriagada por la magia del momento.

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Y leyendo este cuento a Mara, desgraciadamente, no pude dejar de verme reflejado en esa madre con prisas que consulta instintivamente el móvil a cada rato para ver la hora, para comprobar que van en tiempo, para asegurarse de que no llegan tarde. Y me paré a pensar en las muchas veces que tiro de Mara cuando ella se para en cosas que para nosotros son nimiedades, pero que para ella son absolutamente fascinantes. Y me reproché a mí mismo el ir siempre con prisa, a la carrera, como si la vida fuese un sprint permanente. Y me pregunté en qué momento perdemos esa fascinación por las cosas; en qué momento las prisas nos arrebatan las ganas de observar, de sorprendernos, de pararnos, de admirar. Y me dije (y me hice prometer a mí mismo) que a partir de ahora voy a intentar vivir con menos prisas y disfrutar más de esa cualidad que nosotros hemos perdido, pero que sigue muy viva en nuestros hijos.

Si, Mara. Papá espera.

5 respuestas

  1. Melissa
    Responder
    4 abril 2017 at 8:56 pm

    Hola Adrian!
    No tengo mucho tiempo para leerte, y sé, que me pierdo cada vocablo, cada texto que escribes.
    Me encanta tu forma de escribir, naciste para ello, se ve, se nota, se siente. A parte de eso, me veo tan reflejada en tus palabras y tus sentimientos sobre crianza y vida, que me motiva más el no perderme ni una de tus redacciones. Yo intento “Esperar” a Elsa muchos días, pero sino, te tengo a ti para recordármelo. Gracias. Como decía, Alejandro en una de sus canciones: “Viviendo tan deprisa la vida no se aprecia”
    Un abrazo

  2. Raúl
    Responder
    6 abril 2017 at 7:10 am

    El corto “Alike” me encantó. Así lo veía yo hace unas​ semanas​: https://vidasdefamilianumerosa.wordpress.com/2017/01/24/alike-eres-gris/?preview=true
    Si no estuviéramos tan pendientes de las prisas no nos perderíamos tantas cosas con nuestros hijos

  3. yyoconestasbarbas
    Responder
    6 abril 2017 at 7:41 am

    UUFFF… Avísame si lo consigues, amigo. Porque ahí peleamos con un hueso duro de roer, de tres pares de narices. Andamos todos en esa guerra, me temo.

  4. Enrique
    Responder
    10 abril 2017 at 10:55 pm

    Desde luego qué complicado es sincronizar nuestro ritmo de adultos con el de los niños. Incluso cuando están ansiosos por alcanzar una meta deseada (el parque, la comida en casa…) son capaces de pararse cada metro y medio para hacer cosas que a nuestros ojos envejecidos parecen de todo punto absurdas. Yo lo tengo claro: ésa es una de las cosas más importantes que he comprado con mi excedencia, tiempo para poder tener paciencia. Al final siempre hay que dejar caer un «¿vamos?», pero al menos he conseguido que muchas de sus inocentes paradas se hayan visto respetadas, sea para contemplar una hormiga, un gato en un jardín o una excavadora en una obra. Y la calidad de vida que ganas así no se paga con dinero, eso también lo tengo clarísimo.

    ¡Tiempo y paciencia, amigo! ¿Dónde venderán más, que a mí se me acaban ambas cosas?

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