Paternidad, maternidad y expectativas en la crianza

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Hay algo que marca de forma indudable muchas de nuestras relaciones y también, aún más si cabe, cómo vivimos hoy las maternidades y paternidades: las expectativas. Dudo que en otra época los padres y madres tuviesen tantas como tenemos hoy. Y no hace falta irse al Imperio Romano, bastaría con retrotaernos medio siglo. Para entonces internet era algo que no podían concebir ni en la literatura de ciencia ficción y la experiencia con los hijos era algo que se vivía sin la sobre información actual, sin manuales de cómo criar/dormir/educar a un hijo, con la única referencia de la experiencia acumulada por generaciones y generaciones que parieron y criaron antes. Aún así, ya en 1961, los antropólogos Burton & Whiting constataron, tras estudiar más de 100 sociedades distintas a lo largo y ancho del planeta, que la clase media estadounidense era la única que esperaba que sus bebés se durmiesen solos. Si tu expectativa es esa, está claro que el sueño de tu hijo solo podrá ser malo.

Hoy en día, aquella expectativa de la sociedad americana de mediados del siglo xx parece haberse expandido por el planeta. Y con ella otras muchas más, quizás porque como nos comentaba Darcia Narvaez, profesora de Psicología en la Universidad de Notre Dame, en el dossier central que hemos dedicado al sueño infantil en el último número de Madresfera Magazine (que está recién salido del horno, por cierto), “la mayoría de los nuevos padres han tenido poca experiencia previa con niños antes de vivir su propia experiencia personal, algo que hace que tengan poco conocimiento acerca de lo que realmente es normal” cuando hablamos de un bebé o de un niño.

Expectativas en la crianza vs realidad

Lo equivocado de nuestras expectativas como padres queda reflejado perfectamente también en los datos que presenta el National Parent Survey Report, un estudio llevado a cabo por la organización norteamericana Zero to Three y cuyos resultados resultan muy llamativos, especialmente en ese aspecto, el de las expectativas que nosotros tenemos hacia nuestros hijos a determinadas edades, porque éstas quedan infinitamente lejos de aquello que la neurociencia se ha encargado ya de demostrar. Así por ejemplo, un 43% de los 2.200 padres entrevistados consideraban que los niños tienen la capacidad para compartir y respetar turnos antes de los dos años de vida, mientras que otro 28% consideraba que era algo que podían hacer perfectamente a los dos años. ¿Os suena esta situación de los parques? Es habitual ver a los padres decir a sus hijos de un año y pico, o incluso de meses, que compartan sus juguetes. Incluso amenazarles con irse a casa si no lo hacen. ¿Sabéis a que edad dicen los estudios neurológicos que están preparados para hacerlo? Entre los tres y los cuatro años.

Lo mismo sucede con otras situaciones cotidianas que vivimos los padres. Como las que provocan esos objetos que no queremos que cojan/toquen y esas cosas que no queremos que hagan. Nuestros hijos, sin embargo, las buscan con ahínco, porque a través de la “prohibición” se convierten en un objeto de deseo. Entonces nos llenamos la boca de “noes” (yo el que más) y nos desesperamos al ver que esas negaciones no surten efecto y nuestros peques siguen a lo suyo, aunque nosotros consideremos que ya deberían habernos entendido porque se lo hemos dejado muy clarito. Pues bien, según datos del estudio de Zero to Three, el 56% de los padres consideran que los niños tienen la capacidad para controlar sus impulsos de hacer determinadas cosas (aunque éstas estén “prohibidas”) antes de los 3 años. El 36% dice incluso que antes de los 2. Los estudios cerebrales recientes, sin embargo, afirman que esa capacidad se empieza a desarrollar entre los 3 años y medio y los cuatro.

Y luego está el clásico de la gestión de las emociones, que es la expectativa que peor llevo yo, porque Maramoto tiene rabietas por todo y a todas horas y yo siempre pienso que es algo que ya debería gestionar mejor, que la aDOSlescencia está muy bien, pero que nosotros llevamos desde que cumplió uno con rabietas. Y hasta ahora. Que me río yo de los terribles dos años, vaya. Es un tema delicado éste, porque al final es el que peor gestiono yo, que parece que soy el que más educación emocional necesita. Me está costando asimilar (aunque ya debería haberlo hecho, como me dice la mamá jefa habitualmente) que todo sea susceptible de provocar lloros y enfados. Y lo llevo mal, para qué nos vamos a engañar. Supongo que les pasará lo mismo al 66% de los padres encuestados, que consideraron que antes de los tres años es una capacidad que los niños deberían haber desarrollado. La ciencia, por contra, fija el desarrollo de esta habilidad entre los tres años y medio y los cuatro. Así que en nuestro caso aún ni siquiera hemos entrado en plazo.

Gestionar las expectativas

Queremos que nuestros hijos hagan determinadas cosas para las que no están preparados porque nuestras expectativas nos dicen que así deberían hacerlo. Sin embargo, no les dejamos hacer otras para las que sí lo están, porque al contrario, nosotros nos empeñamos en creer que no pueden lograrlo. Otra vez las expectativas. Cuando pienso en estas incoherencias me acuerdo a menudo de la maravillosa película indie Ruby Sparks (si no la habéis visto, ya estáis tardando) en la que un escritor acaba enamorándose de uno de los personajes femeninos que ha creado, hasta el punto de que éste cobra vida. Ese amor es fruto de una circunstancia: el personaje ha sido creado por él mismo y tiene los patrones y características que al escritor le gustaría encontrar en una mujer. Es un ser perfecto, hecho a su medida. Sin embargo, al abandonar el papel, la mujer escapa de su control y empieza a desarrollar otras cualidades que ya no gustan tanto al autor, provocando en él una decepción, porque ella ya no cumple sus expectativas.

A nosotros, como padres, a veces nos pasa lo mismo. Queremos que nuestros hijos sean de una determinada manera y se comporten también de una determinada forma. Y no entendemos que a menudo todavía no están preparados para ello, mientras que en otras ocasiones simplemente son seres únicos, con una personalidad propia y otra manera de hacer y afrontar las situaciones. Y eso debería ser algo maravilloso, no una fuente de decepciones y frustraciones. Aprendamos a gestionar las expectativas. Yo el primero.

7 respuestas

  1. Cristina Madre y Autónoma
    Responder
    31 enero 2017 at 10:30 am

    Qué bien escribes y explicas conceptos tan complicados. Yo hasta hace unos años pensaba que lo bebés sólo necesitaban la teta hasta que empezasen con las papillas y que era malo que el niño durmiese con los padres (fíjate tú). Lo bueno es que estas expectativas globales se pueden cambiar con más o menos facilidad pero las que cuentas tú, del día a día y las rabietas son más difíciles e incluso contraproducentes el hacerlo.

    Me explico: si piensas que todo es susceptible de rabieta, tal vez acabe siéndolo así que yo de ti seguiría optimista respecto a tu día a día que es mejor que te lleves un chasco a que te rindas por si se enfada.

    Mucho ánimo!

    • Adrián Cordellat
      1 febrero 2017 at 6:56 pm

      Muchas gracias por tus palabras, Cristina! Un honor viniendo de ti, de verdad 🙂

      Y me apunto ese consejo que me das, porque me parece muy pero que muy útil. ¡Un beso!

  2. Emma
    Responder
    31 enero 2017 at 10:54 am

    En mi opinión, los sobrevaloramos para unas cosas y los infravaloramos para otras. Por ejemplo, pensamos que un niño de seis meses o siete está perfectamente preparado para comer carne entera sin ninguna clase de ayuda, pero que ese mismo niño con tres años no está preparado para dejar el pañal (es un ejemplo, ojo, nada más)

    En mi opinión el problema es que eso depende mucho de cada niño. Que unos niños están preparados o son capaces de algo antes que otros, o después, y que no hay que generalizar. Yo desconfío mucho de estos estudios que “encasillan” a los niños y sus capacidades, porque cada niño es único, y decir que no son capaces de compartir hasta los cuatro años me parece generalizar demasiado.

    Por otro lado, en algunas cosas pienso que los niños son esponjas, y está en nuestra mano enseñarles ciertas cosas que como padres queremos que sean así porque consideramos que es lo mejor para nuestro hijo. Esto no quiere decir que sea fácil, o que se tarde poco, más bien al revés, hay cosas que a mi al menos me cuesta dios y ayuda enseñarles o hacerles que lo entiendan. Pero una vez que lo consigues, ves que es posible y es gratificante ver que lo han conseguido.

    Yo tiendo a pensar que mis hijas son capaces de hacer y entender mucho más de lo que yo creo, sobre todo si se hace con paciencia, cariño y amor. Con alguna cosa he llegado al punto de dejarlo estar, por que he visto que no era el momento, pero en la mayoría me han sorprendido para bien. Así es que pienso que en las cosas que son importantes para nosotros, no hay que resignarse, sino perseverar con amor y paciencia.

    Pero quién dijo que fuera fácil esto de ser padres…

    • Roser
      Responder
      1 febrero 2017 at 7:20 am

      Emma, debes comprender que los estudios sirven para generar estadísticas. I como me dice siempre un amigo, “están las mentiras, las mentiras podridas, y luego ya las estadísticas”. Por aquello de que si tú te comes un pollo y un niño del Senegal no tiene pollo que comer, según las estadísticas os habréis tragado medio pollo cada uno (tragones!).

      Por otra parte, lo que dicen las estadísticas, bien leídas, es que la mayoría de los niños, a los X años, hacen tal o cual. Los niños normales, claro está. Luego están los que tienen problemas de aprendizaje y los que aprenden demasiado rápido (Dios nos libre a todos de un hijo superdotado, creedme: no es ninguna ganga), que los buenos estudios sacan de la estadística para que no la alteren (fuera entonces tú y el niño sin pollo del Senegal de mi estadística pollera, por favor).

      Como profesora te puedo decir que las etapas de aprendizaje son ciertas, pero que también es cierto que se puede enseñar (los técnicos entonces hamblamos de “adiestrar”) algo para lo que alguien no está aún capacitado. La pregunta entonces es si es bueno para esta persona a largo plazo y la respuesta suele ser que no.

      Créeme: si tu hijo está listo para algo antes que el resto, lo sabrás (como se sabe que vas a parir aunque no sea aún la semana 40): son irrefrenables. Nunca trates de pararlo en ese caso! Pero tampoco le fuerces a hacer nada para lo que no esté preparado, porque es falso que los niños se columpien en su ignorancia. Es una mentira podrida.

    • Adrián Cordellat
      1 febrero 2017 at 6:59 pm

      Estoy en parte contigo, porque los sobrevaloramos para unas cosas, mientras que los infravaloramos para otras que sí están preparados para hacer. No obstante, como dice Roser, hay cosas que llevan su tiempo. Y me refiero por ejemplo al compartir. Un niño de un año, incluso dos, está en plena etapa egocéntrica. Pedirle que comparta en el parque, por ejemplo, su cubo y su pala, es como si tu llegases al parque y te dijesen que tienes que compartir tu coche. Ellos no lo entienden, no saben que es para un momento y ya está, y eso es algo que comprenden con el tiempo, pero que no se puede forzar.

  3. Fernanda
    Responder
    31 enero 2017 at 11:18 am

    Me encanta leerte. Explicas todo muy bien y es apasionante que un papá pueda detallar todo esto de su vida y sus experiencias como padre. Te sigo y te admiro, desde Argentina!

    • Adrián Cordellat
      1 febrero 2017 at 7:00 pm

      Muchas gracias por tus palabras, Fernanda. Me sacas los colores. Te mando un abrazo grande para Argentina!

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