Gimnasios

Desde que empecé a ir al gimnasio con 16 años hasta ahora, que lo he retomado como propósito de año nuevo, han cambiado algunas cosas. Las máquinas se han modernizado. Hoy tienen una forma más aerodinámica, aunque en esencia siguen siendo las mismas solo que más difíciles de utilizar. Los gimnasios han dejado de tener ese aire callejero, de barrio, propio de blockbuster de Hollywwod rodado en el Bronx, para dar paso a una estética más Mr. Wonderful, que uno ya no sabe si está en un gimnasio o en una cafetería Rodilla. En ese ambiente, por supuesto, ya no hay espacio para un poster de Bruce Lee o de Hulk Hogan, sino para frases motivacionales e inspiracionales que podría haber dictado Paulo Coelho (si hiciese deporte), adornadas, cómo no, con la tipografía de moda que también usan en Rodilla.

Los espejos, que cada vez ocupan más espacio en las instalaciones, siguen siendo territorio de los más musculados, cuerpos imposibles y dopados que se repasan una y otra vez cada centímetro de su físico, atentos por si en un desliz han perdido un miligramo de masa muscular. Hoy acostumbran a estar totalmente tatuados. Es una tiranía creciente la de los tatuajes. Como la de las medias maratones o las carreras populares de 10K en la era del running. Correr, lo llamaba mi padre, que lo hacía más rápido que cualquiera de los que hoy veo equipados con tal mimo que cuesta saber si van a correr o hacerse fotos con el último outfit para deslumbrar en Instagram. No eres nadie sin un tatuaje bien visible en el brazo. Tampoco sin haber cruzado una meta mientras posas sonriente para el selfie que luego subirás con algún filtro a Instagram.

Y luego están los smartphones, que también, cómo no, han invadido los gimnasios. 10 repeticiones y mensaje de Whatsapp. Dos series de press de banca y a mirar el timeline de Instagram. Cuando empecé el gimnasio con 16 años uno solo llevaba consigo su Sony Ericsson tamaño zapatilla de estar por casa si estaba inmerso en uno de esos amores imposibles de la adolescencia. Para devolver las perdidas con avidez, que eran sinónimo de me acuerdo de ti; y para contestar a los sms románticos con la misma celeridad y el mismo romanticismo de bolero de Luis Miguel.

Aquellos amores imposibles que lloramos con las letras de Álex Ubago aún los recordamos con una mezcla de nostalgia y de vergüenza ajena. En parte porque nos recuerdan a la bendita inocencia de la juventud y a nuestros corazones aún pletóricos y sin heridas; y en parte porque, como buenos amores imposibles (“solo somos amigos”), no se consumaron y por tanto nunca llegaron a sufrir el deterioro del tiempo. Amores embalsamados e idealizados, criogenizados en su inmaculada perfección.

Recuerdo el primer gimnasio al que fui en mi pueblo. Un gimnasio que años antes, curiosamente, había sido la guardería de mi hermana. Así se iban transformando las ciudades entonces. Aún quedaban detalles infantiles en la decoración de las paredes. También en los chicos y chicas que íbamos a él en plena efervescencia adolescente.

Como buen gimnasio de pueblo en los primeros años 2000, antes de que se generalizasen los megacomplejos deportivos públicos y privados y el deporte se convirtiese en otra tiranía de moda, era una instalación pobre y cutre: ocho máquinas (tal vez exagero) destartaladas, discos de peso mordidos por las caídas y por el tiempo, y cuatro bicis estáticas que fallaban más que un delantero de Regional Preferente.

Si ibas por la mañana estaba cerrado y tenías que pedir la llave en un estanco situado en la siguiente esquina. El deporte en mi pueblo lo promocionaba Malboro. Luego subir los dos pisos que lo separaban de la calle, porque el gimnasio estaba en un segundo. En el primero vivía el dueño, un hombre mayor, nunca sé si tanto como parecía, consumido por el alcohol. Jamás logré entender ninguna de las frases que intercambió conmigo. Se le había quedado voz de borracho a punto de dormirse sobre la barra del bar de película doblada del Hollywood clásico. Años después me seguía saludando, sentado a la fresca en la planta baja de lo que un día fue el gimnasio. Seguía milagrosamente vivo. Era un buen hombre al que puteamos lo suyo. Como buenos adolescentes.

En el gimnasio había una zona de tatami porque su hijo daba clases de artes marciales. Estaba prohibido usarlo para algo más que no fueran las clases, golpear los sacos de boxeo o hacer abdominales. Por las mañanas, sin embargo, nos juntábamos varios compañeros del equipo de fútbol del pueblo y jugábamos nuestras pachangas con entradas criminales y palomitas de portero que cae sobre blando incluidas. Él vivía abajo, así que alguna vez debíamos molestarle y subía a llamarnos la atención. Su paso era tan lento por las escaleras que cuando llegaba no había ni rastro de la pelota y cada uno estaba haciendo su ejercicio. Un día, cada vez más brutos y confiados, se nos cayó la pelota escalera abajo de un pelotazo. Cuando un amigo bajo a recogerla él la tenía en sus manos. Supongo que confirmó sus sospechas, pero tampoco nos dijo mucho. O quizás fue que no le entendimos.

Para llegar a los vestuarios del gimnasio de Pepe, que así se llamaba el dueño, ahora lo recuerdo, había que salir al exterior y cruzar un pasillo a la intemperie que daba a un patio de luces en el que confluían las ventanas de otras casas bajas del vecindario. Los vestuarios eran propios de las instalaciones de la época: tres bancos de madera, cuatro perchas mal colgadas y unas duchas en las que hoy dudo que me bañase (uno se acomoda) por las que caía a duras penas un hilo de agua cuya temperatura oscilaba entre los extremos sin que uno encontrase nunca la forma de templarla. Tenían, eso sí, un aliciente para adolescentes con las hormonas desbocadas como nosotros: se comunicaban por una ventana con los de las chicas.

Nunca me atreví a mirar por ella. No por falta de ganas (estaba en la edad de descubrir), sino porque me podía el miedo a ser pillado in fraganti, a escuchar un grito y a que me pusieran la cara roja como el tomate, que siempre he sido muy vergonzoso. Sí que recuerdo a amigos subidos en los bancos, asomando el ojo con sigilo mientras las chicas se cambiaban o se duchaban. Hay algunos que dicen que vieron a algunas de las adolescentes de entonces (mitos eróticos nuestros de la época) desnudas. No sé si será cierto. Yo, sinceramente, tengo mis dudas. Con el tiempo he aprendido que por regla general los hombres, en cuestiones de mujeres, tendemos a la exageración por una necesidad atávica de demostrar hombría. Nos iría mucho mejor si utilizásemos la imaginación para otras cosas.

1 respuesta

  1. Avatar
    Jose
    Responder
    28 febrero 2019 at 9:58 am

    Gracias por el post. Me has hecho revivir vivencias parecidas a las tuyas 😉

    Saludos!

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