Una habitación propia metafórica para sobrevivir a la paternidad

La paternidad es tan maravillosa como absorbente, un “renunciar a vos mismo a cada rato, postergarte”, que escribía Pedro Mairal en La Uruguaya. Sobre todo, como es nuestro caso, cuando por circunstancias te toca vivir la experiencia en solitario y sin apoyos cercanos en forma de abuelos y tíos, ejerciendo de padre de forma ininterrumpida 24 horas al día 365 días al año. Sería absorbente de todas formas, eso no lo dudo, pero seguro que se llevaría mejor. Y hablo desde la ignorancia, porque en estos cuatro años no he conocido esa “otra” paternidad, solo la he intuido y la he soñado. Y ya se sabe que en los sueños uno tiende a idealizar.

Y en medio de esta sensación de absorción, de ese postergarse al que ya dediqué un post, uno llega un momento en que siente que tiene que buscarse sus pequeños espacios, sus momentos efímeros de placeres cotidianos, una metafórica habitación propia a lo Virginia Woolf para escapar a la locura, al correprisas y al estrés diario por intentar llegar a todo y al final tener la sensación de no llegar a nada, de hacerlo todo a medias, como escribía la mamá jefa en su blog.

“Pues si querías esa habitación propia, no haber tenido hijos”, dirán algunos, aquellos que se toman todo como un ataque a la maternidad/paternidad, los de estás conmigo o contra mí. Y no se trata de eso. Adoro a mis hijos, me encanta pasar horas con ellos, lamento incluso no tener más para dedicarles en exclusiva y sin distracciones, pero además de padre soy persona y necesito mis pequeños momentos de desconexión, de silencio, de calma y de descanso. Me hacen bien a mí. Y hacen bien a quienes me rodean.

Mis habitaciones propias

No sé si será porque ya son cuatro años de paternidad intensiva, pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte siento que valoro más esos pequeños momentos de desconexión, que los disfruto, que soy 100% consciente de ellos. Era uno de los propósitos para incumplir que la mamá jefa y yo nos marcamos para el nuevo año: buscar entre la locura de nuestros días pequeñas habitaciones propias en las que desconectar y recargar pilas.

Una la he encontrado en el gimnasio. Tres días a la semana me escapo una hora con mi mochila, mis zapatillas deportivas y mi chándal, me pongo los auriculares, sintonizo La Ventana de la Ser y, mientras descargo energía y tensiones, me río a carcajada limpia con la sección de Todo por la radio o disfruto de las interesantes conversaciones que con tanta maestría conduce Carles Francino en la primera hora de programa. Salgo de allí nuevo tras una hora en la que me permito desconectar la parte del cerebro que todo el día me trae de cabeza con su interminable lista de tareas pendientes.

Otra habitación propia la he encontrado de la forma más tonta, simplemente cambiando un hábito. Desde que comenzó el curso llevo a Mara al cole en patín y, tras dejarla en su clase, siempre me volvía a casa en metro. Un día decidí probar en autobús. Y me ha dado la vida. Llego a casa a la misma hora, pero todo el trayecto que el metro me obligaba a hacer andando ahora lo hago en un autobús casi vacío, pegado a la ventana, leyendo un libro. El viaje es corto, no más de 15 minutos, pero ese cuarto de hora de lectura en silencio lo disfruto intensamente y se ha convertido ya en un pequeño y efímero momento de placer cotidiano.

Y luego está la habitación compartida de la noche. Aprovechando el invierno nos hemos vuelto ciudadanos nórdicos. A las 19:30 horas la cena está sobre la mesa y a las 20:30 estamos durmiendo a los peques. La mamá jefa duerme a Leo en la cama. Y yo, tras leerle los cuentos de rigor, hago lo propio con Mara en el sofá, acariciándola para conducirla al sueño mientras me regalo otro momento de lectura. Sobre las 21:00 horas los dos están dormidos y nosotros nos arrebujamos bajo la manta del sofá, abrazados, dispuestos a indagar en el catálogo de Netflix o HBO. Una excusa como cualquier otra para disfrutar de nuestro momento, del tiempo que hemos robado al día para nosotros, de nuestra humilde y necesaria habitación propia.


*Espero hablaros pronto de Apegos Feroces (Sexto Piso), la brillante novela de Vivian Gornick (qué bien escribe esta mujer, por favor) cuya imagen da inicio a este post.

6 respuestas

  1. Teresa
    Responder
    23 enero 2018 at 9:46 am

    Nosotros siempre lo hemos hecho así, desde que nacieron las peques hemos conservado nuestras pequeñas parcelas de “adultos”.
    Los dos conservamos nuestras aficiones principales (deporte, música) y nos cubrimos el uno al otro para poder hacerlas. También tenemos horario europeo y a las 9 estamos todos cenados y las niñas dormidas, y ese rato diario es para nosotros.
    Y aunque también tenemos a los abuelos lejos, cuando vienen o estamos allí, siempre aprovechamos para escaparnos un rato solos o con amigos.
    Y añado que desde que las niñas son más grandes, una vez al año nos vamos de viaje unos días solos.

    Yo sólo he hecho el parón lógico cuando tomaban pecho en exclusiva, y en mi caso era más complicado dejarlas, y después he retomado.

    Habrá quien no necesite o no disfrute estas “ventanas” sin niños, y por tanto no sientan la necesidad de buscar estos momentos, pero en nuestro caso nos dan la vida como personas y como pareja.

  2. Isabel
    Responder
    23 enero 2018 at 11:28 am

    Mi habitación propia, es levantarme a las 6,30 de la mañana, cuando todos duermen, y desayunar sola.
    Otro momento, al igual que vosotros, es cuando nuestra niña ya se ha dormido a las 20,30 y espero a su aita a que llegue de trabajar mientras disfruto de mi momento de soledad para leer, mirar correos, ducharme sola, ….

  3. Roser
    Responder
    23 enero 2018 at 6:31 pm

    La única ventana que tengo es ir a trabajar cada día. Cuando vuelvo a casa, los niños son míos. Y me gustan mis hijos, y disfruto con ellos, pero a mi me gustaban el cine y el teatro. Y vive Dios que los echo de menos…

  4. El Papá Cavernícola
    Responder
    24 enero 2018 at 10:35 am

    Por aquí hacemos lo mismo, unido a que El Pequeño Cavernícola siempre ha dormido mucho y pronto pues compartimos mucho rato de la noche para nosotros 🙂

  5. Planeando ser padres
    Responder
    24 enero 2018 at 2:18 pm

    Aquí mi bichilla llegó para arrasar con las parcelas de todo el mundo: ni hobbies, ni deportes, ni siquiera televisión de adultos con lo tarde que se ha dormido hasta hace poco. Y sin haber salido aún del desbarajuste que ella nos impuso, llegó mi churumbelito, con lo cual, tras 4 años completos de no tener ni un minuto para mí, ni habitación propia, ni pasillo siquiera, acabé estallando y pidiendo por favor que hagamos los malabarismos que sean necesarios pero yo necesito salir aunque sean 2 horas a la semana de casa, sin niños. Y me he apuntado al gimnasio. Ahora estoy en plan adolescente loca yendo a zumba (vamos, 2 clases llevo y ya creo que me quiero dedicar profesionalmente a esto :P) y sacaré el tiempo de donde haga falta, porque al final, de tanto tensar la cuerda ¡esto se nos rompe!

  6. Paloma de Patadita
    Responder
    24 enero 2018 at 10:54 pm

    Cómo odio el “ahora no te quejes”. Hay que quejarse, y hay que buscar habitaciones propias más a menudo, porque se necesitan, porque necesitamos un ratito de silencio o de no silencio pero a nuestra manera.
    La hora y cuarto que va Lucy a inglés, a mi me recarga las pilas y me permite estar pendiente de mi misma.

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