La frontera o cómo la infancia ha desaparecido de las calles

Muchas veces pienso en mi infancia y la comparo irremediablemente con la que están viviendo y van a vivir Mara y Leo. Y en cierto modo, me da pena por ellos. Mucha pena. Crecí en un pueblo-ciudad relativamente grande para encontrarse en Valencia, cuando todavía los coches no se habían apoderado de él, y pasé gran parte de la infancia, esos años que Rainer Maria Rilke define como la patria del hombre y de la mujer, en la calle. Allí jugábamos al fútbol, a las chapas, a los cromos, a las canicas, a los tazos, a la peonza. A todo. Y allí experimentábamos riesgos controlados y conocíamos límites, sin necesidad de tener a ningún adulto supervisándonos de forma permanente.

En mi calle en concreto solíamos estar los niños que vivíamos en ella. La calle en sí era una frontera y solo algún intrépido se atrevía a venir a jugar desde otros rincones de la manzana y del barrio porque su madre se lo permitía con la seguridad de que allí nos conocíamos todos; de que siempre había alguna madre que interrumpía sus labores domésticas para ver que todo estaba en orden. El resto del tiempo, sin embargo, estábamos solos, pero no recuerdo que nunca sintiésemos miedo de que nos pudiese pasar algo malo. La calle era nuestra y todos los que allí vivían nos protegían y se preocupaban por nosotros de una u otra forma. Escribo esto y me viene a la cabeza el Cuando éramos reyes de Quique González.

Recuerdo que desde muy pequeño, 7 u 8 años quizás, pasaba ya mucho tiempo solo en la calle. Recuerdo que incluso mi hermana, que tiene cinco años menos que yo, se quedaba muchas veces bajo mi custodia y la de mis amigos, aprovechando la circunstancia de ser la hermana menor para respirar calle desde bien pequeña. Y recuerdo ir y volver del cole solos, en grupos de amigos, traspasando esa frontera invisible sin temor alguno, porque todo estaba muy cerca, las calles eran de las personas y nadie tenía la sensación ni vivía con el temor de que algo pudiese pasarnos.

“No tuve mala suerte con mi colegio, pero los mejores recuerdos, las escenas de aquellos años escolares que de forma más nítida se mantienen en mi memoria, no provienen de las aulas, las capillas, las bibliotecas y los laboratorios, sino del camino que me llevaba todas las mañanas de mi casa a mi pupitre, convertido en un elemento más de un mundo infinito”, escribía el poeta Luis García Montero. Muchos hemos aprendido más de la vida compartiendo camino de casa al cole con los amigos que en las tropecientas horas lectivas en las que permanecíamos atados a una silla y a un pupitre.

El portal como frontera

La reflexión de Luis García Montero la he extraído de uno de los paneles de la exposición itinerante Caperucita camina sola: la reintroducción de la infancia en la ciudad, que estos días se ha detenido en el colegio de Mara para hacernos reflexionar sobre cómo las ciudades se han convertido en un espacio hostil para las personas, pero sobre todo para los niños, que son quienes más claramente pagan sus consecuencias.

Y ver la muestra, evidentemente, me ha vuelto a hacer reflexionar sobre el tema, como demuestra el hecho de que esté escribiendo este post. Si antes con siete, ocho o nueve años teníamos la frontera en la calle, la manzana e incluso en los confines del barrio, hoy los niños la tienen en el portal de casa. De él salen acompañados por su padres, cogidos de la mano, para ir al único lugar donde cuentan con una relativa libertad. Y digo relativa porque es un eufemismo hablar de libertad cuando los parques están vallados y los niños SIEMPRE tienen sobre sus espaldas la mirada de un adulto que supervisa sus juegos y cada uno de sus movimientos.

Hay otros, aquellos niños que viven en las urbanizaciones cerradas tan de barrio residencial, con sus propias piscinas y sus propias zonas de juego, que tienen en esas urbanizaciones sus fronteras. Cualquiera podría pensar que son fronteras más laxas, que dejan más espacio a los niños, pero yo veo en estas urbanizaciones una evolución de la aldea que M. Night Shyamalan nos mostró en la injustamente vilipendiada El bosque. En aquella comunidad construían mitos para evitar que nadie tuviese la tentación de ir solo al bosque, para tener bajo control a la comunidad. Nosotros construimos paredes de hormigón con todo tipo de entretenimientos en su interior para que ningún niño tenga la tentación de salir a la calle, convertida en escenario de una película de terror, acechada por depredadores y por los coches feroces, la metáfora del lobo que utilizan en la exposición.

Recuperar la calle para los niños

Muchas veces hablo con Diana que yo no recuerdo que mis padres me llevasen nunca siendo un niño a ver una obra de teatro infantil, un cuentacuentos o un festival dedicado a la infancia. Ni siquiera sé si los había. Lo cierto es que tampoco los necesitábamos porque teníamos la calle y esos metros de asfalto eran un teatro a través del cual nos asomábamos a la vida. Hoy los niños tienen mil y una propuestas culturales a su disposición (que están muy bien, son muy interesantes y recurro a ellas a menudo con mis hijos), pero han perdido la calle. Y las ciudades, por tanto, los han perdido a ellos. No hay niños por las calles. Están encerrados en colegios, extraescolares, parques vallados, bibliotecas y casas, donde acumulan horas de sedentarismo antes una pantalla de televisión.

“Esta es la historia de una niña a quien llaman Caperucita porque lleva una caperuza de terciopelo rojo que le ha hecho su abuela. Caperucita tiene nueve años, dos piernas fuertes, dos ojos atentos y un corazón que late. Sabe leer, escribir, saltar a la comba, pedalear y navegar por internet, pero al igual que le sucede a la mayoría de niñas y niños de su edad, nunca la dejan salir sola de casa. Sus padres dicen que la ciudad es un lugar muy peligroso y no le permiten jugar en la calle ni ir al colegio por su cuenta. Va siempre de la mano, no se detiene a contar baldosas, ni se aparta del camino y, cuando juega en el parque, lo hace bajo la mirada vigilante de una persona mayor. Caperucita está en casa con su mamá, no sabemos si está frente al ordenador, viendo la tele o haciendo los deberes. Lo que sí sabemos es que pasa horas y horas sentada en una silla o tumbada en el sofá y que, al caer la tarde, está nerviosa e irritable”. Con este texto, a todas luces clarificador de lo que nos vamos a encontrar, arranca la exposición, que aborda temas muy interesantes como la privatización de la crianza, la falta de tribu, la corresponsabilidad social de los cuidados y la sobreprotección con la que, sin quererlo y con toda la buena voluntad del mundo, creamos niños “más vulnerables y más frágiles”.

El tema central de la exposición, no obstante, es la idea de recuperar las calles de las ciudades para los niños, de hacerlas habitables y seguras para que ellos pueden apoderarse de éstas solos y en compañía de otros niños. En ese sentido se dan datos que cuanto menos invitan a la reflexión: Por ejemplo que en España, el 70% de los niños y niñas de primaria no van nunca solos al colegio cuando en los años ’70, por contra, el 80% de los menores iban solos a clase. O que España es un país con unos niveles de delincuencia bajísimos en comparación con la mayoría de países de nuestro entorno, pero en el que sin embargo convivimos con una falsa sensación de inseguridad que también acaba afectando a los niños.

También se ofrecen en Caperucita camina sola: la reintroducción de la infancia en la ciudad, a través de ejemplos visuales, sugerencias, medidas e ideas para implementar en las calles y hacerlas más habitables y apetecibles para niños y familias, porque “la presencia de niñas y niños en las aceras contribuye a dar vida y a incrementar la seguridad colectiva”.

Recuperemos las calles para ellos.

8 respuestas

  1. Diana
    Responder
    24 abril 2018 at 11:25 am

    Es que es tan complicado… al menos donde vivo, un pueblo grande, las cosas han cambiado tanto que ya no hay niños, hay más peligros y se ve inviable que vayan solos, o jueguen en zonas que antes lo hacíamos. Y da mucha pena porque se perderán mil y una cosas.

  2. Tatiana
    Responder
    24 abril 2018 at 3:22 pm

    Me encanta , que recuerdos . Pero ¿ que parte de culpabilidad tenemos los padres ? yo creo que bastante , lo que comentas de la sobreprotección , es tal cual , el cole de mis hijos esta a menos de 5 minutos caminando de mi casa , desde cualquier punto del barrio ves el cole en lo alto y ningún niño desde cualquier calle tarda mas de 8 / 10 minutos , aun así apenas niños suben y bajan solos y estoy de acuerdo contigo ( se pierden esa convivencia y esos lazos que nosotros creamos en las idas y vueltas ) en mi caso a un cole mucho mas lejano y por peores calles en cuanto a trafico y demás peligros.

  3. Mamá Lanuguita
    Responder
    24 abril 2018 at 10:22 pm

    Yo me crie en un pueblo. Desde muy pequeña iba sola al colegio, al igual que la mayoría de mis compañeros, y bajaba a la calle a jugar. Mi madre se asomaba de vez en cuando a la ventana y me saludaba con la mano mientras yo corría con el balón o montaba en bicicleta. Ahora que vivo en una gran ciudad la idea de que mi hijo me diga “Voy a la calle a jugar” se me hace un imposible porque todo ha cambiado mucho. Hay una parte de miedo adquirido que provoca que veamos peligros por doquier pero también una realidad, la de un entorno que se ha vuelto hostil no sólo para los niños sino para todos. Enhorabuena por esta gran reflexión.

  4. Natalia madre_degeneropunkrock
    Responder
    24 abril 2018 at 10:46 pm

    Que buena reflexión. Son tantos recuerdos los que también tengo de camino al colegio. Bajabamos todos en panda, los grandes cuidaban de los pequeños. Y como dices, mil aventuras. También recuerdo comer el bocata en la calle mientras jugábamos todos juntos en el descampado de al lado de mi casa. Cabañas, criar gatos y pájaros y renacuajos que nos encontrábamos, todo era una aventura. Y si recuerdo algún espectáculo era el que nosotros preparábamos juntos cantando alguna canción de moda. Yo soy de los años de La bola de Cristal.
    Así que sí, apoyo ese reto de que las calles vuelvan a ser de las personas. Nos han ido comiendo el terreno sin darnos cuenta y hemos perdido más de lo que imaginamos.
    Mis hijos y yo salimos todos los días al campo, a veces coincidimos con unos amigos que también salvajean en la naturaleza mojándose, embarrándose, haciendo cabañas y jugando con palos. Pero por desgracia siempre tienen nuestra presencia cerca.
    Me enrrollé lo siento pero es que me emociono.

  5. Laura
    Responder
    26 abril 2018 at 3:15 pm

    Me entristece mucho que los niñ@s de hoy en día se estén perdiendo algo precioso de la infancia que es el jugar en la calle, como hemos hecho las generaciones anteriores. Y al mismo tiempo que las calles se estén perdiendo a los niñ@s. La calle se ha convertido en lugar de paso. Sólo se está en ella si no se tiene a dónde ir o si se está consumiendo en alguna terraza. Éste es un síntoma de un gran cambio social, en el que se ha perdido el vínculo comunitario que existía antes en los pueblos o en los barrios.
    Sin embargo, cuando hablas de esto con madres/padres, generalmente la mayoría dicen lo mismo “es que la calle ahora es más peligrosa” “es que el entorno es más hostil. No está preparado para los niñ@s” Pero esto es falso. Es simplemente la idea que nos hemos creado y en la que la mayoría se sienten cómodos y seguros.
    Cuando yo era niña, en el Madrid de los 80, había tantos o más peligros en las calles que ahora, y sin embargo, no se percibían tan hostiles para los menores. Y esto sucedía por la sencilla razón de que a todo el mundo le parecía normal que l@s niñ@s estuvíesemos en la calle. Las calles estaban llenas de crí@s y un@s nos cuidábam@s a l@s otr@s.
    Si alguien se caía, o había una pelea, o algo fuera de la normalidad sucedía, en seguida alguien iba corriendo a avisar a un adulto y a buscar ayuda.
    Hoy en día l@s niñ@s podrían perfectamente estar en la calle si les dejasen, pero las madres/padres prefieren tenerlos encerrados a buen recaudo, robándoles experiencias muy satisfactorias y valiosas que ninguna pantalla va a poder sustituir.
    Me encanta pasar por las céntricas plazas de La Luna y Tirso de Molina, espacios que a priori no son óptimos para los menores, porque siempre hay niñ@s jugando como lo hacíamos nosotr@s. Eso sí, son hij@s de migrantes que todavía no tienen esa obsesión por encerrar a l@s niñ@s.

  6. Rob
    Responder
    1 mayo 2018 at 11:09 pm

    Mi hijo aún es pequeño (2 años), pero me encantaría que viviera esa libertad de la que hablas, con el disfrute, el aprendizaje y la responsabilidad que va implícita. Creo que se pueden hacer pequeñas cosas para acercar la calle a los niños y los niños a la calle.

    Sin embargo creo que no es que pensemos que la calle es peligrosa para los niños, es desconocida para nosotros. No conocemos a nuestros vecinos, a penas sabemos sus nombres, salimos de casa por la puerta del garaje, montados en el coche, no abrimos la puerta a nadie, nos traen la compra a casa. Si no conocemos lo que hay alrededor, si todas las personas que encontramos son extraños para nosotros o nuestros hijos, cómo vamos a dejarles estar fuera en confianza?
    El barrio, el edificio, el colegio de al lado de casa, la tienda de la esquina… donde todos son conocidos, eran parte de la “tribu”. Sin eso, la calle seguirá siendo hostil a los niños

  7. Paloma
    Responder
    21 mayo 2018 at 9:23 am

    Hola! Me encanta tu reflexión! Creo que te podría interesar la propuesta #derechoAJugar que va a salir a la luz el próximo 28 de mayo aprovechando el día internacional del juego. https://www.medialab-prado.es/actividades/disena-un-madrid-mas-amigable-con-la-infancia-derechoajugar. A ver si entre todos conseguimos revolucionar Madrid! Un saludo!

  8. LETICIA
    Responder
    19 junio 2018 at 4:33 pm

    Genial artículo Adrian, como cambia la vida, la desconfianza y el miedo junto con las tecnologías se han apoderado del ser humano y les ha quitado una de las cosas más bonitas y puras de nuestra vida, la infancia en la calle. Yo soy madre de dos niñas, y aunque también me pasa lo mismo durante el año, es en verano cuando intento volver a aquella época y me llevo a mis peques a un pueblecito de Cádiz donde solemos veranear y donde aun se juega en la calle. No sabes el cambio, los niños están más distraidas, menos impertinentes y se divierten muchísimo más. Además cada verano organizamos para el cumple de mi nena una gran fiesta con muchos juegos y amiguitos, El año pasado le preparamos una fiesta de lo mas MINNIE jejeje, le encanta!!!! aunque lo pase regular para comprar las cosillas de decoración, tuve que comprar casi todo por internet, decoración y comida…..y por cierto os recomiendo si os pasa lo mismo una tienda online de decoración y chuches que me fue genial, se llama Chuchelandia JL, me lo enviaron super pronto todo, y tienen de todo para decorar de la temática que quieras. Además como mi nena es celíaca me mandaron todas las chuches sin gluten que también es un punto a favor. Bueno que me encanta lo que haces!!! Saludines

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