Lo nuevo

Un día de septiembre Leo aplaudió por primera vez. Fue de repente. Veníamos en el coche, de vuelta a casa tras pasar el fin de semana de mi 33 cumpleaños en Valencia. Mara cantó alguna canción de su desafinado repertorio, nosotros la festejamos con un “bravo”, y Leo asoció palabra y acción y batió sus palmas por primera vez. Luego empezó a repetirlo a diario, hasta convertir el gesto en rutinario, pero aquella fue la primera vez.

Mara está entusiasmada con las letras. Y con los números. Se pasa el día escribiendo nombres, preguntándonos qué letra va ahora, cómo se escribe el nombre de su amiga Daphne (porque el de su amiga Laura ya se lo ha aprendido de memoria), qué dichosos matices separan a algunas letras y números, como el 2 de la Z. Pensé que se le iba a atragantar el 8, con sus retorcidas y sinuosas curvas, pero la semana pasada, por primera vez, de repente, escribió un 8 perfecto. Me miró orgullosa. Ahora llena las páginas de ochos, de un ocho que ya es también rutina.

De un día para otro, de repente, Leo empezó a meter piezas en su apilable de madera. Pasó de intentarlo y no ser capaz a hacerlo con una facilidad pasmosa. Recuerdo la primera vez que metió una. Mi “¡Oh, Diana, lo ha conseguido!” de admiración. Su sonrisa de seis dientes traviesa, satisfecha, quizás un punto sorprendida por mi reacción. O tal vez por su pequeño gran logro. Hoy Leo puede pasarse grandes ratos jugando con el apilable, metiendo piezas una tras otra y volcándolas después para volver a empezar. También eso ha dejado de ser novedoso para formar parte ya de nuestras rutinas.

Una noche, mientras preparábamos la cena, le pegué un suave codazo a Diana mientras con mi otra mano dibujaba sobre mis labios el gesto de silencio. Señalé a los niños con un movimiento de la cabeza. De repente estaban los dos en el salón, compartiendo juegos y juguetes, totalmente abstraídos, Mara hablando a Leo, él mirándola atento, como si fuese capaz ya de comprender todos sus mensajes, respondiendo con gestos, como si hubiese un lenguaje entre hermanos que escapa a la comprensión de los padres. Fue uno de esos instantes en los que uno teme hacer un ruido, un mal movimiento que rompa el hechizo, la magia del momento. Desde entonces la imagen se ha repetido más veces de forma esporádica. Y sabemos que se repetirá más todavía conforme Leo crezca. Entonces ya será un hecho rutinario y probablemente no habrá codazos, ni miradas embelesadas, ni necesidad de guardar silencio.

“Lo nuevo siempre surgía de repente, luego era un hecho, como si siempre hubiera estado ahí”, afirma en un pasaje de ‘La Ciudad Blanca’ (Anagrama), refiriéndose a la hija de la protagonista, Dream, el narrador del libro escrito por la periodista sueca Karolina Ramqvist. Y ésa es una verdad incontestable. Nos pasa con todo en la vida, pero esta realidad se multiplica cuando uno es padre y los días se llenan de cosas nuevas que con el paso de las semanas y los meses se convierten en rutinas, en hechos que parecen haber estado siempre ahí.

3 respuestas

  1. Ana Tejeda
    Responder
    20 diciembre 2017 at 1:51 am

    conmovedor 😉

  2. martarivasrius
    Responder
    20 diciembre 2017 at 6:50 am

    Maravilloso Adrián. Lo nuevo nos regala una sensación desconocida. Y debemos luchar por ver la magia en lo rutinario, así jamás pasará desapercibido. Un beso enorme bonitos!

  3. yyoconestasbarbas
    Responder
    20 diciembre 2017 at 8:11 am

    ¡Qué abandonada tengo mi sección de “grandes momentos”! Ahora que te leo lo de las palmadas del enano… Con la mayor me dedicaba a apuntar todas estas cosas, y ahora con el peque, bueno, lo empecé a hacer, pero ahora voy con una ligereza… demasiado acentuada. Pobrecillo. Y es que hasta en eso se diferencia también el que “lo nuevo” trae otro tipo de paradigmas que ya no repites, respecto a lo que hacías con la anterior. Ley de vida.

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