Sobre niños y emociones sinceras

emociones

Leía la semana pasada un corto y bello artículo de Marcos Ordóñez, columnista y crítico teatral de El País, que era casi en su totalidad una declaración de la actriz Bruna Cusí, una de las protagonistas de ‘Estiu 1993’, la película española candidata a hacerse un hueco en los Oscar del próximo año. Quizás por la sensatez que transmitían sus reflexiones, mientras leía el texto me imaginaba a Bruna como una mujer madura, ya de vuelta en el mundo de la interpretación, de aquellas que hablan desde la verdad que les otorga una vida llena de experiencias. Nada más lejos de la realidad. Mientras escribo esto he buscado “Bruna Cusí” en Google y resulta que es más joven que yo, que apenas cuenta 30 años. Admiro a la gente que tiene esta capacidad de reflexión, de ver más allá. Sobre todo cuando aún están en esa adolescencia tardía que a menudo son hoy los 30 años.

Contaba Bruna Cusí a Marcos Ordóñez, a propósito de un momento del rodaje de ‘Estiu 1993’: “Cuando Paula, la pequeña, dice, por ejemplo, ‘Yo te quiero mucho’. Los actores adultos damos cien vueltas a una frase como esa, la estudiamos, la preparamos, y siempre queda algo artificiosa. Los niños te desarman con su sencillez. No subrayan, no adjetivan. Y te enseñan que en la vida no se ‘coloca’ la emoción”.

Y mientras lo leía en la pantalla de mi smartphone, en esa aplicación imprescindible que es Pocket para quienes siempre dejamos las lecturas para después, me pareció estar delante de una de las definiciones más acertadas que nunca he leído sobre la niñez. Y sobre la grandiosidad de esta etapa de la vida en la que no se actúa, ni se ‘colocan’ emociones, ni se disfrazan sentimientos, sino que todo es verdad, franqueza, autenticidad que no entiende del qué dirán.

Entonces no pude dejar de pensar en Leo y en Mara, pero sobre todo en ella, que a sus casi cuatro años sigue siendo emocionalmente de una pureza extraordinaria, de colores primarios, sin matices. De reír como si fuese la primera y la última vez que lo hiciese; y de llorar con rabia, tristeza o dolor de la misma manera. Y acostumbrados como estamos los adultos a “colocar” las emociones, a guardarlas y esconderlas, es una pena que muchas veces nos incomoden esos sentimientos puros de los niños, que miremos con el rabillo del ojo por si estamos molestando, por si el mundo que nos rodea, domesticado ya por la telerrealidad, no pudiese asumir el llanto desconsolado y enrabietado de un niño, su carcajada limpia y estruendosa.

Su sinceridad, al fin y al cabo. Esa sinceridad y esa autenticidad con la que te desarman cuando te dan un beso sentido, inesperado y no “colocado”, que les nace de quién sabe dónde. O cuando te regalan un “te quiero, papá” que en ese determinado instante en que lo dicen les ha brotado a borbotones, imparable, desde lo más profundo de su pequeño ser.

Deberíamos aprender mucho más de la sencillez y de la transparencia de los niños, reconciliarnos con ellas. Crecer seguiría siendo una traición, pero seguro que ya no tanto.

1 respuesta

  1. martarivasrius
    Responder
    28 septiembre 2017 at 6:10 am

    ¡Qué bonito! Y que cierto. Lo que yo descubro cada día con Sofía es que ella tiene mucho más que enseñarme que yo a ella. Qué ingenuos somos pensando que es al revés…

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