No hay atisbo de épica en la paternidad

DOMINGO

A veces, tres contadas desde que somos padres, aprovechamos la visita de los abuelos durante el fin de semana para escaparnos. Ir al cine, ver una exposición, pasear con deleite por una librería, comer en un restaurante estrecho y repleto sin ser el centro de atención. Recargar pilas. Volvemos a casa rejuvenecidos, optimistas, con mil y un planes y propósitos en mente. Un poco como cuenta Mary Karr en El club de los mentirosos: colmados de una antigua sensación de posibilidades, sintiendo sin más que tenemos algo importante que hacer.

Realmente no hace falta que vengan los abuelos. Tampoco escaparnos juntos. Todos los fines de semana, cuando por fin desconectamos de la tiranía del trabajo de autónomos y de los plazos de entrega, nos invade invariablemente esa sensación de posibilidades, de cosas por hacer, de proyectos que empezar, de tierras vírgenes que estamos deseando explorar.

A Mary Karr esa sensación le desaparecía al momento. A nosotros nos dura unos días. Dos. Tres si las semanas se dan bien. El miércoles por la noche, sometidos por la esclavitud de la rutina y el estrés del día a día, por ese constante no llegar y esa recurrente falta de tiempo, mientras cenamos y los niños, agotados, lloran y gritan indistintamente, acaparando todo el espacio sonoro, la escapada romántica y las posibilidades quedan ya tan lejanas en mi memoria como una clase de geografía e historia de quinto de EGB. A veces 72 horas parecen años.

Pero hoy es domingo. Todo fluye con calma los domingos. Pese al cambio de hora, noto que hasta los músculos de la parte superior de la espalda, que de lunes a viernes siempre están al borde de la contractura, se destensan. Me siento con la libertad infinita de movimientos de un títere manejado por una fuerza superior que no logró ver, pero que sé que está ahí, moviendo nuestras vidas como fichas de parchís. Ahora tira el dado. Sale un seis. Nos vuelve a colmar esa antigua sensación de posibilidades.


MEÑIQUE

Jugué durante una década al fútbol en un campo de tierra que te destrozaba las piernas al caer. En las semanas de lluvia esa tierra se embarraba y se quedaba pegada a las botas y a la ropa, haciéndote cargar con unos cuantos kilos de más y dando a los partidos un aire épico, de crónica futbolística de antaño redactada con papel y bolígrafo desde el estadio Municipal de Las Gaunas.

Había lesiones en esos partidos y en esos campos que de estar en la América profunda hubiesen captado la atención de los Coen. Allí había material cinematográfico, cierta violencia en el ambiente a la que hubieran sabido sacar partido. A los lesionados se les trataba como a caídos en guerra. Tras el partido, tras la batalla, ellos eran el centro de atención. Tenían la consideración de víctimas.

Yo nunca me lesioné de lo que se supone que se lesionan los futbolistas, pero en un partido de mi último año en activo sí que volaron mis dientes en un choque fortuito. Seis para ser exactos. Los cuatro incisivos y los dos caninos superiores. Tuve mi momento de víctima, de caído en la batalla, de épica. Tenía 17 años. En plena adolescencia, en plena efervescencia hormonal, en plena época de querer gustar y que te gusten, me quedé sin dientes. No sé dónde leía el otro día que los esquimales abandonan a los ancianos en la nieve cuando pierden los dientes, aunque tengan buena salud. Me reconforta pensar que podría haber sido peor.

El miércoles me rompí el dedo meñique. Tenía subido a Leo a caballito y le hacía reír moviéndome como un búfalo de atracción de feria. Los padres tenemos que hacer este tipo de cosas algunos días para lograr vestir a nuestros hijos por la mañana. En esas estaba cuando me golpeé el pie con un baúl que nos hace las veces de mesa de centro en el salón. Al momento tenía el dedo meñique del tamaño del gordo y mirando hacia Cuenca. Fui a Urgencias. Creo que me he roto el dedo, le dije al doctor que me atendió después de hacerme la pertinente radiografía. Creo no, te lo has hecho añicos, me respondió. ¿Cómo ha sido?, me preguntó. Le conté la verdad sin poder escapar a cierta sensación de ridículo. No hay atisbo de épica en la paternidad.


GRIS

Las ciudades que no están acostumbradas al gris del cielo se vuelven grises en los días nublados. Le pasa a Madrid y le pasaba a Valencia, que son las dos ciudades que mejor conozco. Es como si una imperceptible pátina restara color a los edificios, las calles y los coches. También a las personas. No es que no haya color o que el blanco y negro se apodere del paisaje, es que todo envejece de repente bajo el cielo gris. Como en una polaroid antigua, como en una foto con el filtro 1977 de Instagram, como si alguien hubiese utilizado Photoshop para poner una nueva capa sobre nuestras vidas bajando la opacidad hasta el 40%.

Me pasa algo parecido en mis días grises, esos en los que me puede el estrés, el agotamiento y la presión del hoy para ayer. Esos en los que pierdo los nervios con las personas que menos culpa tienen, que curiosamente son también las que más quiero. En esos días también siento que una capa fina de óxido grisáceo se posa sobre mi cuerpo restándole color. Cuando llega la noche tengo una necesidad imperiosa de ducharme, de quedarme 10 minutos, con los ojos cerrados, sintiendo el agua caliente resbalar por mi cuerpo, limpiando a su paso esa capa gris de suciedad que contamina mi carácter.


OBRAS

El viernes pasado por la noche conversaba con Álvaro, el director de la agencia de comunicación con la que colaboro, mientras cenábamos en un restaurante de Vitoria-Gasteiz próximo al hotel en el que nos alojábamos. Alcachofas fritas, garbanzos con bogavante, chipirones a la plancha. No se come en ningún sitio como en el norte de España.

-¿Sabes en qué se diferencian los madrileños de los vascos?, me preguntó Álvaro, retomando nuestra conversación, interrumpida por una llamada a deshoras, sobre Madrid Central.

-Sorpréndeme, le contesté. Él vive en Bilbao, conoce bien Madrid y, sobre todo, es observador. Sé que no me va a decepcionar con sus teorías.

-Los madrileños cuando ven una obra en la ciudad enseguida se quejan de ella. Solo ven las molestias. Un vasco ve una obra y dice: “¡Qué bonito va a quedar!”. Tienen visión de futuro.

Le daba vueltas a esta reflexión mientras buscaba el sueño en una cama blanca e impoluta de un hotel de cuatro estrellas de Vitoria-Gasteiz. Dos metros de colchón a mi disposición y yo acurrucado en cuarenta centímetros, como me he habituado a dormir tras cinco años compartiendo cama con mi mujer y mis hijos.

Soy valenciano, pero ya llevo el tiempo suficiente viviendo en Madrid como para haberme mimetizado con los madrileños. O puede incluso que los valencianos seamos más parecidos a los madrileños de lo que nos gustaría reconocer. Sea como sea, no tengo visión de futuro, me dejo llevar por el catastrofismo del presente. Me pasaba en las ecografías, en esos segundos que parecen una eternidad en los que las obstetras miran inexpresivas esas pantallas imposibles de interpretar para los futuros padres, pero en cuyas variables depositamos todas nuestras esperanzas. Y me sucede a diario en mi paternidad, que a su modo es por momentos una obra molesta, pero que a poco que uno tuviese perspectiva vería lo bonita que va a quedar.

3 respuestas

  1. Avatar
    Vic
    Responder
    7 junio 2019 at 9:06 pm

    Me encanta el blog! 🙂 🙂

  2. Avatar
    David Capel Catalan
    Responder
    14 junio 2019 at 12:05 am

    Me llamo David, y hoy no he tenido un buen dia. Me dedico, en parte, a lo mismo que tú y tengo un renacuajo de 1 añito. No te puedes imaginar lo reconfortante que ha sido para mí leer tu post y comprovar que esa capa gris no solo se me pega a mi, y que no nado solo en ese mar del catastrofismo. Solo escribo para darte las gracias por mantener vivo este blog y servir de luz cálida en ese faro llamado paternidad. Un saludo desde el Delta del Ebro.

  3. Avatar
    Criando hijos felices
    Responder
    22 septiembre 2019 at 8:40 pm

    “Dos metros de colchón a mi disposición y yo acurrucado en cuarenta centímetros”. Algo así me ha pasado este fin de semana, llevaba tiempo queriendo poner fin al colecho porque mi hija empezaba a ser muy grande como para no poder descansar yo y llega el buen día en que ella decide “dejarme sola” en mi cama de matrimonio …Y no pego ojo!!

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