Pequeña gran revolución

ENERO

Siempre he sido muy de septiembre. Mucho más de septiembre que de enero. Para mí los años arrancan verdaderamente en septiembre. En primer lugar porque el mundo no se para en Navidad como lo hace en agosto, así que tampoco vuelve a arrancar en enero con la misma intensidad con la que se retoma la marcha en septiembre. Y en segundo lugar porque en septiembre es mi cumpleaños y no hay más año nuevo que el que marca el acto de soplar las velas.  

No obstante, últimamente he caído en la cuenta de que algunas de las cosas más importantes que han sucedido en mi vida en los últimos años han tenido lugar en enero. Un 8 de enero de 2012 dejé Valencia para mudarme a vivir de forma definitiva con Diana en Madrid y me encontré un piso (nuestro primer piso) lleno de globos y un cartel precioso dándome la bienvenida al hogar. Nunca he estado a la altura de esos detalles de Diana.

También en enero, un año más tarde, cuando ya nos habíamos mudado a nuestro segundo piso, más amplio y luminoso, Diana llegó un día a casa del trabajo extrañamente temprano. Al escuchar el sonido de la llave en la puerta, sorprendido, dejé lo que estaba haciendo en el ordenador y me dirigí a la entrada. Me encontré a Diana blanca como la pared, las manos sudorosas y un ligero temblor recorriéndole el cuerpo. Nos abrazamos felices y nerviosos. No hicieron falta palabras para que supiera que estábamos embarazados.

PEQUEÑA GRAN REVOLUCIÓN

Ese mes de enero y esa noticia fueron una pequeña gran revolución en nuestras vidas. Nada cambió en apariencia y, sin embargo, todo empezó a cambiar. Para cuando nueve meses después llegó Mara nosotros dos ya éramos otros. Quiero creer que mejores, mejores de lo que jamás habíamos sido. Dos revolucionarios convencidos guiados por el amor que desprendía una recién llegada de apariencia tan frágil pero con tanta fuerza para cambiarlo todo. Ya lo dejó escrito Ernesto Guevara: “Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”.

Desde ese momento Mara ha sido siempre nuestra pequeña gran revolución. No hay un terremoto igual al que supone el primer hijo. Mara nos ha aportado y nos ha enseñado tanto, también muchas cosas, estoy seguro, de las que aún ni siquiera somos conscientes, que no existe manera humana de agradecérselo. El mundo, nuestro mundo, aunque a veces nos quejemos superados por el agotamiento y la responsabilidad, es un lugar mejor desde que ella inició la revolución.

LUZ SALVAJE

Últimamente he escuchado en bucle la canción Pequeña gran revolución de Izal. Soy capaz de hacer un videoclip mental con imágenes de Mara mientras tarareo su letra. Toda me remite a ella.

Que no pierdas esa fe,
que hoy es eterna,
y esa forma de no ser,
consciente de ella.
Que tu curiosidad no desaparezca
y crezca como lo hacen
ahora tus piernas,
las que te llevarán tan lejos como quieras,
comiéndote la vida a manos llenas.

Me encantan estos versos porque reflejan a la perfección la primera infancia: la fe, la ausencia de imposibles, la curiosidad infinita, las ganas de comerse el mundo a bocados, el yo salvaje y revolucionario despojado de prejuicios. Mara.

Veo a niños más mayores que ella, nueve, diez, once años, y observo con tristeza que ya han perdido parte de ese yo salvaje despojado de prejuicios. Se han mimetizado con el entorno y actúan como se espera que lo hagan. Políticamente correctos. ¿Cuando se pierde ese yo salvaje y despojado de prejuicios? ¿En qué momento, por ejemplo, los niños dejan de cantar a viva voz por la calle o ante la caja de un supermercado, ajenos al mundo, sin importarles el qué dirán?

Supongo que no hay una respuesta exacta a estas cuestiones, pero empiezo a asimilar que no nos queda mucho más tiempo de luz salvaje.

7 respuestas

  1. Noemi
    Responder
    16 enero 2019 at 12:41 pm

    Me acabas de recordar a mi hija mayor, casi 8 años, y sigue siendo así. Lo grave es que llama la atención “para mal” del resto de sus compañeros, y a veces yo misma la reprendo para que no llame la atención lanzándome besos desde la fila cuando la recojo todos los días en el colegio. Pura pasión y espontaneidad, que poco a la orden del día… gracias por recordarme que en realidad es un tesoro.

    • Adrián Cordellat
      16 enero 2019 at 12:54 pm

      Ay, me has emocionado con el comentario, Noemí. Gracias por tus palabras. Y cuida mucho ese tesoro que desprende luz salvaje <3

  2. Wilson, Papá DivertidOOs
    Responder
    19 enero 2019 at 1:15 am

    Siempre hay tiempo para cambiar, cambiar de mes, cambiar de hábitos, cambiar una que otra ideilla, o al menos moldearla. Adrián, vaya post tan hermoso, no me queda más que intentar hacer otro con centro en la misma canción… ya vendrá. Saludos

  3. 30 enero 2019 at 6:11 pm

    Yo vivo en un estado revuelto y revolucionado casi a diario. Cuando no es por babor, es por estribor, o incluso alguna vez aparece el Kraken por ambas bordas. Y veces me descubro intentando calmar esas aguas bravas, “maremotos” de un ratito, opacar un poco esa luz, acallar canciones y gritos de juegos, y me digo a mí mismo: “¿¡pero seré melón!?”

    [Creo que voy a usar estos símiles en alguna entrada…;) ]

  4. Juanan
    Responder
    14 marzo 2019 at 4:36 pm

    Es la sociedad la que encorseta esa pasión, y moldea los espíritus hacia lo “correcto”.
    ¿Habéis leído el Guardian entre el Centeno? El protagonista vive obsesionado porque su hermanita pequeña no abrace la hipocresía y el convencionalismo de la sociedad norteamericana.
    Deliciosa canción la de Izal: “Pequeña Gran Revolución”. Soy capaz de escucharla durante horas…

  5. Jesús
    Responder
    17 mayo 2019 at 8:22 am

    Hace poco he descubierto esta gran canción y, como dices, describe a la perfección la naturalidad, la espontaneidad, la ausencia de prejuicios y la pureza de los niños. Acabo de llegar de llevar a mi niña al cole y se me han saltado las lágrimas escuchando Pequeña gran revolución. Ella hoy tiene 7 años y continúa conservando parte de la magia que comentas. El correr por la calle conmigo, el contarme historias extraordinarias delante de gente que no conocemos, el tirarme besos desde la fila de su clase… ser padres es la mayor y mejor experiencia de nuestras vidas.

    Ahora acabo de descubrir tus palabras y no pueden reflejar mejor la aventura que supone tener a esas personitas maravillosas que necesitan tu protección. Y tú disfrutas protegiéndolas.

    Un abrazo.

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