Reflexiones personales: raro y desaliñado

Raro…

De un tiempo a esta parte en mi casa me vienen diciendo sin demasiados rodeos que he cambiado mucho. ¡Claro que he cambiado! ¡Ahora soy padre de dos hijos! Ese cambio, sin embargo, tiene para ellos una connotación negativa, como si un gurú de una secta de la paternidad me hubiese lavado el cerebro. Yo, sin embargo, veo el cambio en positivo. Cambiar, evolucionar, adaptarse, mejorar es algo muy humano. De lo contrario, seguramente, no habríamos llegado hasta aquí.

Considero que mis hijos me han hecho mejor persona y que me han abierto los ojos a realidades en las que antes, sinceramente, ni siquiera pensaba. Y claro que he cambiado: hoy me considero un ciudadano más informado, más crítico, más solidario, más consciente de muchas cosas, más preocupado por la huella que deja en sus hijos y en el mundo; y también mucho menos preocupado por las apariencias, por la ropa que visten o dejan de vestir mis hijos, por las cosas que se llevan y están de moda. Todo ello, seguramente, me ha alejado de forma irremediable de las maternidades y las paternidades que se han vivido en mi familia y que, por tanto, se ven como normales. Por eso entiendo y acepto que soy el raro, que Diana y yo somos los raros. Aunque raro, como bien remarcaba Raquel Díaz-Reguera en ¿Qué le pasa a Uma?tampoco tenga ninguna connotación negativa.

Supongo que en los burladeros de mi familia se habrá hablado largo y tendido de esto: de lo raros que somos. Y, como digo, no lo juzgo. Todo lo contrario: lo comprendo y lo entiendo. Sobre todo a mis padres, que estoy seguro de que no se han encontrado al hijo, ahora padre, que esperaban. Al final si llega uno y te cambia todo lo que dabas por sentado, todo lo que se ha hecho de determinada forma por los siglos de los siglos en una familia muy numerosa, lo lógico es que te señalen con sorpresa y con el ceño fruncido. Eso es así. Llevo peor pensar que puedan señalar a Diana como responsable de mi cambio, cuando si hay una cosa bonita que me ha deparado la paternidad es el cambio que Diana y yo hemos hecho de la mano. Juntos. Antes de eso ambos tuvimos también que cambiar, adaptarnos el uno al otro para convivir, pero el verdadero cambio lo hemos hecho juntos, empujados por la fuerza imparable de Mara y de Leo. Somos los mismos que hace cuatro años y medio, pero a la vez somos muy diferentes.

Precisamente, sobre estos cambios que trae aparejada la maternidad y la paternidad, escribe un fragmento Jane Lazarre en la fantástica novela (y eso que solo llevo leída la mitad) El nudo materno. Este fragmento está en su capítulo 7, que seguramente es el más bello que nadie haya escrito jamás sobre los cambios que un hijo trae a sus padres, individualmente y como pareja.

“James nos mira y sonríe, sobrecogido y abrumado por la emoción, por mis pensamientos, que a veces sabe descifrar, y por la brusca transformación que hemos sufrido estos años con el embarazo y la paternidad. Cuánto hemos cambiado, piensa, cazando la mirada de Benjamin. Luego le grita: ¡Hola, cariño!”.

…y desaliñado

Una de las cosas que me dicen en casa es que ahora soy menos cariñoso. Puede que sea así. Antes llamaba a mis padres a diario. Ahora lo hago una vez a la semana en el mejor de los casos. También antes, sin embargo, me afeitaba todas las semanas y ahora, por el contrario, tengo una barba que ni el Che Guevara en plena batalla en Sierra Maestra. Lo cierto es que tengo menos tiempo y que dar cariño a dos demonios de cuatro años y dieciséis meses agota mucho. Tanto que cuando mis padres vienen a vernos un fin de semana y llegan el viernes por la tarde-noche, más que abrazarlos me dejo caer sobre ellos. Eso, sin embargo, no quiere decir que les quiera menos (¡Les quiero con locura!). Simplemente mis circunstancias han cambiado y ahora tengo unas responsabilidades, un cansancio y unos dolores de cabeza que no tenía cuando vivía con ellos y mi única preocupación era hacerme la cama. Y eso, evidentemente, modifica el carácter. A veces pienso que me lo agría demasiado.

Supongo que pensarán más cosas en las que he cambiado (para mal), pero la otra a la que suelen referirse es a mi forma de vestir. “Antes te vestías mejor”, me dicen. Claro que sí, cuando salía los sábados por la noche. El resto de días de la semana vestía como ahora: pantalón corto y camiseta (en verano) o vaquero y sudadera (en invierno). ¿Qué otra cosa me voy a poner para pasarme el día en el suelo con dos niños? Aún recuerdo las disputas que tenía con mi madre para que me pusiese zapatos, camisas y vaqueros. ¡Y yo solo quería ir en chándal! La vergüenza que pasaba cada vez que salía de casa durante el tiempo en que trabajé de comercial y tenía que ir trajeado, que para mí viene siendo lo mismo que ir disfrazado. O cómo mi abuela me llamaba “randy” cada vez que salía una noche por el pueblo con mis pantalones caídos, que poco tenían que ver con la estética imperante entre los jóvenes del lugar.

No creo que ahora vista peor. Quizás sí más desaliñado. Me miro menos veces al espejo porque no tengo tiempo, me peino de aquella manera, me afeito cuando me empiezan a confundir en las calles con un naúfrago de un barco hundido en el cemento y siempre (¡Siempre!) voy lleno de churretones, salpicones, mocos y otras manchas que son síntoma de pasar mucho tiempo con niños. El otro día, sin ir más lejos, me fui al dentista y cuando volví a casa me di cuenta de que había ido con todo el jersey negro lleno de motitas amarillas del guiso de patatas que Leo más que comerse parece que esparció por mi ropa. Salí para el dentista tan rápido tras lavarme los dientes recogiendo la mesa que ni me miré. Así que no sé qué pensaría la dentista. Quiero creer que se compadeció de mí. Ella, que también es madre.

Vuelvo, para concluir, a Jane Lazarre y a su Nudo Materno, en este caso a una reflexión suya sobre el vestir de los padres. La escribió en 1976, pero supongo que hay cosas que no cambian:

“Unos años después, entendí que en aquella época desaliñada se respiraba una especie de libertad basada en una comprensión profunda y realista de lo que implica criar a niños pequeños. Tanto los padres como las madres, al convivir rodeados de niños, andábamos abatidos por el mismo cansancio y, al compartir la experiencia, sabíamos que ese descuido no respondía a una falta de interés por la sexualidad, ni siquiera por la estética, sino a la voluntad de vestirse con la ropa más práctica para ponerse manos a la obra. Al margen de la ropa sucia y de las melenas enmarañadas, veíamos los cuerpos desnudos, llanos, todavía vigorosos, bajo el velo de la paternidad. Solo algunos que no eran padres creían que habíamos perdido el respeto a la sensualidad. Pero considerábamos su todavía constante preocupación por la ropa, obsesiva y competitiva, como una señal de cerrazón espiritual mientras que nosotros, por lo menos, ya habíamos sacado un pie de aquel materialismo tiránico”.

Bienvenido sea el desaliño (y la rareza) si me han hecho sacar un pie de ese “materialismo tiránico” del que habla Jane Lazarre.

10 respuestas

  1. Naia
    Responder
    19 abril 2018 at 12:19 pm

    Una vez más, estupendo texto. Viva la huida del “materialismo tiránico”.

    • Adrián Cordellat
      20 abril 2018 at 5:38 am

      ¡Escapemos de él! ¡Gracias, Naia!

    • Paula
      Responder
      20 abril 2018 at 2:20 pm

      Cuando tienes niños, es cierto que valoras la vida de otra manera, no importan las cosas, sino los instantes con ellos.

      Cuando abrazo a Maya pienso que no hay absolutamente nada en el mundo equiparable a ese momento.

  2. Bibiana
    Responder
    19 abril 2018 at 2:40 pm

    ¡Maravilloso! Una delicia de artículo con el que me siento super identificada. Y yo también celebro la huida del ” materialismo tiránico “

    • Adrián Cordellat
      20 abril 2018 at 5:39 am

      ¡Un millón de gracias por tus palabras, Bibiana! Para mí esa huida del materialismo tiránico es uno de los mejores regalos que me han hecho mis hijos 🙂

  3. Helen
    Responder
    19 abril 2018 at 7:39 pm

    Nunca comento, ni me “arreglo”, y a nosotros también nos miran raro.
    Pero eres sublime, como siempre
    Te animo a que escribas otro libro!

    • Adrián Cordellat
      20 abril 2018 at 5:40 am

      Jolín, Helen, gracias por tus palabras <3 Cada vez somos más a los que nos miran raro. Quizás algún día seamos mayoría y seamos nosotros quienes miremos así 😛

  4. Mi papá es
    Responder
    20 abril 2018 at 6:12 am

    Que grande!!! Cuánta razón. Precisamente ayer estaba escribiendo un post sobre eso de que nos miran raro. No en los mismos términos pero me ha encantado estar en sintonía. Jajajaja. Yo los entiendo. Yo tampoco me reconozco a veces, pero eso no quiere decir que haya perdido glamour, hemos ganado, hemos ganado encanto, empatía, dulzura, risa… Distinto. Simplemente distinto. Yo también en ocasiones me pregunto si esos padres de camisas super planchadas o esas madres tan arregladas jugarán con sus hijos en el suelo. Y seguro que si. Va en la naturaleza humana juzgar. Sin mala intención, pero… Ahí está. Gracias una vez más Adrián!!!

  5. Isabel
    Responder
    20 abril 2018 at 9:25 am

    Muy buen artículo! Mirar raro. Eso comentaba mi paraje hace muy poquito. Y se le añades ser padres “con una edad”, ir con sombreros, y llevar un perro siempre a nuestro lado. Da para que se den la vuelta al cruzarse en nuestro camino, quedarse fijamente observándonos … ahora si, nunca hemos sido tan felices, y lo que nos está aportando ser padres es lo mejor y más maravilloso de nuestras vidas. Vivan los “raros”.

  6. Celia
    Responder
    23 abril 2018 at 6:22 am

    Ya lo dice Fito Cabrales

    Raro!! no digo diferente digo raro!!
    ya no sé si el mundo está al revés
    o soy yo el que está cabeza abajo

    Estos peques que nos ponen el mundo al revés, jamás podremos agradecérselo lo suficiente.

    Gracias a ti también por arañarle un ratito al caos para escribir tanta verdad sobre lo que es ser madre/padre. Deseando siempre leer una nueva entrada de tu blog.

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