Reflexiones sobre adultocentrismo: a propósito de un viaje en AVE

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Recientemente he tenido el placer de entrevistar a la Doctora en Antropología María José Garrido a propósito de su libro (recomendable no, lo siguiente) ‘Etnopediatría: infancia, biología y cultura’ (Editorial OB STARE) en el que aborda cómo la cultura influye en el modo en que criamos. En el libro, María José escribe: “A través de la crianza, cada sociedad transmite sus valores subyacentes”. ¿Qué valores estamos transmitiendo entonces en Occidente?, le pregunté yo. Ésta fue su respuesta: “En Occidente los valores predominantes, en general, están relacionados con el individualismo, la competitividad, la propiedad privada y la independencia. Estos principios se reflejan en el modelo de crianza y de educación, que fomenta ciertos comportamientos en detrimento de otros. En nuestra forma de educar aún predomina el valor de la obediencia, la uniformidad (todos los niños deben aprender lo mismo al mismo tiempo), la aceptación de la autoridad de padres y profesores, la ausencia de capacidad crítica y la jerarquía basada en el adultocentrismo”.

Adultocentrismo. Según la Wikipedia, “tipo de hegemonía que refleja una relación social asimétrica entre las personas adultas, que ostentan el poder y son el modelo de referencia para la visión del mundo, y otras personas, generalmente niñas, niños, adolescentes, jóvenes y personas mayores”. El adultocentrismo, más allá de la exclusión de los niños del “pensamiento central”, como continúa en su definición la Wikipedia, también se ejemplifica en otras actitudes cotidianas, comportamientos que reflejan esa supremacía en la que los adultos nos movemos en relación a los niños, ese estar por encima de, ese tratarlos como seres inferiores, incapaces y molestos, ese tener una diferente vara de medir según nos juzguemos a nosotros o a ellos.

A propósito de un viaje en AVE

Tenía muy reciente la entrevista a María José Garrido cuando el sábado a las 6:20 de la mañana nos subimos en Atocha en un AVE dirección Barcelona para asistir a un evento de la campaña #DaleLaVueltaALaUrticaria de la que la mamá jefa es “embajadora”. Llegamos al tren cada uno con un niño en la mochila y nos sentamos sigilosamente para no despertarlos y dejarlos descansar. Pronto comprobamos que nuestro propósito era una quimera.

Detrás nuestra un señor se puso a ver un vídeo en su smartphone con el volumen a tope y un sonido de lo más estridente. Leo abrió los ojos sobresaltado, pero parecía que iba a volver a entrar en trance cuando varios pasajeros se pusieron a hablar en voz alta, como si estuviesen en una discoteca y tuviesen que gritar para escucharse. Diana y yo nos mirábamos entre asombrados e indignados. Apenas acabábamos de abandonar la estación y ya teníamos a los dos niños despiertos. Con tres horas de AVE por delante.

Como era previsible, un rato después Leo se puso a llorar, no recuerdo bien porqué. Y Mara se puso a chillar mientras le cantaba a Leo el cuento de ‘Violín’. Entonces, una de esas personas que habían estado hablando a gritos y que ahora intentaba dormirse, masculló: “Qué mala suerte hemos tenido…”. Y la verdad es que cuando pasan estas cosas me tengo que contener y tragarme la bilis para no montar un espectáculo. ¿Mala suerte? Mala suerte la nuestra, que nos habéis despertado a los niños con vuestras voces, vuestros móviles y vuestra falta de consideración. Al menos podríais tener un poco de empatía.

Como me recordaba hace unos días nuestra querida Pilar Cámara, ya lo decía Antoine de Saint-Exupery, “los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos”. Y en una sociedad adultocéntrica, como la nuestra, aún más.

5 respuestas

  1. Diana
    Responder
    7 noviembre 2017 at 11:18 am

    Santa paciencia… y es que el mundo está lleno de gente mal educada

  2. Roser Orquin
    Responder
    7 noviembre 2017 at 11:40 am

    Hace poco wassapeaba con mi primo, que tiene una nena meses mayor que mi Pequeño. Están a punto de mudarse y hablábamos de qué buenos colegios había por la zona, todos de pedagogía innovadora. Me descartó rápidamente uno de ellos (el que tiene más tradición, el otro hace apenas dos años que dejó los barracones) porque conocía a padres que llevaban allí a sus hijos y creían que se les daba demasiada libertad porque, entre otras cosas, se les permitía no comer si no tenían hambre.

    Le hice notar que era lo mismo que recomiendan los médicos, pero lo rechazó todo porque “los adultos son los profes (y los padres)” y todo eran opiniones.

    O sea que la opinión de los niños no debe ser escuchada… aunque concuerde con lo que dicen los médicos. Y la de kos profesores, que son quienes han optado por esa línea, tampoco. Y eso lo dicen los padres que han optado por una escuela por su pedagogía liberal!

    En fin…

  3. Planeando ser padres
    Responder
    7 noviembre 2017 at 7:07 pm

    ¡AYYY! Lo fácil que es ver la paja en el ojo ajeno. Los míos no son precisamente niños tranquilos, pero infinidad de veces se han comportado mejor en este tipo de situaciones que los adultos de alrededor. En fin, que en este tema creo que vamos a peor, porque cada vez se les tolera menos sus comportamientos infantiles, mientras los mayores son cada vez más desvergonzados ¡y cualquiera les llama la atención! Que una va cargada con 2 mochuelos y tiene la culpa de todos los males del mundo mundial.

  4. Teresa
    Responder
    8 noviembre 2017 at 9:34 am

    ¡Puf, este tema me toca muy de lleno! Nosotros viajamos mucho en tren y avión y constantemente vemos comportamientos irrespetuosos tanto de adultos solos como de adultos como padres.

    La gente es muy maleducada y efectivamente se ponen a hablar a gritos o a hablar una hora por el móvil a tu lado, en vez de salir del vagón, y yo alucino, la verdad. Grupos que van en el tren tomando cervezas sentaditos y hablando como si estuviesen en un bar, en vez de ir a la cafeteria, es una cosa como habitual. ¡Es que la gente es la bomba!

    Pero también es cierto que me fastidian mucho algunos padres que dejan hacer a sus hijos lo que quieren, sin intentar al menos que no molesten a los demás. Niños que te pegan constantemente patadas en el asiento sin que nadie intente que no lo hagan, niños que se pasan el viaje entero hablando a voz de grito sin que sus padres intenten contenerlo, niños a los que sus padres les dejan correr por el vagón sin control, y esto son solo algunos ejemplos de comportamiento que hemos vivido. He llegado a ver cómo un par de parejas sentaban a todos sus hijos juntos, ya algo más mayores, entre cinco y ocho años más o menos, en un extremo del vagón mientras ellos se sentaban a charlar al otro extremo del vagón, y te imaginarás que estos niños, sentados y charlando bajito no fueron durante tres horas. Y yo con estas cosas alucino, la verdad. Y me cabrea a partes iguales, porque yo, que viajo con mis hijas, me paso el viaje intentando que molesten lo menos posible, porque en el tren o en avión hay gente, o niños durmiendo, como los vuestros, que no tienen que aguantar que mis hijas les griten al lado. Su padre y yo les llevamos cosas para pintar, juegos, o leemos libros sin descanso para que estén entretenidas. Si vemos que ya no pueden estar sentadas y quietas, nos las llevamos del vagón a dar un paseo, o entre los vagones, para evitar que molesten, pero entendiendo que moverse es lo que necesitan en algunos momentos. Si gritan en algún momento, les decimos que traten de no hacerlo, que estamos en un transporte publico y podemos molestar. ¡También intentamos que no griten en casa! Y veo que vosotros hacéis lo mismo, estar con ellos leyendo o entreteniéndolos para que no molesten y viajen contentos, atender sus necesidades…¡pero de verdad que hay muchos padres que no son así! Obviamente como padres sabemos que los niños no son adultos, y no se puede esperar de ellos que estén quietos y callados, pero entre eso, y dejarles hacer lo que les parece, creo que hay muchos puntos intermedios, y que parte de la educación que les debemos dar es a comportarse en ciertos sitios.

    Y mi impresión es que hay gente que piensa eso de la “mala suerte” cuando estás en un tren con niños, porque han tenido experiencias de este tipo. También hay gente muy intolerante con los niños, por supuesto. Creo que debemos ser todos un poco más cívicos, tanto adultos como padres con niños, y tratar siempre de respetar a los demás, en todos los sentidos.

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