Salas de espera de hospital

saladeespera.jpgPor cuarta vez en apenas diez días, hoy lunes hemos vuelto a pasar por monitores. Y una vez más, matronas y ginecólogas se han vuelto a quedar a cuadros con Diana. Contracciones propias de un parto cada cinco minutos clavados. Pero sin noticias de Mara. La pequeña, por suerte, aguanta como una campeona y con sus aproximadamente 3,3 kilos a cuestas se mueve que da gusto en el vientre de mamá (Otra cosa que ha sorprendido -esta vez para bien- a la ginecóloga). No parece tener prisa por salir.

El chollo para ella, no obstante, parece que llega a su fin. Si Mara no se decide antes y la valiente mamá aguanta hasta entonces (no es fácil tener esas contracciones cada cinco minutos y hacer como si no pasase nada), ya tenemos formalizada la reserva en la suite presidencial de los paritorios para que, por diferentes medios, las matronas del hospital nos intenten inducir al parto.

De todo esto me he enterado después de pasar otras tres horas en la sala de espera del hospital. Aunque no venga a cuento, diré que la semana pasada me salió un orzuelo en el ojo (qué picor y qué dolor) que atribuí a un subidón de nervios/estrés. Hoy he encontrado la causa de esos nervios: La propia sala de espera del hospital y, más concretamente, la gente que está en ella. Después de más de doce horas (entre las cuatro visitas previas) compartidas con ellos, me veo con la suficiente experiencia como para agrupar a esas personas en cuatro grandes grupos. A saber:

1. Los que tienen la necesidad de que todo el mundo sepa el porqué de su presencia allí. Los podéis identificar porque suelen enumerar a voz en grito todos su males o los de sus familiares (dependiendo de quién sea el protagonista de su presencia en el hospital).

2. Los que critican subiendo el volumen de la conversación a familiares que evidentemente no están allí. “Tú te crees la tía ésta que todavía no se ha dignado a pasar por aquí. A mi casa esa no entra. Te lo digo yo. Y que no se le ocurra venir en Navidades. Si al menos trabajara la muy vaga, pero es que se pasa el día en casa tocándose el c…” (Conversación real de la mujer que tenía hoy sentada a mi lado).

3. Los que no sabes muy bien lo que dicen, pero se reúnen en grupos que pronto forman pequeños mercadillos. Fáciles de identificar, porque sólo les falta un puesto de verduras al lado y generan un ruido muy molesto para los oídos. Un bullicio impropio de una sala de espera.

4. Los que están allí por amor al arte o porque a alguna embarazada se le ha roto la bolsa. De repente se presentan allí seis, siete, ocho, nueve o hasta diez personas. Aunque no puedan entrar a ver a la embarazada y sea más que probable que la pobre ni siquiera se haya puesto de parto. Les da igual. Son felices allí. Sentados y de cháchara. Y además es más barato que un bar. No tienen la obligación de consumir. (Doy gracias cada día porque nuestros padres no sean así)

La mezcla de todos ellos puede resultar devastadora para un alma solitaria y tranquila como la mía, que intenta concentrarse en la lectura de Bésame mucho, el genial libro de Carlos González que aprovecho para recomendar ya a todos los papás y mamás del mundo. En él, el pediatra intenta acabar con esa visión mala que la sociedad suele transmitir de los niños (personitas caprichosas, maleducadas y que siempre se quieren salir con la suya) explicando sus más habituales reacciones a través de la genética. Así, por ejemplo, un bebé llora cuando lo dejan sólo en su habitación porque por cuestiones de supervivencia nuestra genética así lo ha desarrollado durante miles y miles de años. Ellos no son capaces de saber que estamos en la habitación de al lado. Y si hace miles de años no hubieran llorado al quedarse sólos, es posible que sus madres se hubiesen despistado y hubieran sido presa fácil para los grandes predadores. Es la única forma que tienen de llamar nuestra atención.

El libro y el argumento me vienen al caso porque estoy seguro de que en esta sociedad que demoniza a los niños, si en la sala de espera hubiese sido uno de ellos el que montase un poco de escándalo, los adultos no hubieran tardado en cuchichear entre ellos sobre la mala educación del pequeño. Esos mismos adultos no parecen reparar en esa educación de la que alardean cuando día tras día convierten las salas de espera de los hospitales en pequeñas verbenas de pueblo haciendo caso omiso de los muchos carteles que repartidos por todo el centro hospitalario claman silencio.

6 respuestas

  1. 8 octubre 2013 at 10:04 am

    Jajajajaja, más barato que un bar! Y que lo digas! Ahora que divertido… para eso un parque de bolas o tocapelotas! 😉
    A mí el Sr. González me da un poco de sarpullido, hay que pillarle la base excelente en la que se fundamenta, pero construirla con otros pilares igual de fundamentales… pero es mi opinión! ♥ Es que yo soy mucho de mezclar lo bueno y desechar parafernalia…
    Me avisarás del gran día, no?

    • 8 octubre 2013 at 10:27 am

      En el gran día estamos. Mara is coming :-))))

      • 8 octubre 2013 at 10:34 am

        Ainsss, se me escapó el secreto por twitter! 😉 Para amenizarte la espera… ya sabes… ♥ Un abrazo para todos de corazón!

      • 8 octubre 2013 at 10:43 am

        Muchas gracias :-)) Se acerca el gran momento!

  2. 11 noviembre 2015 at 1:18 pm

    Muy bueno!!! Yo pase hace poco en la sala de espera del hospital por mi madre que está pachuchilla y si que hay una jauría de personas non gratas que da dolor na más mirarlas. Yo que estaba solo con mi libro y no podía leer dos palabras sin enterarme de lo que les ocurría a cada uno y cada cual más indignado porque no lo atendían a su parecer bien!!!
    Que asquete.

    • Un papá en prácticas
      18 noviembre 2015 at 2:27 pm

      Es terrible, María José. No puedes ni escuchar lo que se dice por megafonía. ¡Un mercadillo en el hospital!

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