Todas las mañanas, un abismo

Todas las mañanas, camino del cole en nuestro patín, Mara y yo nos cruzamos invariablemente con las mismas personas, las mismas caras, los mismos padres con sus hijos, las mismas prisas, los mismos uniformes. Ese cruzarse con forma parte ya de una rutina no escrita, de nuestro particular Show de Truman, plagado de actores y actrices amateurs que no saben que lo son, pero que sin darse cuenta se han colado en el guión de nuestras vidas para interpretar, como anfitriones de Westworldsu papel en una escena que se repite a diario.

Y todas las mañanas, metro arriba, metro abajo, nos cruzamos con una extraña pareja de actores. ¿Padre e hijo? ¿Nieto e hijo? No sería capaz de decirlo con certeza, porque el adulto (pelo canoso, barba de tres días, camisa de cuadros, mirada perdida, cigarro en la mano) podría tener entre 45 y 65 años, una de esas personas que uno no sabe si es un abuelo que se conserva relativamente bien o un padre maltratado por la vida. Sea como sea, y tenga la edad que tenga, arrastra los pies con desgana, como haciendo surcos imaginarios con sus suelas sobre el asfalto, quizás queriendo marcar el camino a ¿su hijo? ¿su nieto?

Porque todas las mañanas, tras el padre-abuelo, tres metros por detrás, como si fuese una mujer sometida al fanatismo religioso de Qatar o Arabia Saudí, camina su hijo-nieto (unos diez años, pelo corto, gafas de pasta azules que esconden una mirada fija en el suelo, espalda encorvada por el peso de una mochila, entiendo, llena de libros), arrastrando los pies con la misma cadencia y la misma desgana, quién sabe si siguiendo los surcos imaginarios que le marca su padre-abuelo.

No sé si alguna vez se han fijado en nosotros. Lo dudo. Uno mira al suelo. El otro mira no se sabe dónde, pero desde luego no a su entorno más inmediato, más bien da la impresión de que observa con teleobjetivo un infinito que se nos escapa al resto. Yo sí me fijo cada día desde hace meses en ellos. La primera mañana que los vi pensé que eran dos personas independientes. El uno camino del trabajo, el otro rumbo al cole. Tenía todo el sentido del mundo. Pero con el paso de los días, a base de repetirse la escena, constaté que iban juntos. Y pese a la reiteración y a la rutina que todo lo convierten en normalidad, cada día me sorprenden y me causan desasosiego esos tres metros que invariablemente los separan y ese silencio denso entre ellos que hace aún más evidente su distancia física.

¿Te has fijado en ese chico y el señor que va delante que nos acabamos de cruzar?, le pregunté un día a Mara. Los vemos todos los días y siempre van así, uno delante del otro y sin hablarse. ¿Estarán enfadados?, insistí. A lo mejor es que no pueden hablar, papá, me contestó Mara con pragmatismo. Es verdad. No había valorado esa opción, aunque eso tampoco explicaría los tres metros de separación.

Hoy, como todas las mañanas, nos los hemos vuelto a cruzar y el niño ha reparado en nosotros. En su letargo se ha puesto en mitad de nuestro camino, lo que me ha obligado a frenar. Nos ha mirado y nos ha dicho un tímido lo siento, así que sí que puede hablar. Estaba tan sorprendido que no he podido reparar en su mirada. Quizás en ella, y en la de su padre-abuelo, esté la explicación a ese abismo familiar y privado que les separa.

10 respuestas

  1. Paula
    Responder
    30 enero 2018 at 9:57 am

    Qué triste.

    • eva
      Responder
      30 enero 2018 at 11:20 am

      No sabemos qué problema tiene en sus vidas, quizá tu hija tiene razón y “no pueden hablar” por problemas, por tristeza, por mil cosas que les están amargando la vida. Ojalá algún día puedan dejar atrás esa separación.

  2. laura valle molinuevo
    Responder
    30 enero 2018 at 11:26 am

    Qué pena… Con lo que hemos hablado siempre nosotros, que nunca llegamos a adaptarnos para nuestro día a día rutinario a la silla “normal” mirando hacia adelante, y mantuvimos la contramarcha para poder ir hablando, hasta que dejamos de utilizarla con tres años… y recuerdo aquella señora que una mañana me dijo, con una sonrisa: “es que es increíble que siempre siempre cada mañana vais con unas conversaciones, siempre hablándole…” Y a mí me llamó la atención ese comentario, porque para mí hablar con mi hijo aunque todavía fuese en el carrito es lo normal, al fin y al cabo le iba a dejar para no verle en más de seis horas, ¿cómo no ir hablando una madre y su hijo?

  3. sonia
    Responder
    30 enero 2018 at 12:31 pm

    Quiza ese “Lo siento” pueda ser un comienzo para una esperanza mañanera, cada mañana si ese hijo – nieto se cruza con un hola o adiós o buenos días o feliz día de Mara y tuyo, tenga algo de que hablar con su padre -abuelo. A veces el entorno hace mucho. me encanta leerte!!! gracias

  4. Naia
    Responder
    30 enero 2018 at 4:16 pm

    Es un placer leerte. Siempre me tocas las fibra sensible. Gracias.

  5. Roser
    Responder
    30 enero 2018 at 6:17 pm

    Ahí falta una mujer. Pondría la mano en el fuego. El retrato que has hecho es el que han retratado mil veces: un viudo con hijo, con el duelo a medio hacer, un huérfano con un padre destrozado, sin saber lo que es el duelo.
    Ojalá me equivoque y sean solo una familia con mal despertar, pero… acercaros con cuidado: necesitan afecto!

  6. Lukas Mir
    Responder
    30 enero 2018 at 7:16 pm

    Una historia que tal vez la hemos visto muchas veces en nuestras vidas , pero no nos hemos detenido en pensar en aquellas situaciones que solo vimos pero no sentimos, cuando estamos absorbidos en el individualismo del trabajo, la economía, pero desde que soy padre de mi hijo de dos años, conozco el rostro de los recolectores de basura y nos saludamos cada día que pasan, claro, mi hijo comenzó a saludarlos y me enseño su habito, antes yo solo los veía pasar, saludo mas gente en la calle que salude en 5 años viviendo en el vecindario, por que como dice Laura (mas arriba) , gente me ha hablado para saludar a Leon (mi hijo) y Baco (mi perro) sorprendidos muchas veces los saludo y me han dicho “siempre se ven tan alegres y conversando”, “hola León hoy vas con Papá”, por supuesto que el mérito parte desde mi esposa y madre a la que ven cada mañana en sus paseos. El día que León descubrió un caracol se los quiso contar a cada persona que vimos en el camino y cada persona se detuvo a escucharlo, nadie paso de largo, en ese momento me pregunte, en que momento llegamos a cambiar tanto, todos fuimos con esa inocencia, ese ritmo de vida , todo fuimos niños. Ahora he observado muchas veces ese papa-abuelo, tal vez no con una distancia de tres metros, aun peor, con una distancia de solo centimetros, pero llevan ese mismo silencio y ese mismo andar..

  7. yyoconestasbarbas
    Responder
    31 enero 2018 at 9:24 am

    ¿¿Es que nadie ha entresacado la lectura importante de este texto…?? ¿¿En serio…?? ¡¡Tío… Van en patín al cole!! ¡¡En PATÍN!!
    Adri… Cómo molas.

    • Paula
      Responder
      31 enero 2018 at 1:09 pm

      Jajaja, es que eso ya lo ha contado en otro post. Tienes que subir un par de puestos aún en el ranking de fans para alcanzarme 😜

  8. Diana
    Responder
    1 febrero 2018 at 12:41 pm

    Me da mucha pena esa distancia y ese silencio… esconda lo que esconda su vida.
    Yo no me podría imaginar la mía caminando sin mi hijo al lado y escuchando sus risas y palabras.

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