Trenes

Al lado de casa tenemos un paso de trenes de Metro Madrid. Podemos verlos incluso desde el parque de nuestra urbanización, pero Leo prefiere hacerlo desde el punto de vista privilegiado que le ofrece la calle, bajo cuyo asfalto desaparecen los raíles para volver a ser visibles unos metros después. Pasamos a menudo por la parte superior de ese túnel que devora los vagones del metro y los vuelve a expulsar como si fuese un prestidigitador. Y cada vez que pasamos Leo pide con gestos ostensibles hacer una parada para ver los trenes. Me señala la barandilla, donde lo siento para que se agarre con sus pequeñas manos a la verja de seguridad. A su modo es un palco VIP desde el que disfrutar de un espectáculo rutinario para cualquiera, fascinante para él, aunque la valla le dé un aspecto de grada de ultras en un campo de fútbol de los años ’80.

A veces el primer tren tarda en pasar, pero Leo no pierde la fe y observa concentrado e imperturbable hacia los raíles. Cuando ve aparecer los primeros vagones en el horizonte empieza a señalar con entusiasmo. Me mira fascinado, una sonrisa blanca e infinita, como si en vez de un tren estuviese viendo a Felix Baumgartner saltando desde la estratosfera. El conductor pita ante sus aspavientos y su felicidad. O quiero creer que nos pita. ¿Cómo no tocar el claxon ante el entusiasmo de un niño que rompe por unos segundos la monotonía laboral de una jornada de viajes de ida y vuelta?

El siguiente tren tarda 10 minutos en pasar, pero no importa. La reacción de Leo es la misma. Sospecho que sería la misma aunque hubiesen pasado 300. El siguiente es el último, ¿eh? Cuando pase, nos vamos a casa, le digo. Sí, me responde. Pero luego pasa el tren y ese sí es un no. Más, más, más, pide.

Me fascina la pasión de Leo por los trenes, pero sobre todo me fascina su ausencia de prisa, su paciencia para esperar sin rechistar, sin mueca alguna de aburrimiento, los 10 minutos de vacío entre cada paso de tren. Por eso, sospecho, el tiempo da la sensación de ser tan largo cuando somos pequeños.

¿Cuándo perdemos ese aguante? ¿Cuándo nos vence la impaciencia? Los niños me recuerdan en eso a los jubilados, capaces de pasarse una mañana entera contemplando la lenta evolución de una obra. No hay prisa en ellos. No hay esa necesidad por hacer cosas. No hay ese listado de tareas pendientes ni esa carga mental.  Lo veo en mi abuela, hasta hace no tanto hiperactiva (como buena madre de 11 hijos y abuela de veintitantos) y ahora, a sus más de 90 años, dueña de una quietud imposible, capaz de pasarse horas tumbada en la cama con la mirada puesta en el infinito imaginario del techo blanco, como si quisiera reposar en su última etapa vital por todos los años de actividad incesante.

El tiempo se acelera desde el momento en que empezamos a asumir responsabilidades, desde el instante en el que lo pendiente de hacer y los post-it de colores colonizan nuestras vidas. Entonces perdemos la paciencia, nos incomoda la espera, nos ponen nerviosos las colas y todo aquello que, en nuestra escala de valores dominada por la prisa, nos hace perder tiempo. Por eso tener hijos es una fuente de aprendizaje, de conexión con el presente. Ellos, a veces, consiguen hacernos recuperar el ritmo lento del tiempo de nuestras infancias, olvidarnos de los post-it, disfrutar del simple hecho de estar sentados en una barandilla esperando para ver pasar los trenes.

2 respuestas

  1. Avatar
    Vane
    Responder
    21 diciembre 2018 at 8:42 pm

    Joder! Es que me encantas! Tu manera de escribir y todo lo que escribes, os tengo cariño a los cuatro. Gracias.
    Y felices fiestas! un abrazo fuerte y navideño desde “La Mancha”

    • Adrián Cordellat
      2 enero 2019 at 10:33 pm

      Qué bonito, Vane <3 ¡Gracias infinitas por tus palabras! ¡Y feliz año! ¡Un beso enorme va hacia "La Mancha! 😉

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