Construir los recuerdos de nuestros hijos

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“Yo tengo una imagen de mí, que no puedo recordar, pero la veo, es increíble, es una imagen que me contó mi madre de cuando empecé a caminar. Y es una historia que realmente revela cómo soy yo. Caminaba y me sujetaba a los tirantes. Y si los soltaba, me caía. Y yo no puedo acordarme de esto, pero es como si lo viera, me veo pasar caminando así”, explicaba el escritor italiano Alessandro Baricco a Íñigo Domínguez, periodista de Jot Down, en una entrevista publicada en agosto.

Esto de lo que habla Baricco es un falso recuerdo. O, visto de otra forma, un recuerdo verdadero construido a base de recuerdos de terceras personas. Aquel “ya no sé si es un recuerdo o el recuerdo de un recuerdo lo que me va quedando” que decía un personaje de ‘El secreto de sus ojos’. Yo tengo muchos de ellos. Como el de mi tío Ángel, cuando yo debía tener aproximadamente la edad que tiene ahora Leo, subiéndome al cielo en la palma de su mano. O el de mi abuelo, acariciándome la mano mientras veíamos juntos Barrio Sésamo. O el recuerdo que dio origen al mini ‘La maceta de mi abuelo’. En el mejor de los casos apenas tenía cuatro años cuando sucedieron estas historias, así que es bastante improbable que me acuerde de ellas, pero las puedo ver, casi sentir, tras haberlas ido construyendo durante toda mi vida a través de las fotos y de lo que repetidamente, tirando de sus propios recuerdos, me fueron contando mis padres y mis tíos. Es mágico este poder que tenemos los humanos para construir recuerdos.

Me gustó mucho esa reflexión de Baricco porque ahora, como padres, somos nosotros los que vamos a ayudar a construir los recuerdos de nuestros hijos. Lo explicaba también el escritor italiano a propósito de una historia personal: “Por ejemplo, me acuerdo de que mi primer hijo dormía poco. Recuerdo estar despierto muy temprano, a las seis de la mañana, porque él no podía dormir. Y entonces me lo llevaba a dar paseos por la playa a lanzar piedras al mar. No había nadie a esas horas. Él tendría dos o tres años. Y yo lo miraba y eso era la felicidad total para él. Para mí era bonito, estaba cansado, pero me parecían momentos preciosos. Esto era en Liguria, donde habíamos ido de vacaciones. Y más adelante, cuando él tenía diez u once años y su hermano tenía tres, volvimos a ese sitio ¡y él no se acordaba absolutamente de nada!”.

En el caso del hijo de Alessandro Baricco, pasaron 8 años entre un viaje y otro, pero ni siquiera hace falta que transcurra tanto tiempo. Cuando a Mara le preguntamos si se acuerda de las vacaciones del año pasado en Galicia (o de las del año anterior en Lisboa) no recuerda absolutamente nada. Aunque ella nos diga que sí y se invente historias que no sucedieron. O que sucedieron, pero hace tres meses en Madrid y no en una playa gallega en agosto de 2016. Puede que retenga alguna pincelada, algún olor, alguna imagen inconexa, pero no tiene un recuerdo de ello. Ya se ha borrado, inmersa como está en esa maravillosa etapa de la primera infancia, llena de percepciones, de cosas nuevas que descubrir a diario que se van solapando en su memoria, creando nuevos recuerdos que sustituyen a otros a la velocidad de la luz. Así que el día de mañana, el recuerdo que tendrá de su primer paso por tierras gallegas será el que construya a través de nuestras historias y de esos álbumes de fotos a los que recurre a menudo.

Como sucederá con las vacaciones de este año en Oporto y Braga; y con las tardes de juego en casa; y con los libros que leemos a diario; y con los castillos de arena que construía en los parques; y con las botas de agua llenas de barro tras saltar en el charco más sucio del barrio aprovechando los días de otoño que nos regaló agosto; y con las noches en que se dormía pegada a mí, en la mochila, o aquellas otras en las que lo hacía en el sofá con las caricias de su abuela. Esos recuerdos se borrarán, pero volverán a resurgir construidos a partir de nuestros recuerdos como padres, de las fotos y vídeos que sacamos a diario para luchar contra el olvido, contra lo efímero del tiempo.

Y quizás, como dice Baricco, cuando crezca, se pase toda la vida buscando volver a esas sensaciones, a esos momentos de felicidad, a esos recuerdos construidos de recuerdos ajenos, como volvemos nosotros a las imágenes, los olores y los sabores del pasado, aunque físicamente sea imposible que los recordemos.

“Yo creo que es exactamente así”, concluía su reflexión el escritor refiriéndose a su hijo, “en alguna parte dentro de él siguen estando esas piedras que lanzábamos al mar y, seguramente, cuando él está con su novia, ahora que tiene dieciocho años, está buscando eso, pero no se acuerda”.

 

5 respuestas

  1. Paula
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    5 septiembre 2017 at 11:12 am

    ¡Me ha encantado! En realidad, creo que después de cierto tiempo casi todos nuestros recuerdos son en alguna medida indescifrable “inventados”, en el sentido de que al final se convierten en la historia de la historia que nos hemos contado a nosotros mismos, mezclada con la que se han contado los demás. Y si tienes mala memoria como es mi caso, ya ni te cuento…

  2. Roser
    Responder
    6 septiembre 2017 at 6:36 am

    A mi me fascina que, teniendo yo tan poca memoria (siempre he sabido que la tenía: no recuerdo nada antes de los 10 años), y siendo su padre también bastante desmemoriado (aunque él no lo sabe, estoy hasta el gorro de decirle que las cosas no han pasado como él las recuerda), mi Monstruo lo recuerde tan absolutamente todo: la primera anécdota que nos contó, los lugares que ha visitado con sus abuelos, las cosas que le hemos contado de su difunto abuelo paterno… lo recuerda todo! Es como si hubiera heredado toda la memoria directamente de sus abuelos, saltándose nuestra generación!

  3. Planeando ser padres
    Responder
    6 septiembre 2017 at 10:52 am

    Tengo un post similar para el viernes de por qué no puedo viajar sin mis hijos. Y es justo por este motivo: los recuerdos. Son los mejores de mi infancia y no concibo el irme de vacaciones para descansar de ellos (aunque a veces nos haría tanta falta), porque son pequeños y porque al menos mi bichilla disfruta tantísimo cuando nos salimos de la rutina, que me parece una crueldad dejarla en casa. Ella sí recuerda cosas de todos los viajes :O Cosa que me sorprende mucho. Supongo que más adelante se le olvidarán, pero ahora aún recuerda el verano pasado, las navidades.

  4. nazareth
    Responder
    6 septiembre 2017 at 9:13 pm

    Creo que es importantísimo ayudarles a construir esos recuerdos. Recuerdos de viajes, de tardes de lluvia haciendo un bizcocho, de dormir en su cama cuando están enfermos, de ayudarles a levantarse cuando se caen del patinete, de llevarlos al cole mientras saltan por la emoción de volver a ver a sus compañeros… Esos recuerdos son nuestros, pero serán suyos también porque aunque no se acuerden, en el fondo si que lo saben. Saben que los llevamos a descubrir sitios nuevos, que les dejamos que trasteen en la cocina las tardes de lluvia, que hacemos cualquier cosa por ellos cuando están enfermos…

    Un saludo

  5. martarivasrius
    Responder
    8 septiembre 2017 at 6:25 am

    Me parece precioso. Y me parece que tenemos que estar ahí para construir los recuerdos de la mano. Los suyos y los nuestros para cuando crezcan. Gracias Adrián!

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