Adrián a través del espejo

A los meses de nacer Leo mi madre me envió por whatsapp una captura de una foto antigua, con los colores desvaídos por el paso del tiempo. Era yo con la edad de mi hijo, pero podía ser él, perfectamente, si la ropa que usaba con seis meses no difiriera tanto de aquella con la que me vestían a mí en 1985. Recuerdo que días más tarde le enseñé la foto a unos amigos. Se quedaron impresionados. Nunca habían visto un parecido igual, dijeron.

Para entonces, y a pesar de la foto, yo aún no había reparado en esas similitudes que nos convertían prácticamente en clones. Leo era como Mara y con ella nunca tuve la sensación de que se pareciese a mí, a pesar de que la gente siempre encuentra algo, un gesto, una mueca, un trazo imperceptible que te emparenta de forma inequívoca con tus hijos, que da fe de que son tuyos, que constata a modo de huella indeleble tu responsabilidad en su creación.

Pero de repente llegó la sonrisa de Leo. No esos espasmos de los bebés que pasan por sonrisas. Me refiero a la sonrisa de verdad, la controlada, la estudiada, la que sale a relucir para derretir a los papás; una sonrisa de pillo heredada de su padre.

Cuando cursaba 5º de EGB tenía un profesor que se dirigía a mí con un mote: cara de pillo. Don Paco se llamaba, un hombre mayor, vecino del pueblo, de pelo canoso, al borde de la jubilación, de los de pantalón de pinzas y camisa. Siempre bien vestido, siempre educado y de buenos modales con sus alumnos. Un día, hace relativamente poco, recordando momentos de mi infancia, mi madre me dijo que Don Paco había muerto y la noticia me dio una pena horrible. Lo recordé en el campo del fútbol del pueblo, un miércoles por la tarde, viendo un derbi aplazado en su día por la lluvia entre los dos equipos de la ciudad. Media clase en uno y media en el otro. Dos goles marqué aquel miércoles por la tarde saliendo en la segunda parte de suplente. Creo recordar que ganamos 3-1. Él aplaudía desde la valla que bordeaba el terreno de juego. Ahora está muerto. Llega una edad en la que se empiezan a morir las personas que marcaron tu infancia.

La sonrisa de pillo, decía. Con Leo me pasa una cosa: a veces lo miro, cuando sonríe, y de repente soy él. Quiero decir, que él soy yo hace 33 años. Es una conexión difícil de explicar, pero me pasa a menudo. Estoy frente a él, sonríe, y es como si me estuviese mirando en el espejo, solo que con 33 años de diferencia. De repente se produce una rotura en el espacio-tiempo. Su sonrisa es un agujero negro que me traslada de 2018 a 1985, como si yo fuese un personaje de Dark intentado encontrar una explicación a lo inexplicable.

“Él está en mí y yo estoy en él; y en todo lo que es, fue y será”, dice El señor del tiempo (Sacha Baron Cohen) en Alicia a través del espejo. Y algo así siento yo cuando entro en ese agujero negro que es la sonrisa de colores de Leo, en esa boca ya repleta de dientes que me permite duplicarme, como si el Adrián de 1985 tuviese la oportunidad de verse frente a frente con el de 2018. Y ver qué ha sido de él. Y de su sonrisa de pillo.

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