El Cojín Filosofal

BeFunkycojin.jpgA veces, las cosas en apariencia más sencillas se atragantan de forma inesperada. Algo así nos vino a pasar a Diana y a un servidor con la decoración de la futura habitación de Mara. Teníamos la cuna y la cómoda. Blancas. Sencillas. Y más caras que el resto del mobiliario Ikea de nuestra casa (para que se note quién manda ahora en casa desde el principio). Teníamos la idea. Huir del rosa y el azul bebé (colores que nos chirrían) y buscar algo diferente. Más divertido. Más propio de una pequeña princesa. Teníamos la mecedora de lactancia, que pronto nos empezaría a molestar por sus topitos, sus rayas y ese beige neutro tan de bebé. Y teníamos unos juegos de nórdicos y sábanas que de inmediato vimos que no sabíamos cómo combinar. (Nota mental: No volver a comprar ropa de cama del color de moda de la temporada. Luego es imposible encontrar accesorios con que combinarla).

En fin, que lo teníamos todo y a la vez no teníamos nada. Así que íbamos y veníamos del Leroy Merlin en busca de un estore o unas cortinas que combinar. Y allí nos plantábamos durante horas. Mirando los estores. Absortos. Perdidos. Sin saber por dónde continuar. Dando vueltas como pollos sin cabeza alrededor de dos pasillos de la tienda y levantando las sospechas de empleados y miembros de seguridad. Sin saber como escapar de los colores neutros. De las típicas habitaciones de bebés. Y Diana seguía igual en casa. Te despertabas un domingo a las diez de la mañana y ella ya estaba sentada en la mecedora. Mirando la habitación. O al infinito. Y allí seguía cuando acababas de desayunar.  En busca de la inspiración. De la habitación que teníamos en mente unos meses antes y ahora nos resultaba imposible ver.

Una alfombra más bien hippie en tonos fucsias y una oveja de peluche que hace las veces de puf nos pusieron en el camino. Aunque cuando llegamos a casa y las colocamos seguíamos sin verlo claro. Así que volví a  perder a Diana, sumergida en sus cavilaciones. Balanceándose en la mecedora con las manos sobre su barriga (Es posible que con menos luz y una musiquilla tenebrosa de fondo la escena la hubiese firmado el mismo Jaume Balagueró). Y sin decidir nada, nos volvimos para el centro comercial. Para ver si él, en alguna de sus numerosas tiendas, nos daba la respuesta que éramos incapaces de encontrar.

Y así fue. Brillando. Pidiéndonos a gritos que lo compráramos, el cojín filosofal reclamó nuestra atención desde el interior de Zara Home Kids. Y junto a él, una colcha en tonos fucsias que nos hizo ver la luz. Diana cogió el cojín y ya no lo soltó. Pasó a ser su tesoro. Un objeto con el que Tolkien podría haber sembrado el caos entre hobbits, elfos y enanos en plena Tierra Media. El trozo de tela que daba sentido a todo. El resto (cortinas, estor, elementos de decoración y algunas cosas que aún nos faltan) ya fueron pan comido. El cojín filosofal ya espera a su futura propietaria. Iluminando al resto de la habitación desde su privilegiada ubicación en la cuna.

PD: Nótese la dramatización. Que no la exageración.

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