Libros para padres: “El niño perdido”, de Thomas Wolfe

Thomas Wolfe murió en Baltimore en 1938, cuando sólo tenía 38 años, víctima de la tuberculosis. Para entonces ya era considerado uno de los grandes escritores de su generación, parte de ese patrimonio llamado Gran Novela Americana y admirado por sus coetáneos, como Faulkner. También por los miembros de la Beat Generation, uno de cuyos más destacados representantes, Jack Kerouac, llegó a afirmar que “una de las máximas aspiraciones de cualquiera de nosotros sería llegar a escribir algo con la altura y la poesía de ‘El niño perdido’”. Y no se quedaba corto.

Porque en esta breve novela de apenas 90 páginas recuperada en 2011 por Periférica y que ya suma otras tres reimpresiones, Thomas Wolfe nos deja una una bella e intensa historia autobiográfica, un texto escrito en prosa pero que es pura poesía, un viaje a la América provinciana de principios del siglo XX, a una ciudad del medio oeste americano bañada por el río Misisipi, Saint Louis, que en 1904 desprende vida por la celebración de la Exposición Universal. Allí se traslada la familia Wolfe. Y allí trabaja Grover Wolfe, de sólo 12 años, un niño con una sensibilidad y una madurez extraordinarias, pero un niño al fin y al cabo, que verá como el tifus le arrebata la vida, dejando para siempre una huella imborrable en el corazón de su hermano pequeño, Thomas, que por entonces apenas contaba 4 años.

Llorando al hermano perdido

‘El niño perdido’ es la evocación literaria que Thomas Wolfe hace de su hermano, lirismo en estado puro para hablar sobre los recuerdos, sobre la ausencia y sobre el tiempo, ese intangible que fascina al autor (“Me detuve un instante, mirando hacia atrás, como si la calle fuera el Tiempo”) y sobre el que gira buena parte de una novela escrita en cuatro tiempos, a cuatro voces.

La primera de un aparente narrador externo que nos describe de forma poética a Grover y a su mundo, a esa América profunda que aún hoy nos sigue fascinando. La segunda voz es la de la madre, ensimismada con una imagen de su hijo en el viaje que los llevó a Saint Louis (“Nunca lo olvidaré así: sentado, pegado a la ventanilla, inmóvil. Parecía tan serio…”), saltándose su principio de no presumir de sus hijos (“Cuando nuestro padre nos educó, aprendimos que no se tiene descendencia para presumir de ella”) para hacerlo de Grover: “el más inteligente que he visto en mi vida, uno que usted no conoce, uno que usted nunca vio. Fue el niño que perdí”.

La tercera voz es la de la hija mayor de los Wolfe, la que vio caer enfermo a Grover, la que estaba junto a él cuando dio los primeros síntomas, la que no olvida ni un ápice de lo sucedido: “…todo vuelve como si hubiera ocurrido ayer. Y entonces se va y parece lejano y extraño como si hubiera ocurrido en un sueño…”. Cierra el libro la voz del autor, que años después vuelve a la casa en la que falleció su hermano, en una Saint Louis totalmente cambiada, en busca de recuerdos. Y de un tiempo que ya se fue.

“‘El niño perdido’ es la evocación literaria que Thomas Wolfe hace de su hermano, lirismo en estado puro para hablar sobre los recuerdos, sobre la ausencia y sobre el tiempo”

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