Huérfilo: una palabra que aún no existe

Hay cosas en las que uno no repara hasta que se convierte en padre. E incluso cuando llega ese momento puede que no caiga en la cuenta de su existencia. O que no quiera reparar en ellas, porque al fin y al cabo son cosas que duelen solo de pensarlas. Situaciones que de vez en cuando pueblan nuestras peores pesadillas y que al despertar, alterados y tras tocar la mano de nuestros hijos para comprobar que siguen ahí, queremos borrar rápido de nuestra mente, empujar a la papelera de los malos sueños.

Todos estaremos de acuerdo con lo que escribe Manuel Jabois en Manu: “Yo no podía morirme nunca, pensé (…) Fue lo primero que aprendí de la paternidad: el mandato de sobrevivir a las enfermedades, los accidentes, el desaliento”. Pero habrá más consenso si cabe en que los que no pueden morirse nunca, los que deben sobrevivir a las enfermedades, los accidentes y el desaliento, son nuestros hijos. Por una mera cuestión de generaciones, de ciclos vitales, de lógicas e, incluso, de la más egoísta supervivencia, uno nunca quiere sobrevivir a sus hijos. Por eso, imagino, y porque perder a un hijo debe doler tanto que no hay términos para expresarlo, no existe una palabra que describa esa situación, que ponga nombre a un padre y una madre que han perdido a un hijo.

Si se muere tu padre o tu madre eres huérfano. Si se muere tu mujer eres viudo. ¿Pero qué eres si se muere tu hijo? No existe una palabra para definir esa circunstancia. Duele tanto, da tanto miedo, que nadie, al parecer, ha tenido el valor de ponerle nombre. ¿Habíais pensado alguna vez en ello? Yo no lo había hecho nunca. Hasta que el verano pasado cayó en mis manos un libro precioso en su crudeza, Parece que fuera es primavera (al que ya dediqué un post), en el que la periodista y escritora italiana Concita de Gregorio da voz a Irina Ludici, una mujer que vio cómo su ex marido, antes de suicidarse, hacía desaparecer del mapa a sus mellizas dejando escrita una nota en la que decía que ella jamás las iba a volver a ver. Y así ha sido.

En las últimas páginas de la novela Irina se cuestiona ese vacío léxico, que De Gregorio plasma sobre el papel con la belleza y el lirismo que desprende todo el libro: “El progenitor que pierde a un hijo. No que lo mata: que lo pierde. ¿Cómo se llama, cómo se dice, quién es aquel al que se le ha muerto un hijo? Qué lugar ocupa en la historia? Falta la palabra. ¿Quién la ha borrado?, ¿cuándo?, del diccionario italiano, francés, alemán, español, inglés. Y, además, ¿por qué? (…) Dirás: qué importa tener una palabra. Importa. Porque tener un nombre es tener un sitio, una casa hecha de pensamientos ya pensados. Un lugar tibio que lleva las huellas de miles, de millones de personas que pasaron por allí antes que tú. Te hace sentirte, en el error, en tu sitio. Un sitio doloroso y luminoso, un sitio difícil mas previsto de historia en el mundo”.

Una palabra: huérfilo

Y es cierto, no existe una palabra para definir esta circunstancia en los diccionarios de las principales lenguas europeas, quizás porque como escribe Concita de Gregorio “la pérdida de un hijo es la piedra de toque, la medida áurea del dolor. El rasero. Todas las demás dificultades de la vida -una enfermedad, un dolor físico lancinante, un abandono, una pobreza extrema- están contenidas en ese perímetro”. Pero sí existen términos en otros idiomas, como se encarga de mostrar la escritora. Están av shakul (masculino) y em shakula (femenino) en lengua hebrea, dos palabras que han sobrevivido desde el Antiguo Testamento. Están, con la misma raíz, Thaakil (masculino) y Thakla (femenino) en árabe. Y estaba, en el griego antiguo, orphanos, del que deriva nuestro huérfano, y que se utilizaba indistintamente para los hijos que perdían a un padre y para los padres que perdían a un hijo.

Lo cierto es que me había olvidado ya de esta ausencia cuando la semana pasada me puse a trabajar en el dossier central del número de marzo de Madresfera Magazine, que dedicaremos a la difícil tarea de afrontar la muerte de un hijo. Entonces volvió a manifestarse ese vacío léxico. Y, por casualidad, encontré la campaña puesta en marcha en change.org por la Federación Española de Padres con Niños con Cáncer para proponer a la RAE la inclusión en el diccionario de una palabra que sirva para designar a los padres que pierden a sus hijos.

Huérfilos (conjunción de orbh –alejar o separar- y filius –hijo-), de la misma raíz que el orphanos griego, es la palabra elegida para llenar el vacío, para, como ellos mismos dicen en la petición, “tener un nombre que les recuerde para así sentir a nuestros hijos a nuestro lado para siempre. Una palabra que refleje que detrás del dolor más terrible ha existido el amor más increíble que una persona puede experimentar”.

Quieren conseguir 7.500 firmas para llevárselas a la RAE. Están a punto de hacerlo. Ayúdales con la tuya. Ojalá algún día, dentro de muchos años, los padres que tengan que pasar por un trance tan indescriptiblemente duro tengan en huérfilo un sitio doloroso, luminoso y difícil, mas previsto de historia en el mundo al que aferrarse.

1 respuesta

  1. yyoconestasbarbas
    Responder
    21 febrero 2018 at 8:55 am

    Me dejas, como siempre, querido, mío, con la cabeza del revés y el culo torcío… Nunca me ha dado por pensar en la terminología de esa circunstancia, al igual que tú, por mucho que la circunstancia misma nos rodee a todas horas. ¡Qué bueno eres, majo! Que nunca me cansaré de repetirlo…

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