La chispa adecuada

2018 lo he empezado sin tiempo para escribir en este blog. Era de esperar, por otra parte. Intentar trabajar en Navidad con dos niños en casa es una quimera, así que la cuesta de enero ha llegado en mi caso en forma de ración doble de trabajos pendientes. Y claro, en esas circunstancias el blog, por más que me pese, se vuelve secundario, que hasta la fecha me ha dado muchas alegrías, pero todavía no de comer.

En el debate interno de si actualizar el blog o dejarlo morir lentamente por falta de tiempo andaba una noche de la semana pasada cuando la mamá jefa y yo nos pusimos a hablar de música y de canciones que de una u otra forma nos han marcado a lo largo de nuestras vidas. Y recordando grupos de los ’80 y los ’90 ambos dijimos: “había un grupo de pop español que me encantaba, pero ahora mismo no me sale el nombre”. ¿Qué posibilidades había de que fuese el mismo? Pocas. Pero lo era. Gracias a Google, cómo no, recordamos el nombre de la banda. Modestia Aparte. ¿Recordáis Mi generación? Ya no se hace música como la de Modestia Aparte.

Estas conversaciones musicales a las que de vez en cuando retornamos en casa son en parte un viaje a la nostalgia que nos regalamos. Y yo, como nostálgico empedernido, tengo que reconocer que las incito. La música tiene un poder evocador único, una facilidad pasmosa para hacernos viajar en el tiempo, para situarnos con unos acordes y la letra de una canción en un lugar y un instante precisos de nuestro pasado.

La conversación, quizás porque a mi hermana Papá Noel, vestido de novio, le trajo el DVD del concierto Más es Más, empezó por Alejandro Sanz. A Diana y a mí nos da un punto de vergüenza reconocer que en su día fuimos muy fans de Alejandro, quizás porque en un momento dado dejamos de adorarlo y sus canciones se empezaron a alejar de forma irremediable de nuestra evolución en gustos musicales, pero lo cierto es que a mí el disco Más me trae grandes recuerdos junto a mi hermana. Yo tenía 13 años cuando salió. Mi hermana 8. Pero recuerdo escucharlo una y mil veces. Y cantar las canciones una y mil veces, como si nos fuese la vida en ello, en el viejo coche de mi padre, todavía con cinta de casete, en cada viaje de ocho horas camino de Sevilla, en esa cama improvisada que mi madre nos montaba con maletas en los asientos traseros cuando aún no había sillitas obligatorias y la seguridad de los niños en el coche no parecía ser una prioridad para nuestras autoridades.

De aquellos años finales de los ’90 también recuerdo a Tam Tam Go y su Atrapados en la red, que cantábamos a voz en grito en la casa de pueblo que mis amigos y yo alquilamos (o tal vez nos dejó algún alma caritativa e inconsciente) para unas navidades. Aquel fin de año en el que, cuando apenas había transcurrido una hora del nuevo año, como embriagados por el efecto 2000, tres amigos míos cayeron víctimas de un coma etílico que aún les recordamos y que inevitablemente lleva asociados los acordes del grupo extremeño y el sabor a whisky J&B.

La banda sonora de aquel final de siglo la completaron los primeros discos de Estopa y Manolo García, que inevitablemente me meten de lleno en ‘los Strikes’, uno de esos lugares temidos por los padres de nuestra generación: los recreativos. Allí, escuchando en bucle Arena en los bolsillos Estopa, pasábamos horas y horas, cada tarde y cada fin de semana, jugando al futbolín, al pinball y a parecer malos de barrio, cosa que nunca conseguimos. Recuerdo que el dueño, que se hacía la comida y la cena en el mismo mostrador desde el que nos daba cambio y nos servía gominolas, me llamaba Charly y decía conocer a mi madre, que supuestamente y según él era de Granada. Nunca le corregí el engaño y seguí con la mentira (su mentira) hasta que los recreativos cerraron sus puertas (hoy es un local de comida para llevar) o nosotros dejamos de ir. Nunca sé qué fue primero. Aquello me permitió llevar una doble vida. Fuera de aquellas paredes era Adrián y tenía una madre sevillana. Dentro era Charly, un adolescente con sangre granadina. Y resulta que Charly fue el primero de los dos en besar a una chica. Allí, en ‘los Strikes’.

Luego llegó el siglo XXI, aquel verano de 2003, nuestro primer año con coche, ya sintiéndonos mayores de edad, dueños de nuestro destino. Recuerdo los sábados de playa. El Saler, el Perelló, el Perellonet, el Mareny de Barraquetes. El trayecto en coche desde Silla. Primero la V30, luego la carretera secundaria entre Alfafar y El Saler que transita entre arrozales que en verano lucen en su esplendor, pintando todo a su paso del verde más intenso que he visto nunca. Recuerdo también las ventanillas abiertas en aquellos primeros coches de segunda mano y sin aire acondicionado, el aire con aroma a salitre entrando con fuerza por ellas con su promesa de sol, mar y arena, apagando con su estruendo las canciones del A contracorriente de El Canto del Loco que sonaban a todo volumen.

Para entonces ya iba a la Universidad y allí se empezó a gestar una revisión de mis gustos musicales. Extremoduro, Marea, Platero y Tú, Calamaro, Los Rodríguez, Loquillo, Los Delinqüentes, La Fuga, Quique González, Los Planetas o Muchachito entraron en mi vida arrasando (casi) con todo lo anterior, en un proceso similar al que viví con mis gustos cinéfilos y literarios. Sin lugar a dudas es lo que más agradezco a la Universidad. Recuerdo los jueves universitarios bañados en Heineken en garitos estrechos, llenos de humo y atestados de gente cantando al unísono el Salir de Extremoduro. El Peugeot 307, aún vivo de mi amigo Campi (cuántas anécdotas guarda ese coche en su interior, casi tantas como el Citröen Xantia ya jubilado de mi padre), rodando a 120 km/hora desde Calpe hasta Silla tras unas increíbles vacaciones de fin de año, con Albertucho cantándonos sus Manos de trapo y nosotros discutiendo por un fragmento de la canción. Años después firmamos tablas, cuando el propio Albertucho, a través de Twitter, no hizo ver que los dos estábamos equivocados. Y recuerdo la música house que se apoderó de las discotecas valencianas en aquel inicio de siglo y que en ningún lugar sonaba tan bien como en Budhha del Sol, aquella discoteca-terraza de verano situada a un paso de El Saler, epicentro de ese culto al cuerpo tan mediterráneo, a la que íbamos fin de semana sí y fin de semana también mis amigos y yo y en la que de vez en cuando un saxofonista acompañaba en directo al DJ mientras a nuestro alrededor los arrozales nos regalaban el más bello de los amaneceres.

Hay muchas canciones de aquellos años, muchos acordes que me retrotraen a esos tiempos sin obligaciones ni responsabilidades en los que los amigos se convierten en el centro neurálgico de nuestras vidas y en los que, como dice, Manuel Jabois, siempre parece que “fuimos más felices y estuvimos más vivos”. Ninguna de esas canciones, sin embargo, tuvo nunca el impacto en mi vida que años más tarde, ya en 2011, tendría Si te vas y, en general, todo el disco Material defectuoso de Extremoduro. Ese CD, de una forma imposible de explicar, acercó mi camino y el de Diana y los fusionó para siempre en una carretera de dos carriles y una única dirección confeccionada para nosotros, así que todo lo que ha venido después, Mara y Leo incluídos, se lo debemos en cierto modo a las letras de Robe Iniesta. Aunque a decir verdad, desde aquel primer verano juntos en el que condujimos hacia el Puerto de Santa María con las piernas de Diana “ardiendo en el salpicadero” (siempre La luna debajo del brazo) nada ni nadie ha explicado y contado mejor nuestra relación que las letras y los acordes de Quique González.

Entre él y Extremoduro se cuelan también puntualmente las canciones y los discos de otros cantautores y grupos que hemos ido haciendo nuestros. Sobre todo las de Héroes del Silencio y las de Bunbury, a quien Diana profesa un admiración que sobrepasa con creces el fenómeno fan. Tanto los ama que era inevitable que la primera canción que se aprendiese Mara fuese de Héroes. Un día nos sorprendió cantando de carrerilla y a capela, con su lengua aún de trapo, La chispa adecuada y desde entonces nos la pide a menudo para medirse con Bunbury. Hace un mes, dado el éxito, fuimos a un concierto de rock para familias en uno de los teatros de la Gran Vía en el que una banda tributo homenajeaba a Héroes del Silencio. No había una butaca libre. Recuerdo a Mara preguntando si el cantante era Bunbury de verdad. La recuerdo también mirar expectante, por momentos aburrida, cuando sonaban canciones que no conocía. Y recuerdo cómo se le iluminó la cara cuando empezaron a sonar los acordes de La chispa adecuada. Cómo se puso de pie, salió al pasillo lateral de la mano de su madre, y ambas se pusieron a tararear la letra, gritando para hacer escuchar su voz en mitad de un público enfervorecido.

Sé que algún día, dentro de unos años, escucharé La chispa adecuada y viajaré en el tiempo a las butacas de aquel teatro para ver a la niña que fue Mara, para reecontrarme con su versión intensa y salvaje de los cuatro años, con su emoción, su sonrisa y su pureza. Como decía ayer, casualidades de la vida, un contertulio en La Ventana de La Ser, “las canciones son como postes kilométricos de una autopista que nos van recordando momentos de nuestra vida”.

Mara ya tiene su primer poste musical en la autopista de mi nostalgia.

6 respuestas

  1. Avatar
    Los Ángeles de Papi
    Responder
    18 enero 2018 at 8:31 am

    Como dice el maestro Bunbury “que no te falte esa canción que repare tu corazón”…

  2. Avatar
    Celia
    Responder
    19 enero 2018 at 2:13 am

    Y a nosotros que nos falte tu blog, gracias por compartir retales de tu vida.

  3. Avatar
    Ele
    Responder
    21 enero 2018 at 11:51 pm

    Que bonito escribes “joio”

  4. Avatar
    Diana
    Responder
    25 enero 2018 at 12:54 pm

    Que montón de recuerdos y como cuadran los gustos musicales, jajaja, aunque os saco un buen puñado de años. Yo eso lo empecé a escuchar con 15-16 años (Extremo, Reincidentes, Quique, etc).

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