La felicidad es un mundo sin coches

La comodidad y la felicidad están reñidas. Para nosotros, los adultos, la comodidad es un coche que te lleve de una puerta a otra sin esfuerzo. Para nuestros hijos la felicidad es un mundo sin coches, poder cruzar la calle sin mirar, invadir el asfalto, recuperar un territorio que fue suyo.

El verano me ha dejado grabada a fuego esta reflexión. La apunté con mi caligrafía de doctor de atención primaria en una Moleskine que intento llevar conmigo a todas partes, porque uno nunca sabe cuándo le puede venir la inspiración y tampoco ha interiorizado aún que existen aplicaciones móviles para tomar notas. Soy un analógico con blog.

Caprichos y paradojas del destino, escribí la frase en el asiento de copiloto de nuestro coche, mientras Diana, al volante, nos traía de vuelta a casa tras un fin de semana con amigos en una aldea de Burgos más transitada de lo habitual por las fechas (finales de agosto) y por las fiestas comarcales que tenían lugar en otra población cercana. Iván Ferreiro cantaba Turnedo mientras una tierra de campos infinita en la que el verde se mezcla con el amarillo consiguiendo tonalidades imposibles se extendía al otro lado de las ventanillas, como una imagen de otro tiempo proyectada con un Cinexin. Los niños dormían a pierna suelta en sus sillas, las bocas abiertas, las cabezas colgando como si fuesen de títeres en reposo, un rastro de saliva en la comisura de sus labios, exhaustos después de 48 horas non stop. 

Los miré y me vino la frase. Recuerdo que pensé algo parecido mientras los observaba en los 10 días que este verano pasamos en Asturias, en lugares en los que los coches no son la norma, sino la excepción. Corriendo con sus botas de senderistas por caminos sin peligro, cruzando senderos sin necesidad de mirar, pasando jornadas enteras sin ver un semáforo, un paso de peatones, una rotonda, cualquier señal de vida urbana.

Solo fueron 48 horas en una aldea de Burgos, pero pocas veces he visto a Mara y a Leo tan felices, tan ellos, tan mimetizados con el entorno, tan libres para dar rienda suelta a ese yo salvaje que llevan dentro y que la ciudad de manera inevitable les reprime. Supongo que de ahí parte de las frustraciones y las rabietas diarias. Ya lo escribía Emily Hughes en uno de sus imprescindibles álbumes ilustrados: no se puede domar algo tan salvaje.

Mara entraba y salía de casa como si llevase toda la vida viviendo en la aldea. Se iba con su amiga a ver las gallinas de un vecino, al cerdo del otro, al perro del de más allá. Recogía patatas de un huerto, calabacines y tomates de otro. Corría por los caminos de tierra en unos atardeceres que eran un festival cromático. Iba y venía sin necesidad de tener un adulto cogiéndole la mano, recordándole que hay que mirar para cruzar, gritándole porque viene un coche y hay que parar. La libertad era esto.

Leo seguía a su hermana como podía, siempre diez pasos por detrás, llegando a los sitios cuando los demás empezaban a volver. Y aún así no le abandonaba la sonrisa, las ganas de perseguir a los “mayores”, las ansias por descubrir un entorno nuevo en el que de repente, en vez de con coches, podía cruzarse con un burro, unas gallinas o un grupo de vacas. Aún resuenan en mi cabeza sus gritos de emoción al ver a los animales. Aún guardo en mi retina su mirada fascinada, sus gestos incontrolables de sorpresa y admiración.

El tráfico me sacó de mis ensoñaciones conforme nos acercábamos a Madrid. Los campos habían sido sustituidos por un vasto océano de edificios grises. Vivimos en las ciudades o en sus alrededores por comodidad y porque al final el empleo se ha centralizado en ellas. La felicidad y las verdaderas infancias, sin embargo, están en otras partes.

2 respuestas

  1. Mamá Lanuguita
    Responder
    2 octubre 2018 at 4:07 pm

    Recuerdo una conversación que mantuvimos Diana, tú y yo en el pasado MBDay. Definitivamente estamos recibiendo un mensaje claro. Antes o después tendremos que escapar de la locura que es vivir en esta ciudad. Un abrazo.

  2. Roser
    Responder
    3 octubre 2018 at 6:25 am

    Incluso antes de tener hijos ya pensaba que lo mejor para todos sería que fuéramos como las tortugas o los cocodrilos, que alumbran a sus hijos (mejor dicho, sus huevos) y los abandonan para que crezcan salvajes. Pensaba que está bien que los adultos vivamos en la ciudad, pero que los ancianos y los niños se han hecho para los pueblos.
    Pero somos mamíferos, no ovíparos, y necesitamos a nuestras crías cerca, y ellas a nosotros. Habrá que abandonar las urbes, como al término del Imperio romano, y volver a habitar el territorio. Al fin y al cabo, hoy para trabajar tenemos internet!

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