La hora del baño

A Mara no le gusta bañarse. O sí. Es como La paloma necesita un baño de Mo Willems. Cuesta una vida hacerle entrar en la ducha, pero luego se convierte en una sirena y no hay quien la saque. A Leo le pasa todo lo contrario. Es mencionarle la palabra ducha y ponerse a recopilar instrumentos de cocina que meterá con él para hacer trasvases de agua. Es tan feliz dentro que siempre que lo saco llora enrabietado. ¡Más, más, más!, me grita entre lágrimas, pataleando para quitarse su albornoz de dinosaurio.

Es un momento chulo el que pasan juntos en la ducha: jugando, interactuando, riéndose de sus trastadas…y también discutiendo y tirándose de los pelos por un cazo que los dos quieren a la vez en cuanto me giro un poco y los pierdo de vista, lo que me obliga a tener que recurrir al VAR doméstico cada dos por tres para poner paz y justicia en sus disputas.

Viéndolos en ese pequeño espacio cuadrado y mínimo en el que los duchamos, pienso siempre que me encantaría tener una bañera para que disfrutasen juntos de un verdadero baño, con más amplitud. Nuestras duchas mínimas, que se atascan por más que hagamos y que nos hacen dejarnos las lumbares en cada paso por el baño, son uno de los motivos por los que antes de acabar el año comentaba que queríamos buscar nueva casa. No el más importante, desde luego. Pero todo suma para la incomodidad.

Sea como sea, nos vamos apañando en ellas, moviendo a nuestros hijos como si fuesen piezas de Tetrix para aprovechar al máximo los espacios  y haciendo contorsionismo para enjabonarlos. Baño a Leo con el gel bebé de Weleda, que utilizamos desde que nació Mara y que no cambiaríamos por nada del mundo por su aroma y por la garantía de cuidado de la piel que encierra en su envase. Le enjabono con él el cuerpo y el pelo. Luego lo aclaro, que es seguramente la fase que menos le gusta de su paso por la ducha. Se retuerce, se queja, pero al segundo se le ha olvidado. A continuación lo empujo sentado hacia un rincón, para ganar unos centímetros de espacio y hacer lo propio con su hermana, que grita cuando le enjuago el pelo como si más que ducharla la estuviese sometiendo a la peor de las torturas.

Se quedan posteriormente un rato jugando y chapoteando. Peleándose también. Ese rato que he descubierto que aprovechamos todos los padres para poner la mesa, tender la lavadora o simplemente para escribir un tuit con toda la calma y la parsimonia del mundo sin tener a un hijo colgado de las piernas. Pequeños instantes de paz que valen la vida entera.

Luego voy a por Leo, que es al que saco primero porque solo tiene ideas magníficas y uno no puede cometer la imprudencia de dejarlo solo en la ducha. A menos que quiera desprenderse de la casa por la vía rápida. Me grita enfurruñado su ¡más, más, más! de rigor, se resiste a salir, pero luego lo cojo en brazos, le hago cuatro perrerías mientras lo seco y ya solo hay en su cara una sonrisa que lo abarca todo. Aprovecho para ponerle aceite caléndula y sobarle un poco, que es algo que él se deja hacer y que nunca conseguimos con su hermana. Es ver el aceite y repantingarse como un perrito amante de las caricias. Le encanta que le demos masajes. En eso ha salido a la mamá jefa…

Ya con el pijama puesto voy a por Mara. Está tumbada (todo lo tumbada que puede) en la ducha. Soy una sirena, papá, me dice. Yo la veo a ella, pero veo sobre todo el agua rebozando por los límites de la ducha y empapando el suelo del baño. No se ha acordado de apagar el grifo. Maldigo para mis adentros (para mis afueras la mayoría de las veces), la envuelvo en su albornoz, que es el mismo que el de su hermano solo que de su talla, y me la llevo a su habitación para vestirla entre perrerías, que es la mejor forma que he encontrado de vestir a unos niños que, de otra forma, nunca se están quietos.

De camino a la cocina para dejar en el cesto la ropa sucia miro de reojo el escenario de guerra en que queda convertido el baño tras cada paso por la ducha. En unos minutos lo recogeremos y aquí no habrá pasado nada. Hasta la próxima hora del baño.

 

2 respuestas

  1. Roser
    Responder
    11 julio 2018 at 5:30 pm

    Jeje! Los míos se dan envidia el uno al otro: siempre hay alguno al que le apetece el baño y otro al que no… hasta que oye chapotear al otro y decide que eso tiene que molar mazo!

    Por otra parte, cada vez que leo “VAR” entiendo “bar”, con lo que ¡ni te imaginas la de segundos de diversión que llevo este verano!

  2. Diana
    Responder
    16 julio 2018 at 10:14 am

    Nosotros la línea de caléndula de Weleda es la que utilizamos desde que nació el cachorrón, así que llevamos dos años y algo siendo muy fieles, quitando el gastar cosas que nos habían regalado.

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