No es lo que habíamos hablado

Hemos cerrado el curso escolar por todo lo alto. Llevamos un mes malos, pasándonos virus de unos a otros y tiro porque me toca. Estamos en junio y en nuestra casa tenemos un parte médico que parece diciembre. No se ha salvado nadie. Mara con otitis y agotamiento propio de fin de curso, Leo con fiebre, tos de viejo y unos mocos para echarse a llorar, la mamá jefa con su lumbago y la garganta; y yo, el que menos me puedo quejar, pasé unos días con la garganta y una sensación griposa que es fatal, con este verano que ha llegado sin avisar y con hijos que no te dan tregua ni te permiten descansar.

Descansar. Qué hermosa palabra. Uno no la valora lo suficiente hasta que desaparece de su vida. Creo que jamás he estado más cansado en mi vida que en las últimas semanas. Tenemos a Leo, que ha acabado haciendo buena dormidora a su hermana. No se puede dormir peor que él. Nos va a matar de sueño, con tanto despertar nocturno, tanta interrupción que hace imposible alcanzar un sueño profundo. Ha habido noches de despertarse cada cinco minutos. Noches en que miras el despertador pensando que serán las 7:00 de la mañana y son la 1:30 de la madrugada. Y eso, que podía ser una buena noticia, no lo es. Porque sabes que te quedan seis horas más así, desvelándote en cuanto consigues conciliar el sueño. Una tortura.

A eso hay que añadir que Mara salía del cole antes. A las 13:00 horas. Así que hemos tenido un mes de tardes intensivas con dos niños desbocados que convierten cada día la casa en un escenario de guerra; el trabajo doméstico, que no entiende de enfermerías repletas; y nuestro trabajo laboral, que hemos sacado nadie sabe bien cómo, a base de acumular estrés, agotamiento físico y mental, mal humor y una sensación creciente de “esto no puede seguir así”.

…y aún así me quedaría

Esto no es lo que habíamos hablado Diana y yo. Ni mucho menos lo que habíamos soñado. Recuerdo nuestras primeras vacaciones juntos, paseando por las playas de Cádiz, fantaseando con las rutinas que estableceríamos cuando viviésemos juntos. Todo tan idealizado, tan romántico, tan cultural, tan apetecible. Algunos de esos sueños de una tarde de verano los hicimos realidad, pero otros muchos los acabaron enterrando la propia rutina, las obligaciones y la inercia de los días, que no entienden de idealismos ni de romanticismos.

Teníamos claro que nuestra vida iba cambiar al ser padres por primera vez. Mucho más al serlo por segunda. Pero uno no sabe cuánto cambia la vida realmente hasta que nacen sus hijos. Por más que te digan y te cuenten no te puedes hacer una idea. Ni remotamente ligera. Supongo que luego cada cual vive su propia experiencia en función de sus circunstancias. A nosotros, que la estamos viviendo en soledad, de manera ultra intensiva, y con dos niños que han dormido peor que mal y son dos kamikazes, la experiencia nos está pasando muchas veces por encima. Como si fuese una ola gigante de la que no puedes escapar, que te empuja al fondo del mar con la corriente y que solo de vez en cuando te permite asomar a la superficie para tomar una bocanada de aire, para aferrarte a la vida, antes de darte un nuevo revolcón que te hace tragar un agua amarga, salada.

No, no es lo que habíamos hablado.

A todo ello, sin darnos cuenta, ha llegado el día de nuestro aniversario de boda. Hoy, 22 de junio, hace cinco años que nos casamos. También hoy hace siete desde que, accidentalmente, nos conocimos. El 22 de junio parece que tiene imán en nuestras vidas. Y no, nada está siendo como habíamos hablado. Con tanto agotamiento, tantas noches en vela, tanto resfriado y tanto estrés a veces tengo la sensación de que discutimos más que hablamos. Pero puede que solo sea eso, una sensación, porque en mitad de esta vorágine, de los silencios, los enfados y los días que nos comen, aún encontramos nuestros pequeños huecos. Momentos, con los niños dormidos, en los que paladeamos el silencio como si fuese el más codiciado de los alimentos gourmet. Momentos de paz en los que nos basta con tumbarnos en el sofá, uno al lado del otro, mientras leemos un libro o nos quedamos dormidos viendo una serie y escuchando nuestras respiraciones.

En esos momentos, cuando el caos diario se detiene por un instante para nosotros, miro a Diana y pienso lo mismo que uno de los personajes de Paul Auster en La noche del oráculo: “mi mujer es una criatura luminosa, que me parta un rayo si alguna vez olvido la suerte que tengo de estar a su lado ahora mismo”.

Y entonces vuelvo a pensar que no, que nada de lo que estamos viviendo es lo que habíamos hablado. Pero que aún así, me quedaría. A su lado, siempre me quedaría.

5 respuestas

  1. Marina - Tallat amb cor
    Responder
    22 junio 2018 at 7:08 am

    Siempre genial, Adrián.
    Feliz aniversario. Seguro que en un tiempo podréis celebrarlo con menos agotamiento.
    Sé que no es consuelo, pero por eso de que no estáis solos, este mayo hicimos 4 años de casados y es el 2o que ni siquiera brindamos con agua. Agotamiento + 2 hijos intensos (3 años y medio y 1 año). Nada es como habíamos planeado, pero siempre juntos, al fin del mundo.
    Un abrazo, familia

  2. Bárbara
    Responder
    22 junio 2018 at 2:58 pm

    Brutalmente real. Aquí otra familia con la sensación de sobrevivir atropellada por los días, que te devoran. Pero qué demonios. Yo también me quedo.

  3. Roser
    Responder
    22 junio 2018 at 8:45 pm

    En casa vivimos ansiando el próximo curso, cuando los dos nenes esten en P-5/3. Seguiré con la reducción de jornada y digo yo que nos sobrará tiempo.
    A parte de eso, la mudanza ha sido una bendición: estamos solo a 500 m de la casa que les vio nacer, de nuestra primera casa, pero estamos más cerca de casi todo, con lo que gastamos menos tiempo en traslados y hemos ganado más tiempo para nosotros, y las discusiones han disminuido muchísimo (ya no sé ni cuanto hace que no tengo ganas de fugarme).
    Pero aún así, el próximo curso… ay, el próximo curso!

  4. Mi mamá ya no es pediatra
    Responder
    23 junio 2018 at 11:37 pm

    Me siento tan identificada. Nosotros somos del norte y del sur. Sin familias en Madrid que vivimos con gran intensidad el arte de ser padres. Hay días qué me pregunto por qué elegí este camino en mi vida y caundo veo a mis dos hijas intercambiando miradas cómplices entiendo el por qué. Y tengo la suerte de tener el mejor compañero de viaje.
    Felicidades pareja, os merecéis todo.

  5. Virginia
    Responder
    3 julio 2018 at 11:16 am

    El 20 de junio fue nuestro 10 aniversario de boda, y con 3 niños y el agotamiento del fin de curso pasó sin pena ni gloria, y eso que yo tenía una idea romántica de la celebración jaja
    Me encanta como escribes y cómo eres el 50% en tu familia, muchos tendrían que aprender!

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