Problemas del primer mundo

Vivimos en nuestras burbujas acolchadas e insonorizadas de relativa comodidad. Muchos de nosotros no podemos darnos grandes lujos, pero (de momento) tenemos un techo bajo el que dormir, calefacción central, agua caliente, luz, muebles de Ikea, ordenadores, smartphones, Smart TVs, ropa de Inditex (que, como dice un amigo, hacen pobres del tercer mundo para que compremos pobres del primer mundo) y las neveras llenas. Y pese a que ya no tenemos la estabilidad de nuestros padres, pese a que vamos a vivir peor que ellos y con una inseguridad galopante (gracias, capitalismo salvaje), seguimos instalados en nuestras burbujas, rumiando nuestros problemas del primer mundo, ajenos a lo que pasa ahí fuera.

De vez en cuando una noticia nos sacude. De vez en cuando muere una anciana por un incendio provocado por una vela que le hacía las veces de una electricidad cortada. De vez en cuando cientos de refugiados se ahogan con sus sueños en el cementerio del Mediterráneo. De vez en cuando una familia nos abre los ojos a una realidad que imaginamos, pero que apenas intuimos. Y entonces reflexionamos. Y nos sentimos afortunados. Y comprendemos que nuestros problemas del primer mundo son como un insignificante pesquero en mitad del inmenso océano repleto de dramas. Pero luego fallece Rita Barberá y ya pasamos a otra cosa, que la actualidad manda. Y cuánto más efímera sea ésta, mejor, porque menos tiempo tendremos para pensar. Y uno nunca quiere pensar en dramas, que bastante tiene con los suyos.

El jueves pasado bajábamos las escaleras eléctricas del metro cuando un chico empezó a hablarnos. Tendría más o menos nuestra edad y cargaba una bolsa en la que intuí que llevaba utensilios para limpiar coches en los semáforos. O para hacer pompas gigantes con las que tener entretenidos a los niños del primer mundo en los parques del primer mundo. Sea como sea lo que llevaba en aquella bolsa era su herramienta de trabajo. Podríamos decir que lo era todo para él. “Muy guapa tu hija”, nos dijo. Y se quedó mirándola un buen rato, como intentando decirnos algo que su español no alcanzaba a expresar. Nosotros le sonreímos con cortesía, aún en nuestras burbujas, sin saber muy bien qué responderle más allá de un “gracias”.

Entonces encontró las palabras. Y nos dijo que él tenía una hija como Mara. “¿Tiene cuatro años?”, nos preguntó. “Tres”, le contestamos. Y él nos dijo que una de sus hijas tenía cuatro. La otra no recuerdo si 6 o 7. “Es muy guapa vuestra hija. Me ha recordado a la mía y me…”. Y se señaló los ojos. No hizo falta que encontrase la palabra porque hay idiomas que son universales y esos ojos vidriosos expresan lo mismo aquí que en Tanzania. Entonces se sacó el móvil del bolsillo y empezó a buscar fotos de sus hijas. Y nos las enseñó. Las dos vestidas de sevillanas. Luego siguió buscando otras, pasando por una galería en la que se le veía también a él, sonriente, abrazado a la que intuí sería su pareja. ¿No están aquí?, le pregunté. “No, en Bulgaria”. Y con eso estaba todo dicho.  Una vez en el andén, volvió a sonreír a Mara y con las lágrimas asomando nos dijo otra vez lo guapa que era antes de despedirse de nosotros con un “gracias”. Como si nos debiese algo por esa pequeña conversación, como si ver a Mara y recordarle a su hija hubiese salvado un día muy malo, lluvioso y frío en las calles de Madrid.

Últimamente, cada vez que salgo de mi burbuja y me olvido de mis problemas del primer mundo, pienso demasiadas veces en ser Amancio Ortega. No por ser el tipo más rico del mundo, sino por tener la capacidad que da el dinero para hacer magia, para darle un trabajo a aquel hombre del metro y poner a su familia en un avión rumbo a Madrid. Para que todos pudiesen estar juntos. Para que estas navidades no las pasasen añorándose en la distancia, llorándose en Madrid y en Sofía. Para que este padre que podrías ser tú y podría ser yo no tenga que aceptar la triste realidad que dibujaba el personaje de Lester Freamon en ‘The Wire’:

“Una vida, ¿sabes lo que es eso? Es lo que hay mientras esperas momentos que nunca llegan”.

Y eso sí que es un problema.

8 respuestas

  1. Azahara (nutrinenes)
    Responder
    29 noviembre 2016 at 11:59 am

    Me has emocionado Adrián. Cuántas verdades juntas. Es muy pero que muy triste que haya tanta desigualdad en el mundo. La realidad es que casi sólo nos conmueven estas historias que involucran hijos y niños, pero, si lo pensamos, acaso no lo hacen todas? Todos tenemos padres.. y ellos hijos.. Al final todo se reduce a unas pocas cosas que realmente importan. Besos a los 4 🙂

    • Adrián Cordellat
      5 diciembre 2016 at 11:58 am

      Gracias por tus palabras, Azahara. Tristemente, con esto pasa muchas veces como con la conciliación, que no ves la realidad hasta que tienes hijos. Y no debería ser así, desde luego. ¡Un besote!

  2. laura valle molinuevo
    Responder
    29 noviembre 2016 at 4:03 pm

    Emocionada estoy leyéndote, y no es el lugar… Y pienso en todos aquellos que miran a nuestros niños y no dicen nada, y encima nos molesta ¿qué estará mirando? cuando seguramente a muchos les pase como a esta persona… Que es muy fácil olvidarnos en nuestro día a día de quienes están peor, y creo que post como éste son muy necesarios.

    • Adrián Cordellat
      5 diciembre 2016 at 11:57 am

      Se nos olvida a diario, por desgracia. Hasta que alguien nos pone en nuestro sitio, como el chico del metro en nuestro caso. Gracias por tus palabras, Laura!

  3. Nazareth
    Responder
    1 diciembre 2016 at 7:33 pm

    Trabajo en la Seguridad Social francesa enfrentándome cada día cara a cara con los más pobres del país vecino. Con gente que viene con lo puesto huyendo de Kósovo, Macedonia, Siria, Irak, Albania y un montón de países que apenas sé dónde quedan en el mapa. Y a veces sólo te piden que los “veas”, no que los mires, sino que realmente veas detrás de la ropa sucia y arrugada y el pelo que no se ha lavado en 10 días y veas que hay más, que son mucho más.

    Gracias por tu reflexión. Un saludo

    https://nadiemelodijoblog.wordpress.com

    • Adrián Cordellat
      5 diciembre 2016 at 11:56 am

      Qué interesante lo que cuentas, Nazareth. Y qué duro debe ser vivirlo a diario. Imposible no vivir con los pies pegados al suelo. Gracias por tu comentario!

  4. Enrique
    Responder
    10 diciembre 2016 at 11:43 pm

    El cierre es la clave, ese «podrías ser tú y podría ser yo». Cuando te das cuenta, te rompes. Y entonces es imposible entender que tanta gente siga negándose a verlo, a entender que son personas que simplemente han tenido mala suerte, que han nacido en el lugar equivocado en el peor momento posible. Qué injusto es que, además de todo lo que tenemos, podamos permitirnos comprar una burbuja y olvidarnos de ellos.

    • Adrián Cordellat
      21 diciembre 2016 at 10:13 am

      Es triste. Pero si te paras a mirarlo, lo pensamos, pero luego volvemos a nuestra burbuja. Qué difícil salir de ella…

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