Ser mayor es un aburrimiento

MARY SHELLEY

Una noche de estas semanas festivas, aprovechando que nuestros hijos se durmieron pronto, Diana y yo cenamos en el sofá viendo la biografía cinematográfica de Mary Shelley. Se iban sucediendo las escenas mientras nosotros las anticipábamos. Ahora su padre la envía a Escocia, ahora se fuga con su hermanastra y Percy Bysshe Shelley, ahora es cuando van a conocer a Lord Byron, ahora viajan a Ginebra, donde Mary concibe la historia de Frankenstein, seguro que dentro de poco aparece John Polidori. No me he leído Frankenstein. Tampoco la biografía de Mary Shelley. Pero últimamente leo a menudo a mi hija el álbum ilustrado Mary, que escribió Frankenstein (Impedimenta).

No somos conscientes de todas las cosas que aprendemos leyendo a nuestros hijos.

Hasta hace poco tampoco sabía que Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno están compuestos de gases en tal proporción que para una nave espacial sería imposible aterrizar sobre ellos porque los atravesaría. Que el grillo tiene los oídos en la rodilla. O que el desierto del Sahara hace 9.000 años era un espacio verde y frondoso, regado por inmensos lagos, por el que transitaban elefantes o gacelas. También eso lo he aprendido leyendo libros infantiles a mi hija.

RAMBLA DE LA INDEPENDENCIA

Últimamente, cuando vuelvo a mi pueblo, a la ciudad en que crecí, me sucede una cosa muy extraña que, además, me pasa de forma especial en una calle en concreto, en la Rambla de la Independencia. Paso por ella con el coche, o andando junto a Diana y los pequeños, y si miro a la acera de enfrente, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo, soy capaz de verme a mí mismo con 20 años, camino de casa de mis padres o en dirección contraria, camino de la estación de cercanías.

Me veo a mí con 20 años, el rostro buscando todavía una definición exacta, el pelo largo que se me rizaba al contacto con la nuca, la barba aún incipiente, el paso desgarbado, la mochila en la espalda, cargada con los miedos, las inseguridades y las contradicciones propias de la edad.

Miro a ese Adrián desde el presente con ternura. Me gustaría pararle, sacarle de sus cavilaciones, quitarle los cascos por los que suena la voz de Gemma Nierga en La Ventana. Me gustaría mirarle a los ojos y decirle que esté tranquilo, que es normal tener miedos e inseguridades y que siempre las va a tener, hoy unas y mañana otras, pero que al final todo va a salir bien.

Cuando me vuelvo a Madrid siempre siento una mezcla de nostalgia y pena. Por muchas cosas. También por ese Adrián de 20 años que se queda allí, atrapado con sus miedos en la Rambla de la Independencia.

PENSAMIENTO MÁGICO

He leído un artículo en una web de educación sobre cómo y cuándo contar a los niños la realidad (y el vacío) que se esconde tras el mito de los Reyes Magos. No recuerdo qué decía, porque me he quedado prendado de un concepto: pensamiento mágico. Al parecer, entre los dos y los siete años, aproximadamente, los niños atraviesan una etapa que los psicólogos denominan como de pensamiento mágico por la incapacidad de los pequeños para distinguir bien entre realidad y ficción.

Mara, a sus cinco años, está en la cúspide de esa etapa. Es pensamiento mágico en sí misma. Le hago burdos trucos de magia desde mi más absoluta ignorancia de este arte. La despisto y, torpeza mediante, hago desaparecer y aparecer objetos en mis bolsillos y en los suyos, en la capucha de su sudadera, en una planta de casa. Se queda fascinada, como si acabase de asistir en la Viena de principios del siglo XX a la actuación estrella del ilusionista Eisenheim. “¡Mamá, papá es mago!”, grita entusiasmada. Y entonces le cuenta a su madre la última proeza de su padre mago: íbamos paseando por la calle y, al decirme que tenía hambre y que quería una manzana, he hecho aparecer una en el bolsillo de mi chaqueta (que previamente había sacado de la nevera que llevamos en el cesto del carrito mientras le decía a ella que mirase a un perro).

No hay sospecha en ella. Tampoco límites ni imposibles. Su bella inocencia lo convierte todo en magia.

SER MAYOR ES UN ABURRIMIENTO

Cuando está muy cansada, como ocurre con todos los niños a lo largo y ancho de este mundo, Mara llora por cualquier cosa. A veces ni siquiera sabe por qué lo hace. Esas veces, si le preguntas por qué llora, nuestra hija nos sorprende con argumentos y motivaciones de lo más variopintas y filosóficas.

Estas Navidades, estando en Valencia, Mara llegó a una tarde-noche muy cansada. Y, por cualquier motivo que ahora no recuerdo, se puso a llorar de forma inconsolable. ¿Por qué lloras, cariño?, le pregunté pasado un rato. Porque no quiero hacerme mayor, me contestó convertida en Peter Pan. Pero hacerse mayor es buena señal, todos nos hacemos mayores, le respondí tirando de argumentario clásico. ¡Ser mayor es un aburrimiento!, exclamó ella airada.

No supe qué contestar. Supongo que porque tenía razón. Ser mayor es un aburrimiento. Por eso crecer es una traición. Cuando somos mayores nos preocupamos tanto de buscar el truco que nos perdemos la magia. A 2019 le pido ser más veces más niño. Y menos aburrido.

3 respuestas

  1. laura valle molinuevo
    Responder
    3 enero 2019 at 11:15 am

    Y qué rápido se pasa esa etapa del pensamiento mágico… No sé si has leído Nuestra casa en el árbol, pero si no lo has hecho creo que te gustaría mucho. Precisamente al hilo este post me has recordado un pasaje, cuando un niño le preguntan a su madre ¿por qué en el cole tenemos que colorear y copias frases y hacer cosas aburridas? Y un hermano le contesta: porque los adultos hacen cosas aburridas también… y los adultos necesitan a los niños para tener futuros adultos.

    • Adrián Cordellat
      14 enero 2019 at 4:49 pm

      No lo he leído, pero me parece precioso ese fragmento, Laura. Viene que ni pintado al post. ¡Gracias por compartirlo!

  2. Constanza
    Responder
    14 enero 2019 at 5:56 pm

    Que claridad ha tenido Mara, ningún niño querrá ser adulto si supiera lo que es… pero bueno, a disfrutar de cada etapa que la vida es una sola!!

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