Cariño, ¿qué le ha pasado a nuestro niño?: los terribles dos años

Una noche de la semana pasada veíamos el último capítulo disponible en Sky de la tercera temporada de This is usDiana y yo nos mirábamos con complicidad al observar el comportamiento de Tess, la hija mayor de Randall y Beth Pearson, que en su aterrizaje en la adolescencia tenía totalmente desconcertados a sus padres. Los hijos cambian así, de un día para otro, sin que los padres tengamos tiempo de asumir la nueva realidad. No nos queda más remedio que digerirla rápido, sin masticarla, para amoldarnos a ella y aceptarla como lo que es, una nueva etapa vital.

Salvando las distancias de la edad, pensé que algo parecido a lo que los Randall vivían con Tess nos había pasado a nosotros con Leo. Fue cumplir dos años (y cuando digo “fue cumplir dos años” lo hago de manera literal, exacta) y entrar en una dinámica de rabietas, de cambios de humor y de genio que desconocíamos que, no sé si por aquello de que tendemos a idealizar el pasado, no recuerdo haber atravesado ni con su hermana mayor, que fue una aDOSlescente de armas tomar. Y lo sigue siendo. 

“Alrededor de los dos años se producen tres cambios muy importantes que, juntos, ayudan a comprender las rabietas: surge el sentido del yo, evoluciona la socialización y se desarrolla la autonomía. Y este ultimo punto es importante, porque el niño comienza a sustituir el juicio de sus cuidadores por el suyo propio, desarrollando sus propios puntos de vista, sus propias valoraciones y opiniones diferenciadas de aquellas que puedan tener sus cuidadores. Esto, unido a un todavía inconcluso desarrollo cerebral, contribuye a la aparición de las rabietas”, me explicó el psicólogo Alberto Soler, autor de Hijos y padres felices (Kailas), cuando le pregunté por ello para confeccionar este post.

Sentido del yo, socialización y autonomía. Ese combo inasumible para su cerebro todavía en formación ha convertido a nuestro hijo desde noviembre en una especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde. Por un lado sigue siendo el niño cariñoso y risueño de siempre. Por otro, a la mínima, sin avisar y sin que la mayoría de las veces entendamos el porqué (algo a lo que contribuye su aún escaso vocabulario), se convierte en un pequeño demonio que grita como si le estuviesen matando, patalea en el suelo, golpea todo lo que se encuentra en su camino y llora desconsoladamente sin querer el más mínimo contacto o consuelo por nuestra parte.

Ha llegado a encadenar más de una hora seguida llorando y gritando. En una de esas veces hasta bajó la vecina de arriba, que tras comentarlo con la de abajo (parece que nos hemos mudado al edificio de Aquí no hay quien viva) decidió actuar pensando que el niño estaba solo en casa. Seguro que se hubiese quedado mucho más tranquila si nos hubiera escuchado chillándole, insultándole o pegándole. La paciencia tiene mala prensa en un mundo construido a base de gritos y de palos.

Peor incluso es fuera de casa. “Somos un circo ambulante”, le digo a veces a Diana, cuando allá a donde vamos siento que llevamos puestas unas luces de feria que nos convierten en centro de atención. Las rabietas en autobuses, restaurantes o colas (que en Madrid siempre hay que hacer cola) son las peores, porque al sufrimiento habitual de tu hijo (y al tuyo propio) se unen los bisbiseos descarados de la gente, las miradas de reojo y los consejos de abuela no solicitados que lo único que provocan es más angustia en los padres. Y menos dosis de paciencia con unos niños que pretendemos muchas veces (yo el primero) que se comporten como adultos.

“Al igual que somos pacientes tomándoles en brazos o cambiándoles los pañales en otras fases, ahora esto es lo que nos va a requerir más como padres. Si entendemos que forma parte de su desarrollo normal, que no es nada preocupante, que no tiene que ver con lo bien o mal que lo hagamos como padres y que, por supuesto, no es una forma de nuestro hijo de “ponernos a prueba”, nos será más fácil de gestionar. Sin embargo, si lo vemos como una amenaza o desafío, nuestra respuesta irá en consonancia y nos veremos en una lucha constante con nuestro hijo por ver quién puede más”, me aconsejaba Soler.

Y paciencia intentamos tener. Aunque a veces la perdamos. Y erremos aun sabiendo que estamos errando, que es lo peor que le puede pasar a alguien: saber que lo está haciendo mal y seguir haciéndolo mal. Luego la culpa no perdona. Quienes tengáis hijos en estas edades sabréis por experiencia que no siempre es fácil psicológicamente hablando aguantar los gritos y lloros de un niño durante 15, 30, 45 o 60 minutos. No estamos preparados mentalmente para ello. O al menos yo no lo estoy, que no quiero generalizar y repartir la culpa. Sobre todo por la impotencia que me produce el verlo sufrir y no poder hacer nada, ya que no quiere que te acerques, pero tampoco que te alejes, así que uno tiene que encontrar la distancia media para acompañarle en un trance que a veces los adultos (yo), asumiendo en mitad del drama la posición de víctima que no nos pertenece, sentimos como una tortura de preso de Guantánamo que añora paladear la invisibilidad del silencio.

7 respuestas

  1. Paula
    Responder
    29 enero 2019 at 11:05 pm

    Y qué identificada me he sentido al leerte , aunque mi hija ya tiene 4 años y esas rabietas aparecen, cada vez más ,de tarde en tarde. Lo curioso de ellas es que en ocasiones, después de desahogarse están como si nada, o al menos eso le pasaba a mi hija tras una hora gritando y llorando , dando tumbos de un sofá a otro durante una larga hora. Eso sí, psicológicamente a mí me dejaban sus rabietas para tirarme a la basura, agotada.
    ¡¡Ánimo !!

    • Adrián Cordellat
      30 enero 2019 at 11:43 am

      Es que nos dejan para la basura. Y ellos como si nada. Qué difícil gestionarlo, ¿verdad? ¡Un abrazo!

  2. La Loca del Pelo Gris
    Responder
    30 enero 2019 at 1:45 pm

    22 meses y medio y ya hemos tenido algún episodio. Yo creo que en esto de ser padres es en lo único que consuelo el “mal de muchos”. Es un alivio ver que las cosas para uno incomprensibles que le pasan a su hijo las hacen la mayoría de los otros niños y con casi idéntico patrón. Me ha gustado eso de encontrar la distancia justa, ni muy cerca ni muy lejos. Es frustrante simplemente sentarte ahí a verlo llorar sin poder hacer nada por consolarlo. En fin, pero ya se sabe todo pasa.

  3. Planeando ser padres
    Responder
    30 enero 2019 at 2:29 pm

    Mi churumbelito por ahora sólo ha tenido 2 enfados tontos y ya está. Ni rabieta vamos. Pero su hermana dejó el pabellón bien alto, con lo cual ¡estamos curados de espanto! Por suerte, ella fue muy intensa en el drama pero el periodo mortal duró sólo 6 meses. Llegué a pensar que vendría alguien a quitarnos la custodia por la cantidad de llanto y de escándalo en casa, nosotros que éramos la pareja modélica de cualquier vecindario.

  4. Constanza
    Responder
    14 febrero 2019 at 12:59 pm

    El reto de los dos años… imáginate cómo estoy intentando prepararme para este momento que desde un año antes ya quiero saber lo que me espera!!! Estamos muy enamorados de nuestros mellizos pero…¡Que faenon!
    Gracias por compartir tu experiencia

  5. Pamela
    Responder
    20 febrero 2019 at 3:26 pm

    Holaaa!!! Buscando y buscando di con este blog. Lei tus palabras y sentí que alguien compartía un poco de lo que siento. Soy mamá de Delfina, una pequeña que dentro de dos meses cumplirá dos años. Parte de las rabietas, de enojos y llantos sin sentido a veces ya aparecen en ella. Dia a dia intento suplicar a dios que me envíe más paciencia. Muchas veces no se como actuar y no se como hacer que delfi me comprenda. Gran parte del día estoy sola con ella. Quizás debería encontrar el momento para yo lograr hacer algo que me despeje para poder estar mejor anímicamente y con mayor paciencia. Gracias por tus palabras. Te leo desde Argentina.

  6. Marina
    Responder
    5 marzo 2019 at 4:12 pm

    Adrián: después de seguir intermitentemente tu blog durante un tiempo, a veces me pregunto qué van a sentir tus hijos cuando lean esto de mayores. Un blog con sus nombres, sus apellidos y sus caras (que cada vez mostráis menos, quizá porque habéis reflexionado sobre eso) donde sus padres comparan estar con ellos con estar en Guantánamo. Que sí, que tiene matices, y los matices los entiendo yo a los treinta y muchos. No sé qué pensará un adolescente, un joven o bueno, por qué no: también un adulto.

    La crianza es dura, lo sé. También lo es la pareja y no veo que relates aquí tus frustraciones con Diana en los mismos términos que lo haces con tus hijos. No quiero atacarte, sino proponerte una reflexión. A mí no me gustaría que si pongo mi nombre en Google saliera el blog que escribieron mis padres contando lo dificilísima que fue mi crianza y lo angustiados que se sentían, ni siquiera para ayudar a otros padres en su situación. Los nombres de tus hijos en Google dan este resultado. Los adultos tenemos terapias, libros, meditación y conversaciones en la vida real para desfogarnos. Internet es una cosa muy seria y creo que el desahogo no merece hacer pagar a nuestros hijos con esta pérdida de privacidad y estas críticas en un foro público, en un momento de sus vidas en que no nos pueden dar permiso.

    Os mando un saludo y mucho ánimo.

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