Un orden y un código mayores

Pienso mucho en mis padres últimamente. Desde que soy padre, quiero decir. Pienso mucho en ellos. Estoy reunido con amigos, recordando tiempos pasados, intercambiando fotos de nuestra primera juventud que tenemos en el móvil o en nuestras cuentas de Facebook, y entonces me imagino a mis padres. Me los imagino con mi edad (o unos años menos). Conmigo con 7 años y mi hermana con dos.  Principios de los años noventa, en las múltiples reuniones familiares que tenían con mis tíos. ¿De que hablarían cuando todos los niños estábamos dormidos? ¿Recordarían también tiempos pasados, una juventud ya perdida? ¿Revisitarían fotos gastadas de álbumes en blanco y negro? ¿Disfrutarían tanto de ese instante entre adultos, ya sin niños acaparando el espacio físico y acústico? ¿Lo harían? Es más, ¿lo harán también mis hijos, Mara y Leo, si algún día llegan a ser padres?

Quizás hay conversaciones y sentimientos que son anteriores incluso a la Historia, que se repiten indefinidamente, que se reproducen de generación en generación, por los siglos de los siglos. Conversaciones con niños dormidos que tienen mucho de nostalgia. Puedo imaginarme a mi padres y a mis tíos. Pasando páginas de álbumes antiguos, con fotos pegadas, el año de la foto marcado con lápiz en el reverso de un borde levantado. Los veo sonriendo y burlándose de esas caras de adolescentes a medio hacer, caras que han dejado de ser de niños pero que aún se resisten a ser de adultos. Caras extraviadas buscando su sitio. Los veo recordando el día exacto de una foto en la que mi madre y mis tías posan irreverentes en biquini con el mar al fondo, con esa insolencia de una juventud que creemos eterna. Qué guapa era mi madre.

Qué guapa sigue siendo mi madre ahora que acaricia los 60, ya sin rastro de insolencia en su mirada. Mi madre. Cuando nos ve superados me dice que a ella le pasaba lo mismo con nosotros. Y eso que me tuvo a mí, que fui un bebé planta. Y eso que no tuvo a Mara. Ni a Leo. El terremoto que forman los dos juntos. Y eso que tuvo a sus padres durante mi primera infancia. Y a sus hermanas. Una red que ya no existe hoy para nosotros, que se extinguió con la movilidad y el desplome de las tasas de natalidad. Mi madre tuvo 10 hermanos. Yo tengo una. Aún así, reconoce, había días en que pensaba en tirarse por el balcón. O en tirarnos a nosotros en su defecto. Un pensamiento fugaz, tan humano como la desesperación que lo provoca. Días en que se arrepentía de todo.

Luego se le pasaba. Como se me pasa a mí. Al minuto. En cuanto mi hermana o yo hacíamos una monería. Esa ambivalencia materna milenaria que se desata sobre todo en la primera infancia de los hijos, cuando el tiempo escasea a la par que el agotamiento se multiplica. La describe mejor que nadie Jane Lazarre en El nudo materno.

“Yo daría la vida por él -recalqué-. Todas esas películas sobre mujeres sorteando tanques entre balazos para salvar a sus hijos son reales. Sin duda prefiero morirme a perderlo. Supongo que esto es amor -dije estremeciéndome, y después nos echamos a reír-, pero ha destrozado mi vida, y solo vivo pensando en cómo recuperarla -dije para terminar, pues sin la segunda parte de la frase, la primera era una pérfida mentira, una mentira que juramos desterrar para siempre”.

No existen las buenas madres. Ni las malas madres. Es todo una invención, un punto para la discordia en tiempos de opiniones polarizadas y de bandos irreconciliables. Todos tenemos dentro a un buen padre (buena madre) y a un mal padre (mala madre). Son las dos caras de la misma moneda.

Mi padre fue un buen padre. Es un buen padre. Con su lado de mal padre, por supuesto. Con esa imperfección que nos humaniza. Siempre me han dicho que me parezco a mi padre. Físicamente. Incluso en la forma de andar. A veces, desde lejos o de espaldas nos han confundido o han pensado que mi padre era mi hermano, lo que no me deja a mí en buen lugar. Yo nunca he visto ese parecido. He empezado a verlo ahora, desde que soy padre.

No el parecido físico, sino un parecido más profundo, de un orden más interno. Mi padre siempre ha sido de un humor imposible, de hacer gracias y juegos de palabras que sólo veía él y que nosotros le reíamos tan exagerada como irónicamente. De un tiempo a esta parte hago yo también esas gracias, como en una imitación que rinde homenaje a un humorista admirado. ¿Se hereda el humor? Mi padre. Siempre se enfadaba cuando las cosas no salían como estaban planeadas. Lo recuerdo la víspera de los viajes, incluso el mismo día del viaje, enfurruñado si se hacía tarde, si nos saltábamos el guión que él había escrito en su mente, incapaz de dejarse llevar por la improvisación, de ser flexible. No decía nada. Tampoco hacía falta, porque su cara y sus gestos lo decían todo. No me gustaba esa cara de mi padre, esa actitud. Hoy la replico yo. Debe ser una ironía del destino. Hay días en que me convierto en mi padre, en el padre dentro de mi padre que no me gustaba. En el inflexible. En el de las caras que explicaban los silencios. Uno no puede escapar a las herencias.

“A veces ese grado de coincidencia masacra el tiempo, funde el tiempo haciéndolo líquido e inseguro, y las dos vidas se hacen equivalentes. Tampoco quiero llegar a ser alguien distinto de mi padre, me causa terror llegar a tener una identidad propia. Prefiero ser mi padre. Cuando descubro las altas y enérgicas coincidencias entre la vida de mi padre y la mía no solo me asombro, también me asusto, pero a la vez me siento seguro, creyendo que en esa repetición hay un orden y un código mayores”, escribe Manuel Vilas en la imprescindible OrdesaLeí este fragmento cuatro, cinco, seis veces seguidas. Lo fotografié y se lo envié a mi padre junto a un “yo también quiero ser mi padre”. Gracias, me contestó junto a dos emoticonos que representan besos. Siempre ha sido de pocas palabras. De gestos más que de palabras. No estoy seguro de que lo entendiera. Tampoco importa. Me basta con saber que en él y en mi madre mi paternidad encuentra un orden y un código mayores.

 

 

2 respuestas

  1. Jorge
    Responder
    30 mayo 2018 at 10:09 pm

    Gracias, Adrián. Ya tenía yo rato sin llorar.

  2. Roser
    Responder
    2 junio 2018 at 7:03 am

    Y yo soy mi madre. Me encantaría ser mi padre, al que siempre he admirado tantísimo… pero soy mi madre, y ella es mi abuela. Las circunstancias de la vida (mi abuela, nacida en un pueblo pequeño poco antes de la República, sabe leer y escribir; mi madre, hija del franquismo, tiene una formación profesionalizadora; yo soy universitaria, como buena baby boomer) nos hacen diferentes y eso nos da esperanza de poder cambiar lo que no nos gusta (a ella de su madre, a mi de la mía), pero no hay duda de que la paciencia eterna y la confianza (para nada ciega: fruto del control exhaustivo de los detalles) en la responsabilidad de los otros nos iguala generacionalmente

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